
La misma sensación de pellizco en el estómago…la que te araña un poco las paredes internas, de forma suave pero interrumpida, que empieza a aumentar de forma exponencial hasta dejar de hacer lo que estas haciendo, para concentrarte en esa llamada de atención que no sabes descifrar. La misma que te avisa cuando estas asustado, o cuando la incertidumbre llama a tu puerta. Esa sensación que todos hemos sentido alguna vez, que muchos llaman presentimiento; otros señales de alerta de tu cuerpo frente al entorno. Sí, esa.
Las noticias de la televisión repetían lo mismo canal por canal. A mi me divertía el modo de relatar de algún que otro reportero; sin dejar de tocarse la oreja, mirando las imágenes que se proyectaban de forma morbosa una y otra vez. Parecía como aquellas imágenes en blanco y negro cuando relataban el salto a la luna. Algo extraterrestre sucedía. Todo el mundo estaba pegado a su televisor. Fuera de un marco previsible en el que el guión estuviese predefinido. Era la hora de comer, creo recordar, cuando veía todo eso. Las chicharras, en los árboles del parque, seguían gritando ajenas. No le di importancia a la noticia, aparte de por su inusualidad, hasta que reparé en la mirada de mi madre. ¿Preocupación? ¿Aturdimiento general, social?
Salí al atardecer, cuando hacía menos calor, para pasear por el canal de la cuesta de casa, entre los matojos amarillos, resecos. Un poco más allá estaba mi amigo Dani, con otros amigos, y todos hablaban de lo mismo, mientras liaban cigarrillos de hojas de laurel para fumárselos con gesto de “ya soy adulto, he sido golpeado por la vida, y por eso fumo”. Era el fin del mundo. Iba a comenzar la Tercera Guerra Mundial y nosotros habíamos sido atacados. ¿nosotros? Si aparece en tu televisión una imagen de película, con personas de película, humo de película, gente que se tira desde edificios, como en las películas…entonces es que era parte de nuestro mundo. Aunque fuera un mundo que criticásemos. Pero era nuestro mundo conocido y explotado en la retina. Así que no. No era la misma alerta que al ver en la pantalla a los miles de niños negritos africanos con la barriga gorda y moscas en la comisura de los labios, mientras te llenas la boca de comida caliente, abundante y, en comparación con las imágenes que te bombardean comiendo, obscena. No era igual. Las torres gemelas de Nueva York se resquebrajaban, la sociedad de película que nos meten en la cabeza se resquebrajaba. No había respuesta a lo que sucedía ni cambio de canal con dibujos animados. “Esto es el final”, me decían. “¿en serio que es el final?” “Hombre, si no, no habría tanto revuelo, tantas declaraciones de gente importante, desde Estados Unidos y Europa, no?” “Pero ¿sabes que? Nos lo merecemos. Quiero decir, Estados Unidos se lo merece y nosotros, por gilipollas, pues a aguantarnos, por seguir el ritmo este.” Mirábamos caer la tarde al igual que se callaban las chicharras. Yo seguía absorta, escuchándoles, sin tener un razonamiento propio. Todo lo que podría decirles ya estaba manido antes de salir de los labios. Analizaba cómo un tema así nos hacia sentirnos parte de la “Historia”, aunque no fuera algo elegido. Así que lo que uno dijera sería escrito en nuestra cabeza como un capitulo importante que recordar. Como pasa en las películas, vaya. Nos sentíamos importantes. Y, siendo los mismos niñatos de antes, algo había cambiado. Ahí es cuando esa sensación de alerta apretaba el estómago. Tu entorno gira más rápido que tú, como cuando me tocó decidir pocos meses antes que me iba a Madrid a estudiar periodismo. Que ya no estaría más en el instituto, ni en el conservatorio, ni en la callejuela viendo la luna cogida de la mano de Juan, sin hablar. Y no porque yo quisiera, sino porque la vida lo imponía. Una no podía seguir siendo medio niña, con 17 años, con mariposas en la barriga, con certezas absolutas de que con el amor todo lo demás es sencillo. Tocaba elegir y las miradas recaían sobre ti. Y una se debatía entre querer seguir en el mundo conocido, bajo la sombra fresca y acogedora del ficus, con el collar de caracolas blancas, con el olor de las sabanas de tu camita, y querer volar muy lejos, inventarte un nuevo yo, acertar en las elecciones que te encuentras en el camino…. Uno y otro, y ser capaz de encontrar el equilibro exacto entre lo que eres y serás, entre lo que serías pero dejarás de ser. Miedo agarrado en el estómago…pero un miedo divertido, un reto, un juego, un querer intentar jugar bien las cartas, aunque no seas de las que juegan con ellas.
Pues bien. Esa sensación de preguntas sin respuesta golpeaba la barriga durante el bombardeo de imágenes del atentado en las torres gemelas. ¿Y si, estando en Madrid, nos atacan también y estoy lejos de mi casa? ¿Y si en realidad lo merecemos? ¿Me tengo que poner en el papel de victima, de juez, de observador? ¿Por qué la muerte de estadounidenses parece arrastrar otro tipo de miedo detrás? ¿Por qué nos asusta? ¿Por qué es un símbolo? ¿Esto supone una encrucijada de elecciones, no solo a nivel global estatal, sino personal? ¿Y si es un complot? ¿Y si es el inicio de una gran historia que relatar como reportera?...
La tarde, dulce, se agarraba a la piel. Mis amigos decían tonterías que escuchaba a medio oído, mientras rumiaba esa imagen de periodista ideal. Me imaginaba con gorro y gabardina, una grabadora, pantalón caqui y un arsenal de hojas escritas a mano que luego transcribiría para que se supiese la verdad con V mayúscula.
De ese modo naif, esa sensación en el estómago, avisándote de algo, jugando con torbellinos dentro, la interpreté como una señal de que, días después, el inicio de mi carrera de periodismo sería algo importante, que estaría condicionada a lo que ahora repetían como un rebaño de ovejas todas las televisiones de todas las casas del país. Empezaba mi carrera en un momento histórico nuevo. Era una señal.
Poco después ahí estaba sentada, en los pupitres blancos de una última planta de un edifico gris hormigón, en primera fila, con miedo a mirar hacia atrás y ver a tantos otros como yo. Concentrada en la pizarra, haciendo que el pellizco en el estómago pasara antes de que el profesor entrara. Era Fajardo, el que años después demostró ser un capullo integral o la sombra deformada de lo que había sido. Pero ese día, como primer profesor de la carrera, me pareció un indicio de que no me estaba equivocando. Datos de política internacional, alusiones al 11S de días antes, libros que leer imprescindibles, la pasión por relatar, por analizar, por ser útiles, testigo de lo que suceda en el entorno, denunciar lo denunciable, ensalzar lo honorable. Dar lo mejor de uno mismo. China, Chomsky, Chachi, Chtsuuuu callate, chata, chalados, chorradas, chorreras, chasquidos, “KapusCHinsky”…
Estaba hipnotizada. Feliz. Justo después de que terminara esa primera clase, antes de conocer a algunos amigos clave en mi vida, bajé al quiosco de la entrada para comprarme el periódico El País, y esa costumbre no la perdí durante aquellos años.
Diez años de aquello. Se dice rápido, pero pasan más rápido aún.
Si tuviera que hacer un análisis de cómo era, para cuestionarme, para saber si he caminado por donde quería, o por lo menos, para ser consciente de por donde he caminado...empezaría justo ahí, en aquel septiembre de mis 17 años.
¿Cómo era? Mucho más utópica que ahora e ingenua, con una certeza interior de que haría grandes cosas cuando el momento llegara, con ganas de encontrar ese momento, con ganas de viajar y hablar al menos 5 idiomás. Me gustaba leer las cartas del tarot, mirar las estrellas y pensar que con las velas y frases quemadas en ellas hacia brujería de la buena, sobre todo en la noche de San Juan. Tenía menos tetas y culo, más espinillas y sonrisas limpias. Me asustaba más fácilmente de aquello que no comprendiera. Me arriesgaba más, en cambio. Creía que mi novio iba a ser el único en mi vida y que, aunque no estuviésemos en la misma ciudad, no se alejaría, y luego le convencería para recorrer el mundo a mi lado. Tenía obsesión por Lauryn Hill y Debussy, los moños y los pantalones anchos. Confiaba más en la gente de primeras, y tenia la certeza de que todo el mundo era bueno, que solo había que saber tocar la cuerda correcta para desatar los nudos. Era a veces una desagradecida sin motivo alguno con mi madre. Veneraba a mi padre como si fuera un oráculo sin posibilidad de error o fallo. Sentía una gran necesidad de que mi familia se sintiera orgullosa de mí. Lloraba a menudo, cantaba menos a voz en grito. Apenas sabía cocinar, pero leía muchos más libros. Me acordaba más de los sueños de la noche anterior, me despistaba más fácilmente con pensamientos lejanos. Tenía miedo a no ser querida, de sentirme sola. Era igual de cabezona. Descubría mi amor por el jazz con la radio bajita por la noche. Me sentía menos patito feo que años antes por cómo me miraban algunos chicos por las calles de Madrid o por los pasillos de la facultad. Seguía teniendo más amigos que amigas. Empezaba a desarrollar el sentido de “apreciar los momentos efímeros”, a saber lo que es echar de menos. Me sentía demasiado segura de mi misma a pesar de las inseguridades pasajeras. Tenia menos momentos de reflexión frente a la ventana, escribía poemas de amor sinceros, y me apasionaban las plumas de pavo real y las espirales. Me quería comer el mundo, saboreándolo despacio. Tanto que creo que a veces rozaba el ridículo. Pero ¿y que? No me importaba hacer el ridículo en la gran ciudad. Ahí comenzó mi pasión por los sombreros y los collares de madera. Tenía más sensación de momentos importantes en el estómago y me sentía dueña de mi mundo, a pesar de no controlar lo que pasaba alrededor.
Si hoy me encontrara conmigo misma hace diez años, creo que, en líneas generales y siendo sincera, le gustaría ver por donde he caminado y la forma en que lo he decidido...Se sorprendería al saber que no hablo cinco idiomas, que toco mucho peor el piano que antes, y que he tenido la suerte de enamorarme de verdad tres veces más y sentirme feliz. Sonreiría al saber que tengo una gran colección de sombreros, que Lucas sigue vivo, que estoy aprendiendo a bailar claqué, que duermo todas las noches abrazada y feliz junto a Ted y que vivo fuera de España pero guardo intactos los rincones de Córdoba. Se sentiría orgullosa de saber que he logrado tener verdaderos amigos y amigas que la vida me ha ido regalando, esparcidos, como gotas de rocío frescas; de la relación que tengo con mi hermana; de haber hecho musicología después y de que sea independiente. Sin embargo, se que le defraudaría ver que, diez años después, el mundo sigue yendo peor, que la mierda de siempre no se ha resuelto, que no es una guerra con final, que el complot a nuestra vida se ha hecho aun más grande y que, con todo esto, no me muevo por solucionarlo. Se que me miraría profundamente para intentar entenderlo y que se tocaría la nariz confundida y triste.
Desde hace demasiados meses, cada vez que me miro al espejo, me toco la nariz, y observo que la niña utópica de 17 años me analiza, inquisitoria, preguntándome por qué no hago nada con esa sensación de vacío e impotencia. Tengo menos ganas de escribir, menos ganas de componer en el piano, menos ganas de reír y más ganas de llorar sin motivos aparentes. Me avergüenza mi sociedad, que envenenemos el planeta, que pasen catástrofes por nuestra culpa, que todo esté sujeto a lo abstracto y falso como es un sistema financiero y se enmascare con frases que tengo que escribir en mi propio trabajo como “implementación de reformas urgentes para salvar la zona euro”, en vez de “aplicar el sentido común y social para cortar la dirección equivocada que está tomando el sistema actual”. Me invade una profunda tristeza cuando hay momentos en los que dejo de creer en el ser humano, cuando descubro que los que me han enseñado a ver la chica negra preciosa bailando dentro de una caja de bombones ya no la ven y, ciegos, arañan la vida asqueados por su propia ceguera. Me siento muy sola al notar la soledad que todos sentimos aun estando juntos. Me cabrea ver que iniciativas esperanzadoras como las manifestaciones en Madrid del 15 de mayo se manipulan, se ignoran, o se vacían de contenido debido a la mediocridad, aunque hayan buenas intenciones dentro. Me dan ganas de romperlo todo en vez de repararlo porque me asaltan serias dudas sobre la capacidad de arreglo que tenemos. Antes pensaba que todo se podía solucionar, que había que creerlo fuertemente y que si se imagina, se puede hacer. Pero ¿y si una vez imaginado, puesto en práctica, descubres que no sirve de nada? ¿Es circular una crisis? ¿Cuándo nos autodestrozáremos?
El décimo aniversario del 11-S, tal y como se ha planteado en los medios occidentales europeos me ha dado asco, como me lleva dando asco la realidad mediática desde hace años, pero más pronunciadamente desde hace diez meses. Vergüenza del periodismo actual y cierto sentido de responsabilidad-culpabilidad al respecto. Víctimas de un discurso político eterno en el que se nos vende un bien y un mal y males menores para lograr el bien supremo. Y luego, si no vende o si no es políticamente rentable, se deja de hablar del asunto. Lo que no se pronuncia ¿deja acaso de existir? ¿Tan mala memoria tenemos como sociedad? Parece ser que sí.
Grecia, España, Europa… ¿se van de verdad al garete? Mentira. Se va al garete el concepto actual de sociedad absolutamente dependiente del sistema financiero que han alimentado nuestros padres y que nosotros continuamos tragando como pavos destinados a producir paté con nuestras propias entrañas. Punto pelota. ¿Y si todo reventara y en vez de avanzar con un ritmo de crecimiento atroz al actual tuviésemos de verdad un crecimiento sostenible, en el que se compran menos coches, menos ropa, menos superficialidad? Eso asusta? No estoy inventando la rueda. Sin embargo, muchos de los que se manifiestan, se quejan, echan la culpa a x partido político, en realidad de lo que tienen miedo es de no seguir con el ritmo frenético que se nos ha inculcado. O tienen miedo porque no saben cuál sería la alternativa. No pienso en que la solución sea volver atrás, ni pienso en relatos de ciencia ficción o en anacronismos, ni anarquías. Pienso como muchos otros que esto cambia por nosotros o nos hundimos. Que el fin del mundo ya se estaba anunciando, no de forma apocalíptica, sino con esas punzadas de infelicidad que la sociedad, que uno mismo, manifiesta cada vez más a menudo. Y si cambia, si se acaba algo, no tiene por qué ser a peor, ni a mejor, sino a diferente. Siendo valientes y afrontándolo. Pero… ¿y yo? ¿Qué hago para afrontarlo, para ser valiente y sentirme realmente orgullosa de mí? De momento, nada salvo alimentar la bola de nieve dentro de la barriga. No soy capaz de encontrar la forma que realmente me convenza, que me inspire del todo. Y, de duda en duda, de espejo a espejo, en el trabajo intento comprender la realidad de declive europea que nos gestiona, y que al escribir al respecto no me aten la boca con bozal. Pero cada día me da más asco todo…y se que huir tampoco es la solución. Hay amigos que se mueven por la intuición y que, sin saber a dónde les lleva, al menos sienten no estar quietos. Otros se envenenan de rabia encontrando razones precisas a hechos que todos conocemos. Artículos que refuerzan sus ideas, las de todos, sobre la manipulación existente. Pero… ¿acaso les ayuda, me pregunto?
Las portadas actuales conmemorando el décimo aniversario de las torres gemelas echando humo no me ha despertado la memoria de ese día, sino más bien la certeza de que ya no soy la niña de 17 años que se sentía dueña de su mundo, a pesar de no controlar lo que pasa alrededor. Quiero recuperar esa sensación, pero no se cómo.
Aun así…no me pienso rendir. Se que no soy la única tampoco. Noto ese pellizco en el estómago. Esa llamada de alerta. Ese presentimiento. Algo se gesta sin saber definirlo…pero ahí va tomando forma. ¿Seré capaz de estar a la altura de las circunstancias, las que sean? ¿Tendré la suficiente lucidez para ser cada vez más yo misma? Algo flota en el ambiente, o soy yo la que flota diferente, a la expectativa.
¿Por qué si no se me agita el corazón cuando escucho la voz de alguien cantando desde lo más profundo, cuando me besan con los ojos cerrados, cuando observo el vals de las gaviotas en los fjordos noruegos al ondularse entre el agua y la montaña, cuando una mano amiga me agarra, cuando observo asombrada que algunas amigas se han convertido en madres llenas de amor, cuando veo que otros amigos tienen crisis existenciales como yo y aun así sonríen emocionados viendo un atardecer cualquiera?
No pienso quedarme ciega. Pienso seguir hablando con la que fui hace diez años, cantar alto y fuerte en bicicleta, tejer hilos de vidas que se cruzan y alejan, acariciar las hojas de los árboles, intentar ser la mejor de una misma en cada gesto diario, escuchar atenta y mirar lo invisible a primera vista, para descubrir divertida el baile en la caja de bombones. y… ¿Por qué no? Bailar yo también con quien quiera bailar a mi lado, saboreando, siendo consciente de todo. Con los ojos bien abiertos.
(Canción "Peacetime resistance", del grupo noruego Kings of Convenience: http://www.youtube.com/watch?v=1LpCi1LSvSY )
No hay comentarios:
Publicar un comentario