
El tiempo se disfraza de sirena esta vez, y se peina despacio el cabello de espuma bajo una luz suave de verano dulce. Así se presentan los primeros minutos que rodean el paseo desde la casa de los Delens, en Loquidy, hacia el molino de mar, mientras el campo de trigo roza la extensión de ostras cultivadas. Parece irreal pero es real. Y huele a marisco y pan al mismo tiempo, mientras los pasos suenan a caracolas rotas. Hay calas pequeñas y muy curvas que dan acceso a casas rústicas, a veces inundadas hasta el césped, y a veces sin agua por una marea lejana que cada día cambia el paisaje varias veces.
La luna domina el tiempo, con su poder de magnetismo. Me gusta esa desorientación diaria, a base de consultar el cuaderno de mareas para saber cuándo el mar, en sus caprichos, te deja bañarte en sus aguas. No me paro demasiado en comprender por qué las mareas bajan y suben al mismo tiempo en dos zonas opuestas del planeta. Simplemente lo asumo y observo cómo cada día el agua que va y viene es distinta, movida por hilos invisibles.
La cala a la que accedemos desde Loquidy tiene varios barquitos que se me antojan gaditanos, volcados en un manto de algas y gaviotas glotonas. Al fondo, sólo se ve el mar limitado por varias islas verdes y espesas con casitas blancas y azules salpicadas, típicas de la zona bretona en la que estamos.
Un entorno privilegiado en el que quien no es marino es marinero y si no, amante del mar. Yo, sin embargo, soy animal de secano, y observo esa pasión ciega hacia el mar con ojos de telescopio. Siento una fuerte dualidad que lucha dentro: miedo al agua y atracción por ella. Rozo con las yemas el agüita fría que tararea en la orilla mientras sonrío ante ese cierto pavor de no controlar tu cuerpo porque otro elemento liquido tira de él. Y así, con esa dualidad y sonrisa tonta, me dejo llevar en el “Corto”, el barco velero de Jean Jacques, el padrino de Ted. Corto de Corto Maltés, me precisan divertidos los ojos risueños de Jean Jacques, gran empresario pero ante todo marinero por pasión desde niño. Las velas pelean con un viento que poco antes yo pensaba inexistente. Se erizan, se retuercen y acaban encontrando su lugar en el mundo, un mundo de cuerdas y madera, y azul cielo y azul mar. Debajo estamos nosotros, tirando de los hilos, intentando que la guía de madera no nos golpee en la cabeza, y mirando el horizonte con el sol de frente.
Inmensamente diminuta. El mar me parece un gigante risueño pero con mal genio, al que hay que saber cómo hacer cosquillas para no irritarle demasiado. Y eso que sólo estoy en la punta de un golfo para llegar hasta el otro extremo de este…La sensación de inmensidad me oprime menos el pecho ante esa certeza de mar “algo” delimitado, puesto que si fuéramos en la otra dirección llegaríamos a la Bahía, pasaríamos la isla y saludaríamos al océano atlántico. Eso me aterra. Animal de secano.
Jean Jacques me da el privilegio de dirigir su velero con nombre de aventurero. El timón es muy suave, y debo mirar lo más lejos posible para guiar bien el cuerpo de éste, que avanza gracias al juego de viento y tela que conversa encima de nuestras cabezas. “Isla cortada con árboles, allá vamos”, me digo todo el tiempo mirando en la misma dirección. Sensación de control y fuera de control a la vez. Muy divertido y agotador. El viento nos da su paliza particular y al llegar al nuevo puerto, 4 horas después de paseíto, siento que miro con ojos de mayor comprensión hacia las miradas de las gentes de esta Bretaña francesa. Sensación que se une a la del balanceo al pisar tierra firme, que se difuminará poco a poco al tapear con sabores a sal.
Así pasa una semana, a ritmo de mareas, comida deliciosa, ostras como entrantes y vino blanco. Paseo con Ted por paisajes plagados de menhires prehistóricos, en zonas en donde hay más de tres mil piedras de este tipo. Pienso en lo que le hubiera gustado a mi madre ver estos restos arqueológicos y en que igual ella tiene alguna explicación coherente a estas incógnitas que desafían al paso del tiempo y que te abren una puerta al mundo de las leyendas y duendes y poderes de gatos negros, además de los druidas celtas que aún siguen existiendo en los bosques vecinos al mar.
Aquí vivieron Asterix y Obelix si hubieran existido de verdad. Aquí hay pirámides funerarias 2.000 años más antiguas que las pirámides egipcias. Aquí las espirales tienen un significado místico del pasado-presente-futuro, grabadas en lascas de piedra celta o como pegatinas en los coches destartalados de los mercaderes que venden salchichón de pimienta negra en el mercado de Carnac.
Aquí el mar me dejó acariciar su espalda en un velero. Pero aquí el mar también se burló de mí y me enseñó una lección de humildad.
Nuestro último día en este golfo bretón, el golfo de Morbihan, Ted quiso volver a navegar en kayak como última actividad antes de pillar el tren hacia Bruselas. Traje de neopreno, pañuelo en la cabeza para evitar golpe de sol, sandalias con agujeritos para andar entre las rocas y botella de agua. Hasta ahí todo iba bien. “Vamos a intentar llegar hasta el fuerte español, que son 3 kilómetros ida solamente”, me dice sonriendo mientras me enseña otra vez cómo remar mejor. Yo, segura de mí misma y con una sonrisa de victoria absoluta, me adentro en la orilla, remo admirando los casones rústicos que bordean las calitas y grito frasecillas de amor a Ted, que me sonríe desde lejos, puesto que yo voy bastante lento por falta de fuerza en los brazos.
Sin embargo, cuando el mar se abre algo más empiezan a pasar catamaranes a toda velocidad a nuestro lado y barcos a motor que entran o salen de un puerto cercano y que nos rodean a su antojo como si siguieran señales invisibles de una autopista marina. El mar empieza a encresparse con la generación de olas. Yo no me achanto y sigo remando, aunque me duelen los brazos. Ted me dice que no tenga miedo, que como somos los más desprotegidos y los barcos nos rodean, que nosotros tenemos prioridad en nuestra orientación al navegar…pero ya estoy tensa y empiezo a sentir que el mar sonríe burlón desde abajo.
Como era previsible, el mar llamó a su amigo el viento y la superficie del agua se volvió rugosa, con juegos caprichosos de curvas y cambio de ritmo. Y de golpe, llegaron varias corrientes de agua. “Rema, rema, que te alejas”, me digo cada vez más histérica. Entre ruiditos ahogados y suspiros alicaídos, noto que el mar me separa de Ted, y que por mucho que avance, avanzo donde al mar le da la gana, no donde yo focalizo.
Ted me grita y se acerca, nervioso al verme nerviosa. “Pero rema como te he dicho! Pero gira al otro lado! Pero no tires la toalla! Pero no pongas esa cara! Pero….pero no llores!!!”
Demasiado tarde. Me enfado conmigo misma, por mi supuesta torpeza al remar a contracorriente, me enfado con Ted por gritarme movimientos técnicos y por ver cómo él sí puede luchar contra la corriente, pero sobre todo me enfado con el mar, que no colabora conmigo sino que me balancea igual que un gato balancea aburrido un ratón.
Así que lloro como un bebé al ver que me acerco irremediablemente a un muro de una casa que da al mar. La fuerza se me va en las lágrimas y pedaleo como un mosquito que se ahoga. Tiro la toalla. Ted lleva a empujones mi kayak con su remo y paramos en una mini cala llena de algas. Ahí empieza a reñirme, a decirme que yo no soy esa niña chica cagada, que yo soy una luchadora y que no me puedo venir abajo ante unas olas de mierda, que si esto, que si lo otro…Yo solo miro al suelo donde ha parado el kayak y observo aterrada cómo una invasión de lombrices con alas entran por los huecos del kayak, saltan a mis piernas, a mi traje de neopreno, a la cara, a la boca, entran en los agujeros de las sandalias…y en vez de calmarme, entro en un estado de crisis nerviosa de bebé con rabieta completamente atacada ante una invasión, cual Kubrick, de bichos marrones.
Ahí es cuando Ted me lanza con su remo a otra cala y me bajo durante media hora, suspirando llorosa, sin hablarnos. Cuando ya veo que no me quedan bichos en el cuerpo y que no me queda otra que volver a montarme en el kayak para regresar, miro desafiante al mar, que parece divertido y se ha calmado, y le prometo a Ted no volver a llorar aunque desespere.
Y remo como no he remado en mi vida. Canto la canción del “tiburón chuchuá” que mi madre me cantaba de pequeña en la orilla del mar, para distraerme y tener cierto ritmo en los movimientos. Ted va delante con el ceño fruncido. Tras luchar con el mar, llego a la calita nuestra. En total hemos hecho 4 kilómetros y estoy agotada. Me meto en la ducha en silencio y veo que en los pies y en el neopreno aún tengo alguno de esos bichos…
Moraleja: el mar un día te mece para darte un par de ostias el día después.
Moraleja 2: no te creas nunca que dominas al mar, porque sólo entonces serás dominado.
Moraleja 3: con rabieta y derrotismo no llegas nada más que a terreno pantanoso.
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Dos días después estoy en el 4x4 de mi amiga Lila, atravesando caminos de piedra entre sus bosque de pinares, para dejar las maletas en una casa de arquitectura japonesa con vistas al mar. Esa primera noche hay tormenta y parece una estampa japonesa. El mar a lo lejos centellea mientras las ramas de pinos que bordean el marco de la ventana nos estremecen y sacan algún suspiro mezclado de admiración y miedo. Por lo visto los rayos suelen parar en los bosques en los que estamos, aunque nunca en esta casa de invitados. Impresionada, me acabo durmiendo con el sonido de la lluvia al golpear la torre japonesa en la que está mi camita, con ventana y tatami.
Ibiza, a la mañana siguiente, me regala un amanecer único, al ducharme en un cuarto de baño abierto con suelo de varillas de pino y vistas al mar. Ese mar, tan azul transparente como se veía desde el avión.
Bajar cada día por caminos salvajes, escalar en las calas, merecer con esfuerzo el llegar a sitios mágicos, conversaciones auténticas, personas auténticas, el sonido de las chicharras que te mecen en la siesta, el sabor de las almendras saladas, el sol, único cada día al acostarse, desde cualquier rincón, en lo alto o en la orilla del mar, los peces que te rozan al nadar desnuda en calas secretas…o la inmensidad de las estrellas. Y ese cielo repleto de silencio y misterio en la noche. Un cielo estrellado como sólo antes lo había visto en Monterrubio, la casa de mi tío Satu, en Extremadura.
Cuando era pequeña, cada viaje a Monterrubio era una aventura. Los paisajes desde el coche, el acento de la gente al sonreírte, el sabor de las fuentes, las encinas fuertes y abruptas, el color del granito, la sencillez de la vida, los objetos “mágicos” procedentes de todas las esquinas del mundo que colgaban de las paredes de la casa, y sobre todo, el patio de mis tíos. Un patio con perro, huerto y piscina en el que siempre había secretos y tesoros por descubrir: lagartijas, huevos, huellas de animales, plumas, flores…a medio camino entre piedra, hierba, tierra, garaje con aviones de madera colgados y sabor a campo. Y ahí, en ese patio, aprendí que el universo era inmenso. Una vía láctea plagada de luciérnagas, tan cercanas que apenas puedes tocar con las yemas de los dedos, mientras señalas constelaciones de nombres inventados que encierran historias secretas. Un cielo inmenso en mitad del silencio y la brisa fresca.
Ese mismo cielo volvió a abrirse paso en Ibiza, en el patio de piedra de la casa de los padres de Lila; Joel y Minouche, dos franceses instalados en San Joan desde finales de los años 60, artistas puros y, aún así, sencillos y cercanos. Joel, ojos de gato claros, sonrisa de niño pequeño, habilidad de artista que tiene su propio taller de mecánico, de alquimista. Con el que hablas de política internacional en francés intercalando frases en español mientras le pasas la llave inglesa. Minouche, auténtica y propia, fuerte y motera, de pantalones de cuero rojo, corpiño negro con escamas de pez y rizos de cobre que enmarcan unos ojos verdes dulces y muy tristes. Una tristeza hermosa que la convierte en lejana para, a veces, desmontarte con su sonrisa cercana.
Aquella noche justo era la noche en la que empezaba la lluvia de estrellas, y, en vez de buscar una fiesta trance en la otra punta de la isla, decidimos charlar con licor de hierbas payés y los papás de Lila,
Llegué a contar más de 20 estrellas fugaces en varias horas, algunas de ellas tan grandes que parecía que iba a provocar un terremoto al llegar a la tierra. Todos en silencio. De vez en cuando una frase, un nombre de constelación, y la brisa que te pide una mantita, pero que no osas ir a por ella para no romper ese momento de magia, en una isla en el que la vía láctea me trae sabores extremeños y nos hace sentir pequeños pero invencibles, como cuando teníamos 6 años.
Ibiza, mi Ibiza, no ha sido la de la ciudad marchosa y sus discotecas superficiales. No he pisado en ningún momento esa zona. De la mano de Lila, recorrimos todo el norte de la isla y playas mágicas de la zona sur, como la playa de Atlantis, que sólo conocen los payeses y algún privilegiado, a la que se accede tras media hora de recorrer montaña abajo, pasar una duna y escalar piedra arenosa.
Ahí encontramos un hueco irreal en la piedra suave escavada con formas cuadradas con la que se hizo el castillo de la ciudad en el siglo XII. Funky, el perro de Lila, juguetea con mi mano. Ted y Lila saltan desde acantilados dibujados por Dalí para caer en un agua totalmente cristalina llena de peces azules. Fleur juega con su cámara y la luz mágica del rincón. Lila me llama. Nado con ella y jugamos a ser sirenas que tocan la punta de la cola de los pececitos. Sonrío bajo el agua. Noto un momento evidente de felicidad y lo saboreo despacio.
Luego atardece y subimos sin respiración la roca, la duna y la montaña. Seguimos andando, y llegamos a lo alto de la montaña vecina desde la que se observa la isla de Esvedrá. Esa isla enigmática con magnetismo que impide volar a los aviones justo encima de ella, según cuenta la leyenda. Una no se extraña de que los payeses, antes de la colonización catalana, fueran de religión pagana ligada a la naturaleza. Se siente su fuerza. No te planteas otra explicación mejor que la de encontrar respuestas trascendentales en esa magia real que huele a tierra y sal, y que se arropa por un manto blanquecino brillante cada noche.
Ese contraste, esa paradoja equilibrada entre mar y cielo y tierra y abismo, como en la Bretaña francesa con sus homenajes de menhires. Pero aquí es una isla mediterránea donde el mar es cálido y sus trampas son sobretodo la inmensidad del propio mar que la rodea, y sus grutas ocultas, hermosas y a veces muy peligrosas como un depredador.
Pienso en Roman, el hermano de Lila que nunca conoceré. Que se lo llevó el mar hace dos años, mientras buceaba por alguna de las calas mágicas y depredadoras, con sus dieciocho años recién cumplidos. Pienso en la mirada de Minouche, la madre de Lila, mientras, alejada de nosotros, mira el cielo estrellado, como hablando a su hijo. Pienso en las lágrimas de Lila en la cena, mientras preparamos de comer y sus amigos tocan jazz y blues con Ted en el rincón del piano, el rincón de Roman, niño prodigio del saxofón. Pienso también en el amor de Lila por ese mar que se llevó a su hermano, como si aceptara la dualidad de que el mar a veces es el mar, y otras la mar…pero siempre está ahí, constante, enseñándote a reír, a llorar, mientras refleja el sol gigante y naranja opaco al atardecer. Que mañana es otro día, que mañana toca vivir por los que ya no están.
Ibiza se me ha grabado en la sonrisa, en una esquina de la comisura, cuando a veces se emociona. Por su paisaje, por esa lección de vida, por ese color de mar y sobre todo por las personas buenas que he tenido la suerte de conocer.
Por ejemplo, está Antonio, el panadero de 79 años del que dirías que tiene 64, a punto de jubilarse. Un señor sevillano que ha tenido muchas vidas en su propia vida y que en cada una de ellas se ha reinventado a sí mismo, pero siempre siendo fiel a él. De joyero en Madrid a panadero al llegar a Ibiza, al reencontrar el amor, al hacer otra nueva familia, de la que nace Manuela, la niña de las pestañas largas y dulces, que ahora va a ser compañera de piso de Trini en Madrid, gracias a que tejemos redes, como buenas hilanderas.
Antonio es el vecino de la familia de Lila. Vecinos de la otra montaña. Se hablan con gritos en la punta de cada una. Para verle bajamos el valle de los cuervos y lo subimos hasta dar con sus olivos bebés, su inmenso horno de pan, su patio, su suelo de piedra, su casa blanca, su olor a leña y su gran sonrisa y abrazos, buscando lo esencial de tu persona, sacando tu forma de ser con una frase o un silencio. Vino, queso añejo y pan hecho por él para conversar. Inmediatamente lo reconocí: “él es un ser auténtico como mi abuela. Me va a doler separarme de él”, pensé.
Y así pasó una semana en la que creería haber vivido un mes y que al mismo tiempo me supo a poco, sabiendo que voy a regresar, sin remedio.
Y me despedí de Ibiza en ese patio, con trocitos de nudo de madera de su jardín para llevar a Bruselas, con un cactus sin raíces que ahora está en mi patio, con pan cocinado por él, con la mirada de Lila llena de lágrimas con otra significación, con otro paso más de amistad entre las dos. Con las lágrimas en las mejillas de Antonio mientras les canto “Gracias a la vida”, de Violeta Parra y Mercedes Sosa, con Ted a la guitarra. En ese momento, la letra de la canción tiene todo su significado y descubro que, por azar, es la canción favorita de Antonio y que le hemos hecho un regalo procedente del corazón.
Ahora estoy en Bruselas, el sol acaricia las mejillas desde la habitación, porque fuera ya es septiembre belga y fresquito. El verano se acabó. Pero me he despertado feliz, con ganas de escribiros.
He soñado con el mar, y eso que soy de secano. He soñado con las sonrisas de los amigos. Antonio me dijo una noche: “cuando no consigo dormir, no cuento ovejas, cuento las sonrisas de todos los amigos reales que me he cruzado en la vida, y eso me hace dormir como un bébé. Ahora tu sonrisa también será una de ellas”.
El Mar…….. La Mar………. las sonrisas……….Felicidad.
(Canción "Gracias a la vida", versión de Mercedes Sosa: http://www.youtube.com/watch?v=cIrGQD84F1g)
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