
La escena tenía un color oscuro, negro con pequeños destellos de luz dorada. Era un bodegón muerto, en pausa, a punto de deshacer el silencio. “Algo va a sorprender”, te dices. Intuición. Había murmullos, como olas suaves en la arena, lamiendo suave las paredes hasta desaparecer opacos en el fondo de los oídos.
Las pupilas, dilatadas, se acostumbraron a la oscuridad para vislumbrar detalles que hasta entonces no había reparado. Sonrisa burlona. Suspiro impaciente.
…Otro suspiro.
No soy la única. Centenas de pares de ojos miraban hacia la misma dirección. Y sin saber por qué, quizás porque la luz comenzó a zozobrar, las olas murmuradas se apagaron por sí solas, como si fuera una señal tácita.
Entonces, el bodegón cobró vida. Aparecieron cinco nuevas siluetas. Cinco hombres de perfil, en negro y dorado. Miran al suelo, tienen las manos juntas; a punto de palmear. Y ahí es cuando el corazón sufrió un pellizco. Suavito. De impaciencia feliz, como aquella que sientes al abrir un regalo, sea cual sea su contenido.
Estaba de frente. Moviendo impaciente la puntera del pie. Ahí es cuando ella aparece. Serena, mar en calma. Presencia distinta de esas que notas, claramente, que te va a llevar hacia donde ella quiera, mientras tú la sigues hipnotizada.
Te arrastra….no te resistes, te arrastra, y sabes que no hay vuelta atrás.
Como el tiempo es finito, sin querer activé el radar de los detalles. Quería absorber cada uno de sus gestos, cada deje que me hiciera captar su personalidad, sus puntos débiles, sus puntos fuertes. Pero entonces topé con el movimiento de sus pestañas, al abrir sus ojos rasgados, oscuros, profundos.
Te paraliza.
Un pitido constante, como una tetera con agua caliente, sustituyó el rumor de las olas de la sala. Y sobre ese pitido, en onda constante, surgió otro sonido que te cala profundo. Una cascada fuerte, transparente pero profunda, cristalina y rasgada, que rompe, retumba dentro y me sacude. Me dejé resquebrajar. Me hacía daño tanta belleza, pero ya me daba todo igual.
Su voz acariciaba los nudos… que resisten. Hay algo que roza la veneración. Me dejé arrastrar. Ese algo especial, ese duende, esa fusión de tierra e intangible. “No lo comprendo. ¿Cómo puede ser posible que de su voz se desaten, se deshagan, tantas partes del alma?”…
Ella miraba al vacío con gesto preciso. A veces, me daba la impresión de que miraba el brillo de mis lágrimas que, solas, salían a raudales, sin control, arañando la comisura de los labios, apretados. Me pregunto cuántos ojos empapados de emoción habrá visto ya en su vida, sabiendo que es ella la culpable.
No pestañeaba apenas. Quería no perder ni un segundo la visión de lo que se iba produciendo.
Remansos.
Remolinos.
Me mojo.
Me empapo.
Me sumerjo.
Sentí una emoción tan fuerte, que estaba temblando, sin comprender por qué me estaba pasando todo esto. “Si es solo el comienzo”. …
Ella siguió desnudándome con un solo quejío a contrapunto. No podía protegerme, sino dejar brotar esa emoción profunda. Tan profunda que me sentía muy sola. Desterrada.
Expatriada.
Su sola voz me estaba mostrando cuáles son mis raíces y dónde están ancladas, como nudos, dentro del corazón.
Y… la verdad, duele.
Te estás vaciando. Hay un agujero, pero no sabes dónde. Te quedas sin agua dentro.
Su voz, intercalada con las voces de algunas de los hombres del cuadro, te estanca en un sentir atemporal, como si sonsacara puntos lejanos de mi historia. Derroches de recuerdos nunca vividos pero anclados en la fibra de la piel. Escamas abiertas entre bocanadas de aire, que atrapas entre llanto y suspiro.
El bodegón se mueve, ya hay guitarras, y un cajón. Se fue el pitido a modo de línea de rezo. Se lo comió una tormenta de aplausos que retumbaban lejanos, como con sordina, como después de una explosión y el oído se ha ido kilómetros lejos de tu cuerpo.
Del frio pasé al calor mientras su copla antigua acariciaba mis manos que, solas, independientes, palmeaban. Lloré riendo. Y al escuchar mi risa, me di cuenta que no era la única persona de la habitación. Estaban Antonio, Maria, Ted y Lila y cientos de personas detrás. Yo estaba a dos metros apenas de distancia de ella. Volví a mirarla, mientras el corazón se me encogía cuando, con la fluidez de lo natural, me daba cuenta de que esa canción o ese otro refrán ya los conocía, de alguna vez en algún viaje en el coche de mi padre, o desde el equipo de música del salón en Córdoba.
Es cierto. Comprendo lo del duende. No hay clichés en esto. Es cierto como que estoy a dos metros de esta gran cantante y que esa presencia que emana de sus gestos te hipnotiza.
Cuando fui capaz de asumir lo mágico de ese momento, supe tranquilizarme. Y bailé, me dejé mecer mientras me salían “oles” de lo más profundo y mis manos nadaban solas.
Sentí una gratitud que no se verbaliza. Y una gran nostalgia de mi tierra. Y sí, digo tierra, y no ciudad o país o incluso cultura. Tierra porque es la que se toca con las manos y te mancha las yemas. La que huele a champiñón mojado o a margarita silvestre. La que sabe a aceituna machacá, y a regaliz palo. La que piso al pasear y en la que aprendí a andar. Tierra, tangible. Real.
Lejana.
Nunca antes me había sentido lejos de ese modo. Siempre estoy a golpe de correo, golpe de avión, golpe de conversación telefónica y de video. Y Córdoba, y todo lo que para mí ese nombre encierra, nunca se ha alejado ni nunca lo hará. Pero es que no era un echar de menos a mi familia, ni sentir un no retorno o abismo…era una nostalgia en estado puro de aquello que ya no será nunca más. Que se ha ido, se ha escapado, que se va sin que puedas remediarlo ni describirlo. Aunque estés allí. Aunque no estés.
Las lágrimas se encadenaban unas tras otras durante las dos horas que duró el concierto. Canciones sobre Picasso, sobre Málaga, sobre la arena, el dolor, la espera, el amor, el silencio y su sonido, sobre volver con la frente marchita…., e incluso algún blues aflamencao. Hasta tuve la suerte de que cantara la canción que más me gusta de ella: Nostalgia.
Esa noche, a la vuelta del concierto, me di cuenta de que los cerezos de la plaza estaban floreciendo.
Desde entonces, el sol ha despertado las flores, perezosas, que ahora mismo están naciendo con colores intensos y vivos. Ya no hay invierno. Ha vuelto esa primavera que el año pasado faltaba. Todo huele a lilas blancas y tiene el tacto de tulipanes. Los atardeceres han regresado. Esos que son más largos que en España, cuyo morado perfila los edificios mientras regreso andando desde el trabajo. E intento no dejar de sonreír, a pesar de los pesares.
Intento vivir, pero vivir de verdad, con conciencia de hacerlo. Otros no podrán hacerlo ya, o ni siquiera vivir, o ni siquiera soñar, o ni siquiera luchar. Masacre, guerra, egoísmo, mentiras, desastre, autodestrucción, falta de respeto, falta de oportunidad, con miedo, con asco, con ira, con desesperación, con una inmensa soledad. Así que yo, por lo menos, lo intento.
Intentar que el amor tiña, como el atardecer, los recovecos de impotencia y de desprecio que siento a veces hacia la humanidad y se instalan en las entrañas.
Intentar no olvidar que hay belleza en el mundo y que esa belleza se puede crear. Que hay belleza que te calma, que te da un tortazo y te revuelca, te sonsaca verdades, te descubre secretos, te arrulla y te desvela que es posible y es real. Que se puede…o que se debe intentar.
A mí, aquella noche, me lo supo recordar la voz de Estrella Morente.
(Canción Nostalgias, versión de Estrella Morente : http://www.youtube.com/watch?v=_NR7ICAXDLw )
No hay comentarios:
Publicar un comentario