lunes 11 de enero de 2010

Capitulo 8. Olivares


El pasillo corredizo de caucho negro se desliza como de mentira ante mis botas, que intentan alcanzar el final de la pasarela. Luego las botas son sospechosas de ir más deprisa de la cuenta y se controlan en el paso de seguridad. No pasa nada. No nos han descubierto. Me las calzo otra vez, subo como sonámbula otras escaleras de caucho, ignorando los anuncios brillantes de cada rincón sobre compañías telefónicas y eso de la cercanía con tus familiares a pesar de la distancia. Otro piso más, huele a chocolate y espéculos, pero ni los miro de reojo. Estomago cerrado, concentrada en correr. Las botas me ayudan. Debe ser que ellas han vivido más carreras que yo.

Pausa. No pienso, o eso pienso. Escucho la conversación de una madre y su niña, entre flamenco y español, sentadas a mi izquierda. A mi derecha hay dos abuelitos; uno empujando a la otra en su silla de ruedas, susurrándole palabras en español gallego de tranquilidad. En sus ojos hay brillo de reencuentro y navidad. Por las fechas que son, no me extraña. Muchos comienzan a volar para ver a sus padres, tios, primos, abuelos.

El avión arranca brusco. Pero al mirar por la ventana, todo está apacible y brillante, pequeñito y ordenado. No es verde ya el paisaje, es marrón otoño a punto de dar el turno al invierno que dos días antes llamó a la puerta. Luego pasamos la barrera transparente de nubes y todo lo que hay a nuestros pies no es sino mar de algodón con remolinos de espirales grisáceas que avanzan casi tan rápido como nosotros, aunque el avión les gana.

Enchufo el mp4 y sale, sin yo esperar, Mompou. El compositor catalán cercano a Satie. Maldita sea. Ya empieza todo. Una tormenta sube y se escapan caudales de lagrimones vacíos. Sólo hay espirales de nubes y un cielo arriba muy azul, hiriente. No sé dónde mirar para controlar el dique. Una lágrima de esas densas, se concentra en la retina, y yo lucho por no parpadear para que no caiga. En ese reflejo de mentira, creado por la película acuosa, veo parte del reflejo de los ojos de mi abuelo. No quiero que la lágrima caiga para retener eso. Pero se desborda y ya no le veo más.

El tiempo se resbala, no se cómo. De golpe no hay nubes pero todo es un tejido de nieve y casitas aisladas y montañas demasiado cercanas a mí. Luego caigo en la cuenta que acabo de sobrevolar Sierra Nevada, porque lo siguiente que veo son mares de plástico de invernaderos y de golpe, casi violento, el mar. Un mar tejido en relieve, rebelde, pero homogéneo. Pienso en lo bello que es todo y en cómo se resbala.

Cuarenta minutos de retraso, pero en el aeropuerto de Málaga está Miguel, el socio y amigo de mi padre, que con la sonrisa más natural de todas bromea al entrar en el coche. Nos perdemos un poco en la salida. Me da la impresión que nada de esto es real. Así que ante estas impresiones, lo mejor es hacer como si todo estuviera bajo el mayor control del mundo, para aferrarnos así a las briznas de realidad, como la voz de Miguel.

¿Cómo te va entonces en el trabajo nuevo? Entonces me agarro con fuerza a esa pregunta y me recreo en ella durante la hora y media que sigue. Intento plasmar lo absurdo de las generaciones arcaicas en puestos en instituciones de esta talla, le cuento anécdotas exasperantes con sonrisa similar a la de mi padre cuando me habla de la crisis, o que he saludado a Zapatero mientras le abría el ascensor y que sus ojos son muy brillantes, que no me bajo nunca de la bici, que aprovecho como puedo el tiempo que se cuela absurdamente en un horario en el que no se hace nada, pero que ya salgo de todo eso, que he hecho un examen, que lo he pasado y me cambian en enero a un sitio nuevo dentro del MAEC y que ya podré aprender algo más relacionado con lo que he estudiado.

Llegando ya a Montilla, le pregunto por la situación. Él me pone al día sobre todo lo de ayer, aunque todo eso ya lo sé. Y también me habla de la vida, de que su nueva hija está a punto de nacer. Se llamará Eva, y forma parte del ciclo. Vida-Muerte, todo en uno. Pienso en eso de que nada se pierde, que son energías que se transforman, pero que continúan. Miro de reojo el perfil de las casitas de Espejo, que se perfila claro frente al resto del paisaje, y me parece que no es real tampoco esto. Hace unas horas estaba en Bruselas y ahora en Espejo? No es real, me he perdido.

Almodóvar y Buñuel en mis ojos

Hace mucho frío. Ha pasado un mes y medio justo desde que estuve en el pueblo de mis abuelos, y el ambiente está enrarecido. Hay niebla y unos cinco grados pero al mismo tiempo hay, como gotas sueltas, mujeres con medias en las pantorrillas que te miran de arriba abajo desconfiadas, con cara de extranjera, y por tanto con mala cara.

Mi padre nos espera en la esquina. La esquina de piedra antes de la cuesta de los Lelos, en donde siempre ha estado la tienda de juguetes esparcidos por el suelo para elegir los regalos de Reyes pero que desde hace años, siglos, está cerrada. Ahí en la verja, me despido de Miguel, y mi padre y yo vamos andando hacia el casino, para buscar un cuarto de baño, hacer pipí y ponerme las lentillas, para no llevar gafas rojas.

El Casino está cerrado aunque sean las 15.45, hora de un buen café. Todo Espejo está ausente. No dormido, sino como al acecho y ausente a la vez, como si no quisiera reparar en nuestra presencia. Así que hago pipí entre dos coches, me pongo las lentillas en un hueco de las escaleras empinadas que dan al camino de la iglesia. Mi padre está resfriado desde que volvió de Bélgica a finales de noviembre y se tapa la boca con un pañuelito. Yo no tengo frío, pero no estoy caliente. Nada de esto es real, me digo, mientras veo a mi padre caminar por las escaleras imposibles vestido de traje.

En la plaza de la iglesia, está mi hermana, mi prima Alba (años largos sin verla, pero con los mismos ojos claros de dudas como cuando pequeña), mi tío Satu y Carmen, mi tía Rafi, marido y otros del pueblo. Muchos del pueblo se nos acercan y yo me convierto en “la Mari”, es decir, mi madre. Les digo que no, que soy la nieta. Y se van desconfiados. Mal cuerpo de sentirme observada por todos lados. Intento organizar las frases, naturalizar todo, mientras busco a mi madre que no llega.

Navarrito, el socio de mi abuelo, de nariz roja de borrachín y ojos azules de niño bueno sin brillo de inteligencia, llora como un bebé en los brazos de mi padre. A mi se me desgarra un poco algo en el pecho. Pienso en aquella sala de cables entrecruzados rojos y azules, con olor a polvo y secretos mágicos encerrados en cajas de herramientas, y en las lupas gigantes que enfocan la mesa para descifrar mapas de tesoros ocultos, mientras mi Lelo y Navarrito hablan muy fuerte sobre televisores que sacar de la casa.

Para mi asombro, Alba llora y yo me extraño. Igual piensa en lo mismo que yo. Hablo de forma sarcástica con mi hermana Ro sobre eventos recientes, para que también me ponga al día, aunque sigo sin tener novedades. Intento normalizar la sensación de irrealidad intentando controlar todo lo que pasa, como si esto lo hubiera hecho millones de veces más. No señora, soy la nieta, no la hija. Gracias. Era lo mejor. Ya no sufre.

El coche fúnebre llega. Sigue siendo todo poco real. Ese coche está rodeado de una nube negra densa, así que es imposible que mi abuelo venga ahí, envuelto en una nube. Pero entonces sonrío de forma maliciosa, por eso de vencer la sensación de mentira que me envuelve, cuando veo que la nube negra viene del coche de mi madre, con mi madre, Lela y tío Alfonso dentro, más negros aún si cabe que el nubarrón que han creado.

Salen como fantasmas. Mi madre está blanquita, y sus ojos azules resaltan. No mira salvo a la entrada de la iglesia, la entrada de las familias. No se da cuenta del resto. Mi padre nos dice a Ro, Alba y yo que vayamos con ellos. Y caminando dejo de estar dentro de mí. Me observo desde fuera, como si me dividiera realmente en dos. Como si cogiera una cámara de video y me pusiera a grabar planos siniestros de los ojos de la gente, los murmullos andaluces, el humo que sube y huele a quemado entre las ramas del árbol desnudo.

Pienso en un grupo de pingüinos, con un par de ellos en el centro y el resto a pasitos torpes y chicos rodeándolos sin salida, en una especie de ritual de saludo. Alguien chilla y llora, su cara me suena, pero no caigo. Otros me siguen saludando como “la Mari” y ya decido no llevarles la contraria. Entonces toco el hombro de mi madre, que se gira. La veo dentro de diez años. Ha envejecido de golpe sin arrugas.

Y yo disimulo con un abrazo fuerte, de esos que se dan en plan “lo tengo todo controlado, no hay problema, no es nada grave, venga”. Entonces veo a mi Lela, que ha perdido diez centímetros de altura y sin embargo, entre llantina y frase bonita, mantiene una calma fría atenta a las apariencias y a hacerlo todo bien. Me ve y se pone a llorar…”jomía que pena”… y yo intento ser dulce con ella. Veo el plano perfectamente, ahora soy parte de los pingüinos, que nos afixian. Yo le agarro del brazo para salir de ese atolladero cuando de pronto me aparta un hombre con chándal rosa fuxia y el pelo largo pegado a los lados de lo sucio que lo tiene. Con la mirada perdida de loco, agarra a mi abuela y le grita con una voz asquerosamente ronca y aguda (paradoja, pero cierta), mientras los llantos del resto de pingüinos aumenta, “Que no llores más, que ya está bien hombre. Que te estés tranquila, hombre, que, Angustias, que Alfonso ya no. Venga, no hagas el numerito, no llores más!”.

Una ira de esas concentradas se apodera de mi brazo, que tiembla y se dirige hacia una de las extremidades del chándal rosa. Cojo el brazo que toca a mi abuela en el hombro. Lo retiro de forma mecánica, y con los dientes apretados y la voz dos escalas más graves de lo habitual y muy bajito le digo al pordiosero “Apártese de mi abuela. Quién se cree usted para hablarle así con ese tono. Se ha muerto su marido, así que déjela en paz de una vez”.

Aprovecho un movimiento del grupo pingüino para deslizar a mi abuela hacia dentro de la iglesia, en donde hay medio pueblo sentado. Entonces veo que los hombres están a la izquierda y las mujeres a la derecha. El féretro está cerrado, con flores en lo alto, justo debajo del altar y las escaleras, y sigo sin pensar que ahí esté mi abuelo. No es real. Es absurdo y bastante tontería todo esto. Tanto oro falso en las paredes, las flores, el olor, los adoquines, los susurros y llantinas de fondo. Mi madre me interrumpe el plano del féretro, para pedirme que vayamos todos a las escaleras del altar, a “saludar” toda la familia.

Ahí me vuelve la ira cuando veo que el pordiosero de chándal rosa se ha puesto la sotana. Es el cura de Espejo. Claro, no podía ser de otro pueblo. Y nos pide a todos subir los peldaños. Yo no lo entiendo y me niego a subir a mi abuela allí. Para qué? Por qué? Mi madre me pide seguirla. Busco una silla del altar para poner detrás de mi abuela. De golpe veo a mi hermana, prima, tios hermanos de mi abuela, mi tío Alfonso y mi madre, que saludan con movimiento de cabeza al público que pasa cabizbajo y hace reverencias de rodilla al pasar ante mi Lela. Yo no siento que esto tenga que ver conmigo.

Y con un gesto de diva loca, el cura nos pide volver a nuestros sitios. Primera fila, al lado de mi abuela. Le toco el hombro a mi madre, que está lejos. Ahí no está por lo menos, está en otro lugar a pesar de estar sentada. Seguro que piensa que tampoco es real esto, que es una película de mal gusto de los pueblos.

Ahí es cuando el cura de chándal rosa levanta los brazos como un ser poseído sin ganas de dar misa y comienza a mascullar un discurso que no comprendo. No comprendo y no porque venga de hablar francés hace unas horas, porque no tenga hecho el oído al acento cerrado del pueblo, o nada del estilo. Miro a mi hermana de reojo. Ella tampoco comprende. Nos miramos extrañadas ante el idioma que el resto del pueblo si comprende y cumple coletillas tipo “bendito sea dios”, “te alabamos óyenos”. Estamos en primera fila, pero yo me pongo a girar la cabeza hacia atrás. Todos responden al cura, que machaca palabras y comienza a hacer aspavientos de locaza de Chueca, literal.

Mi hermana me dice por lo bajini: “este cura es gilipollas. Tu te crees que hable así? Qué le ponga tan pocas ganas? Qué coraje, joder”…”Ya”, respondo con una mueca….”y encima mariquituso!”. Nos miramos y ya está todo perdido. Empezamos a reírnos. Yo me miro desde fuera y me doy lástima. ¿Cómo se me puede ocurrir reírme en el entierro de mi abuelo? ¿Seré una mala persona? ¿Los nervios y la rabia salen en risa en vez de lágrimas?

Diez minutos dura la misa. No más. Todos vuelven a saludar a mi abuela. Todo el mundo está muy tenso, sobre todo mi tío Aniceto, que le dice a mi Lela que “no haga el ridículo” y le tengo que parar los pies como al cura de chándal rosa.
Nadie quiere que ella vaya al entierro en el Cementerio. Pero ella me mira llorando como una niña pequeña, de forma bastante lúcida. Así que le digo a todo el mundo que si mi abuela quiere ver cómo entierran a su marido, que sus nietas estaríamos con ella. Que no se metieran más. Todo el mundo acepta, pero con la condición de llevarla en coche hasta el cementerio, para que no recorra todo el pueblo siguiendo al coche fúnebre.

Nuevo plano irreal, toma seis:
El coche más cercano es el que mi madre trajo, literalmente quemado, por nervios, mientras subía las cuestas empinadas del pueblo, con el embrague y freno al mismo tiempo. Rocío le pregunta a mi madre si puede coger ella el coche, a lo que mi madre responde chillando que ni loca, que o coge ella su coche o nada. Así que el siguiente plano somos mi madre, mi abuela de copiloto, mi prima, Ro y yo en el minicoche quemado, oliendo a chamusquina, camino abajo hasta que de golpe la calle que habíamos pensado estaba prohibida y un coche rojo nos corta el paso para bajar una calle más empinada aún, y por tanto más vértigo y uñas clavadas en el volante por parte de mi madre, que se pone a llorar y gritar. Ro se pelea por coger el coche, a lo que mi madre responde gritando que ni loca. Y así, como la pescadilla que se muerde la cola, nos vemos minutos eternos bloqueadas en una cuesta mientras mi Lela le dice a mi madre “Mari, como lleguemos tarde verás, Mari….ay, ay ay”.

El director de la película me dice que diga eso de “venga, hombre, mamina, que esto está controlado. Vamos a dar marcha atrás”. Yo me río, mi prima llora asustada, mi madre más, mi abuela chilla, mi hermana alucina y entonces, el coche empieza a ir milagrosamente marcha atrás hasta que llega un camión que nos bloquea. Pero los gestos y caretos que ponemos disuaden al conductor que nos deja doblar al final de la cuesta para tirar por otra calle. Nos perdemos casi, pero una tía mía nos encuentra en su coche y nos orienta. Llegamos justo cuando el coche fúnebre saca el féretro del Lelo. Los hombres lo cogen en hombros. Yo pillo a la Lela del brazo, mi hermana a mi madre.

Entramos en el cementerio en obras. Llegamos a la calle elegida. Hay dos andamios de pintura (con manchas de pintura incluidas) y un obrero en lo alto que, sin polea ni nada, le dice a los de abajo que suban el féretro.

Vemos entonces que éste va a estar arriba, por encima de otras tres lápidas y mi Lela comienza a chillar a mi madre. “Mariiiiiiiiiiiiiii, qué has hecho? Papá va a estar muy alto y no voy a poder limpiarlo todos los días”. Mi madre está muy mareada, cansada, rota, y se escapa un poco. El resto intentamos convencer a la Lela que así estará más limpio, que el sitio lo designa el ayuntamiento, no mi madre, que encima el Lelo está en frente de la tumba de sus padres, y si está así de alto, pues más cerca del cielo está el cuerpo, porque el ya no está ahí en realidad. Tonterías. No le entra en la cabeza. Ella sólo piensa en que su Alfonsín no tendrá flores todos los días.

Los hombres intentan subir la caja, pero sin polea es tan difícil que en un último empujón la caja se resbala y está a punto de caer, seguido de gritos de angustia de los espectadores, y viendo a mi padre dar un traspiés y clavarse en el hombro parte de la caja, que otra vez milagro o suspense cinematográfico, no cae. Como en Semana Santa, todos se animan y jops! subido queda. Se mete la caja en el hueco vacío y el obrero pintor coge las flores y tapa así el hueco, que aún no tiene lápida.

Sigue siendo todo muy irreal. Me parece mentira que mi abuelo esté en un muro de pared, mal tapado con coronas de flores y que se haya subido de ese modo. Me hace hasta gracia, por eso de seguir con mi dinámica de reír ante el estrés.

Un minuto después, mi Lela nos dice “ya que estamos, vamos a saludar al resto de la familia”. Así que paseamos como zombis delante de un par de lápidas de mis bisuabuelos, asombrada por la cotidianidad del paseo de mi abuela, que parece creer que visita de verdad a sus familiares.

A mi me parece mentira todo esto, que lo observo desde fuera de mí, pero miro a mi madre, y siento que a ella le parece una pesadilla real que le absorbe toda la energía que le queda. Sólo quiero que termine este episodio, para calentar su mano en casa, en el salón.

Salimos del cementerio. Todo el mundo se dispersa. Vamos camino del coche quemado para la casa de los lelos en donde luego daremos sopa, queso y tortilla como velatorio de tradiciones absurdas de pueblo. Pero ahí, en la salida del cementerio, siento que hay algo real en todo esto. Atardece. Los olivares se duermen en una manta de relente y escarcha triste, que baña todo el campo. Enfrente el sol se esconde altivo y muy naranja, pero controlado. Los pájaros dejan de sonar. Se oye sólo la brisa fresca y triste. El día se muere. Las aceitunas tiritan. Ya es invierno en Espejo. Y me doy cuenta que este es el verdadero entierro que mi abuelo recibe. El atardecer del olivar.

Navidad a cachitos

Regreso a Bruselas por tres días para luego volver a Córdoba otra vez, sin aliento, pero a tiempo. Ya llegó el día 23. Ya he cumplido días antes 26 años.

Llegan las navidades. Estamos en familia. Crecemos, el tiempo se sigue resbalando entre las manos, pero las tradiciones las cumplimos y luchamos de este modo por mantener la magia de estar juntos, cantando los mismos villancicos y canciones que nunca recordamos su final.

Unas navidades diferentes, con olor a mi abuelo al doblar su ropita en el pueblo mientras mi madre se traga el nudo en la garganta, con decisiones dolorosas pero obligadas, con momentos fugaces-felices con amigos del alma, con Ted a mi lado, perenne, con el calor de mi perro Lucas, que posa su cabeza en mis rodillas, con nuevos pendientes de mi padre en las orejas, momentos de hermanas con Ro…Pero una infinita tristeza y cansancio, ligados a la lluvia que desborda el río Guadalquivir y el corazón.

Mamalela canta con un hilo agotado de voz, de dulzura y fragilidad, el estribillo del poema de amor que cada noche de Nochebuena, relatan mi padre y mi tío Javier, cuando todos, borrachos o no, callamos para volver a sentir ese pellizco en el alma, que se resquebraja despacio mientras se escapa una lágrima. “Alejate del balcón, chiquillo loco…que mi padre no te quiere, ni yo tampoco”…Siempre lloro controlada al escuchar esta historia. No por la historia, sino porque quienes la relatan y cantan saben lo que es el amor y el dolor, y la pérdida, y la nostalgia, y porque es como el cierre tácito de la noche, cuando todos nos vamos despidiendo por goteo a las tantas de la madrugada, que mañana es Navidad. Un cierre, un año más que se va.

Este año, Mamalela aguantó para cantarnos, para estar presente. Para luchar, aunque sin ganas, aunque ni siquiera se tomara las uvas en las campanadas, pero estaba para amarnos con su mirada sin palabras llena de frases que brillan dentro del pecho.

Este año se cierra con un inmenso sinsabor porque no podemos controlar nada del tiempo ni de las pausas que el tiempo nos da. Pero nos hace pensar que la muerte no es tan muerte como uno cree. Es verdad que es energía. Que en los pueblos llega a ser tan cotidiano como unir vida, limpieza, cementerio, paseo y cuerpos que se descomponen. Que se acepta y que no es tanto vacío como se espera. Es una ausencia que se llena de recuerdos y otras formas de fluir. Que en la tristeza hay risa, histeria y absurdos que hacen de la muerte algo mucho más vivo.


Pienso en que al menos, soy afortunada porque me han enseñado a saborear el agua que se escapa entre las manos, el tiempo que se amontona en los ojos, la lluvia que se estanca como nieve en Bruselas y cómo esa nieve llega también a Córdoba, tan al sur de mí ahora. Pienso en las despedidas tranquilas, las que uno no quiere tener que dar y las que jamás se darán porque ya es tarde.

Pienso en la sonrisa tranquila de mi abuelo en el sueño que tuve en casa estas Navidades. Estaba en la camita. Él y yo sabíamos que no era real eso tampoco. Pero sin hablar me sonreía mientras yo me acercaba con un nudo en el pecho para abrazarle, para decirle adiós con todo mi alma.

Ese abrazo tenía el mismo olor a escarcha húmeda, el mismo silencio, la misma luz anaranjada y opaca que aquel atardecer entre los olivares de la campiña de Espejo.

10/01/10

Capitulo 7….o el sabor de la leche


No puedo avanzar. Es inútil. He dado la vuelta tras recorrer toda la avenida que me lleva a la Comisión. Con la boca abierta veo el humo, las vallas de guerra y los policías que te niegan la entrada, a pesar de la tarjeta del Consejo. Con mirada fría, sin hablar francés, te mascullan en inglés que no hay modo de atravesar los diez metros que faltan para llegar al otro lado. Ojos azules muy fríos, que congelan mi sonrisa, a juego con la punta de la nariz. Me recoloco el gorrito de lana y la bufanda. Suspiro, miro hacia atrás y hago señales de “guillotina” al resto de ciclistas que como yo pensaban que la vida seguía normal hasta hace media hora.

Retrocedo en la bicicleta, paso por otra avenida a contracorriente de coches perdidos que te pitan cabreados-envidiosos por poder avanzar mientras ellos no, que se desvían ciegos, a trompicones, por el cercamiento de las calles del núcleo central.

Ahora estoy paralela a antes, pero en el lado izquierdo de la avenida. Una mujer policía me sugiere que continúe hasta el parque du Cinquantenaire, pero que “tenga cuidado” con los manifestantes. “Son peligrosos, guarde su tarjeta”.
Dios mío, me digo, ¿soy parte del lado oscuro? ¿Van en contra mía? Imposible. Yo me camuflo. Además, voy de color verde y rojo, como ellos. (Verde campo el chaquetón, rojo tomate las medias y la nariz). Imposible ser el enemigo…pero, me siento traidora de algo que no está en mi mano y que además afianza mi mierda de tarjeta del Consejo Europeo. Pero….peligrosos? Levanto una ceja mientras vuelvo a pedalear camino del parque. Ahí es cuando el humo se hace más fuerte y mis pies se mojan.

Llueve, aunque es como si fuera aire denso, así que uno se acostumbra. Así que cuando noto que los pies se mojan me sorprendo al pensar que en realidad no llueve tanto como para calar. Huele raro. Hay gritos rítmicos y humo triste, casi extinguido.

Y el suelo está blanco. Blanco? Pero si estoy en entre el asfalto y el parque! Cómo puedo tener los pies llenos de líquido blanco? Me bajo de la bici. Me agacho instintivamente y toco el líquido, que sin pensar me llevo a los labios. Ostia! Qué hago! No se suponen que son peligrosos? Y si el líquido es lejía? O un barro venenoso? O trocitos de paracetamol que te calcinan por dentro? Y si la acabo de liar al meterme unas gotas de líquido blanco que te atrapa desde cualquier rincón de la carretera cortada?...

Pero no…de momento no muero. Es leche. Leche blanca, líquida, fría, triste, opaca. Es leche que se derrama a litros, a riadas, a marejadas por la “avenida de la Ley” desde Schuman, y que nadie parece reparar, pero que a todo el mundo cabrea, a los “buenos” y a los “malos” y a los “no saben no contestan”. Leche que producen las miles, millones de vacas europeas que no reparan en que su producción está siendo objeto de uno de los últimos episodios, tristes y ridículos episodios de la especulación actual. Leche que se vende a precios irrisorios para luego ser compradas por un público como tú y como yo que la compra el doble o triple de cara que hace unos años, y cuyos céntimos que suben no te dejan sino indefenso, puesto que ¿cómo no vas a comprar la leche? ¿cómo no vas a comprar el pan? ¿cómo? ¿a dónde va ese dinero que no percibe el ganadero, pues?

Y la leche se desliza entre mis botas, entre las ruedas de la bicicleta, y, muy despacio, toca la acera por la que los entrajetados (grajos, si fueran pájaros) de la Comisión y del Consejo intentan pasar ahora y que miran condescendientes el líquido que esquivan, como si esquivaran a puntillas las olas tímidas de una orilla, de forma indiferente y altiva al mismo tiempo.

Peligrosos? Miro a los protestantes que me rodean. Y digo me rodean de forma literal porque se creen que soy una de ellos aunque les desoriente mi bicicleta en las manos y mi estatismo boquiabierto, con el dedo todavía en los labios. Los malos en este caso son ganaderos de narices grandes, barrigas grandes, bocas grandes, ojos grandes y claros y voces altas que dicen verdades de débiles aunque sean verdades fuertes.

“No tiene solución a corto plazo”, le digo en español y en voz bajita a mi bicicleta, mientras guardo mi tarjeta en la mochila y me desplazo hacia la izquierda a pie. Sensación de que los malos son otros que ni siquiera tienen cuerpo, porque es más bien un sistema. Sensación de que esta manifestación no sirve de nada, sólo para indignar más a un lector de clase media que lucha por arañar su bolsillo a fin de mes y que ojea la portada de El País un domingo cualquiera. Sensación de déjà vu con el escenario, la masa, los dilemas. Como si mis ojos fueran la cámara de una retransmisión de Antena3, con todo el morbo añadido.

La masa de ganaderos que me rodeaba se desplaza hacia la entrada de la Comisión Europea, donde otros ganaderos queman ese fuego triste a saber de qué…con vacas alucinadas…mientras así se deja morir su leche menospreciada, que se filtra en un asfalto que no por ello se hace más humano o próximo a la naturaleza…Las tuercas sociales no van nada bien. Otro ejemplo más que araña el estómago y la mirada y que me echa en cara que tengo una tarjeta que escondo en la mochila. Traidora aunque no lo sea. Jugadora dentro de un sistema podrido. Así voy.

La calle que me llevaría al camino a casa está bombardeada de tractores. Todos gigantes, de colores rojos, amarillos, naranjas, verdes, de ruedas negras gigantes. Tractores muertos, aparcados en zigzag para no dejar pasar a nadie, sea moto, coche, bicicleta, peatón. Una calle que se come el parque del Cinquantenaire que al mismo tiempo es comida por tractores que parecen resbalarse por tsunamis de leche que parecen llover de un cielo encapotado. ¿Cómo paso? ¿En serio que tengo que dejar la bicicleta atada a cualquier farola para poder ir mojándome en silencio a mi casa? Me niego. Cojo, cual pato torpe, la bicicleta por su centro, la levanto, intento que “baile” un tango conmigo, sin atarme los pies haciendo ochos. Me mancho las medias, me desgarro el gorro que se cae y se empapa de leche, casi pierdo la mochila en uno de los colmillos de los tractores enfadados y muertos aunque sus colores sean vivos. Un cementerio que huele, que sabe a leche. Y la bicicleta que no colabora en avanzar. Pero como cualquier buen tango, hay una inflexión a modo de estribillo agridulce que pasa a modo mayor, alegre, y entonces, como si la suerte me guiñara un ojo amigo, percibo huecos donde bailar mientras dure el estribillo que resuena sin sonar en ningún lado. Y así, por cabezonería, consigo atravesar la selva mecánica en vez de dar rodeos de avenidas y llego a la Chaussée d’Auderghem, que como un tobogán desciende hasta luego subir antes del cruce de mi casa.

Luego en la cama, mientras me caliento los pies, abro la mochila y saco la prueba del delito: mi tarjeta de doble cara, como una moneda sin cruz. Por un lado, mi imagen de seria y poco a gusto que me hice en el Consejo Europeo. Es una tarjeta que me permite entrar en esta institución europea hasta 2011. El otro lado, mi imagen en forma de caracono dormida que dice que trabajo en la Reper de mi país. Un nombre como si dijéramos “El Pepe”, “La Lola”, “El Antonio”. Wuó, cuánto título para nada.
Llevo poco más de un mes trabajando ahí y ahora empiezo a estar algo más contenta, pero sigo con el ceño fruncido con la boca apretada, aprendiendo a tener más paciencia de la que nunca antes había tenido. Paciencia conmigo, paciencia con los que me rodean ahora, paciencia con el tiempo.
Estoy contenta en términos generales. No puedo quejarme, puesto que he sido una de las 17 personas seleccionadas de más de 200 que se presentaron para entrar aquí como personal de apoyo temporal. Hago más de lo que debería-pagan, si comparamos lo que pagan al resto y lo que hacen. Hago menos de lo que estoy capacitada, si comparamos mis ganas de hacer cosas bien, de aportar un grano de arena a que el motor tenga un mejor engranaje, y si comparamos mi vida hace un año cuando volví a Bruselas para entrar en el Parlamento Europeo y la de curro apasionante que tenía. Echo de menos aquello, en términos laborales, en términos europeos. Cuando entro en mi trabajo actual entro en una España antigüilla que va de moderna y europeísta pero que por dentro es algo casposa y cutre. Que tiene grandes personas capacitadas en la cabeza, en el timón, pero rodeadas de mediocres que engrasan un mecanismo made in Spain, con la ñ de Españñññiiiiia. En el mecanismo intermedio hay excepciones. Y hay muy buenas personas. Pero también es un colegio, una selva de pirañas (en eso se parece al resto de la vida laboral, parece ser), un escenario con malos actores y un reloj que cuenta atrás y en el que muchos de los que han entrado a trabajar como yo afilan dientes para cuando sea el momento, “se luche” por quedarse ahí dentro. Yo empiezo a dudar si quiero estar dentro, al menos así.

Soy crítica, lo sé. Pero os intento ser lo más sincera posible. No estoy mal. Pero estoy en motor de espera. Me tomo esta estancia actual como un puente. No se a dónde me lleva, pero sé que es un puente, un antes-un después, un paso a…, un proceso. Y punto. Cuando empiece a cogerle el sabor a lo que hago, os hablaré de los sabores, pero de momento no sabe a nada. Sabe a insípido, así que me cuesta ser más detallista. Como digo, estoy aprendiendo que la paciencia es tener paciencia. Piano piano….

Al principio, la primera semana, se me escapaban lágrimas de rabieta de niña chica poco valorada, en la bicicleta de camino a casa. Ahora ya no. Ahora estoy en un puente. No en una meta. Me considero espía en un territorio ajeno. Trabajo como una hormiga, pero no soy una hormiga. Observo. Aprendo por mi cuenta. Leo la prensa desde el ordenador. Hago artículos en el tiempo libre, leo novelas en inglés cuando son los viernes por la tarde y todo el mundo se ha ido menos unos cuantos como yo…Y descubro que también hay otros insectos como yo camuflados de hormiga que luchan por no balancearse desde el puente y no caer al vacío. También veo que no tiene tanta importancia y que no hay que ceder al vértigo de la impotencia. Hay que dar pasitos pequeños, mirar recto. Respirar. Sacar lo bueno, que en el fondo, sé que es mucho.

Pero no podía escribir sin trasmitir esta sensación que me ha carcomido el primer mes. Ahora creo que estar donde estoy me va a hacer aprender mucho, de la vida en general, pero también de las relaciones internacionales españolas, del protocolo europeo, de la mecánica de una comunicación interna institucional.

Pero son fases de estancamiento entre tractores, intentando bailar sin caer.


El verano queda ya muy lejos. Hoy estamos en picado a tres grados, cuando ayer hacía 13. Miro a la nariz de JC, el rey. Me mira de frente, desde su busto como estatua, lo que veo desde mi despacho acristalado como pecera, al lado de la bandera de Españññññññññññia y de Europa y olé. Se me antoja que su nariz está tan fría como la mía y le digo en silencio “Venga, majete, a aguantar el tipo, que hoy hay rueda de prensa y van a pasar muchos por tu lado”….

Cómo me gustaría en cambio estar en las playas de S.Sebastián cogida de la mano de Ted, o mirar los rascacielos de montaña de los Pirineos aragoneses en vez de los rascacielos paradójicos del quartier européen, o adivinar los barquitos pesqueros desde la terraza de Mijas…o comer fresas en las orillas de la Meuse, el río que atraviesa el pueblo de Ted, justo en frente del Castillo del duque de Fernán Nuñez, mientras dejamos la vida pasar con sabor a Wepion, a familia, a dulce, a amor.

Aún así, Bruselas otoñal me sigue dejando quererla. Nada más que el color de las hojas que se tornasolan al rojizo tímidamente me hace seguir enganchada de su día a día. Y además, ese día a día tiene novedades. Caras nuevas y caras conocidas en una Bruselas nueva. Alex, mi amigo de Granada, está a mi lado todos los días…mientras se balancea entre balbuceos que cada vez hilan más frases, buenas frases, en francés. Y mis amigos se convierten en sus amigos también y las redes se tejen fuertes. A veces le miro nostálgica, porque él es Erasmus en una Bruselas que le va conquistando poco a poco, como cuando hace cuatro años yo también lo fui….A lo mejor son celos porque ahora la ciudad tiene un nuevo amante.

Hay miradas verdes nuevas que dan color a las mejillas y calientan el corazón. Niñas que, estoy segura, serán amigas y que también se labran rincones de mi vida. También hay un piano de 1920 en mi casa. Es belga, se me antoja impresionista musical, y se balancea conmigo, aunque su dueño sea Jullian. Pero él y yo, el piano, que se llama Hanlet-Bruxelles, nos estamos haciendo íntimos. Algo que no le gusta tanto al vecino de arriba, para el que somos “monstruos” que saborean la vida en una casa en la que cada vez me siento más agusto, a pesar de los altibajos de la convivencia o de los vecinos amargados. Una casa que mi hermana y mis padres ya visualizan, al igual que Roberto. Y que les ha robado parte de ellos y que ahora me rodean siempre ya, partes que me pertenecen en un nuevo hogar. Ya sea en el salón invernadero, en la hamaca del jardín, o en las hojas del ficus que no deja de crecer.
Y así vamos.

Robando hojas rojas que secar en libros que se leen voraces en la cama, antes de dormir en el inmenso abrazo de Ted. Comiendo lentejas con chorizo español en una casa de una húngara loca que alquila su hogar lleno de fantasmas a un húngaro violinista y a Alex, que lucha por hacerse un hueco propio antes de que llegue el frío a la ciudad. Tomando zumo recién exprimido (la vitamina C, aliada infalible) en los descansos matinales de la embajada, abriendo a veces el corazón a compañeras del trabajo y otras abriendo bien los ojos frente al enemigo encubierto.

Cantando a voz en grito canciones que me descubre el destino, los amigos, la vida, mientras bajo en bicicleta por el tobogán que me conduce hasta la cuesta de mi casa, donde los pulmones se fuerzan como reto diario. Leyendo una carta manuscrita de Mamalela, que acaricia el corazón y baña las mejillas de lágrimas felices, cercanas, como el alma.

Comprando en el nuevo Paquistaní de mi barrio (que en realidad creo que es afgano), que siempre me regala chucherías y me saluda al pasar aunque no compre nada. Recordando el Árabe que he vuelto a empezar a dar en clases, junto a Ted, planeando futuros viajes con sonidos guturales y medias lunas en el cielo. Viajando fugaz a Córdoba y retener fuerte en esa escapada a la gente que veo, que quiero, que me da siempre motivos por los que pensarlos, con los que seguir creciendo.

Riendo al bailotear canciones ochenteras que canta Jullian con su pulmón que se va curando tras su neumotórax de hace un mes, o llorando bebé en la cama con resfriado tonto estacional. Aprendiendo a nadar en la piscina del barrio, a pesar de las agujetas respiratorias. Comprando en mercados plagados de gente, de vida, de tiempo.


Y bailando. Bailando aunque haya tractores en la calle que te impiden caminar por el asfalto, porque al menos, mientras bailo, el frío desaparece, la vida se vive en gerundio, y en la boca me queda ese sabor a leche. Leche que sabe a lucha, a vida, a no dejar de creer en que todo debe tener un sabor. Incluidas las decepciones o los retos. Y que hasta eso, también nos alimenta.

Bruxelles, 14 de octubre de 2009
(el capitulo original entero se envió por mail ya en octubre...)

sábado 20 de junio de 2009

Capitulo 6. El perro de Paulov

El cielo está bostezando, y estira sus brazos hasta tocarnos las mejillas. Hay muy pocas nubes que, perezosas, se tocan tranquilas sus pestañas blancas y delgadas. Los pájaros comienzan a cantar y nos miran curiosos, por estar allí, tranquilos, en silencio, resacosos sin resaca y borrachos sin voz. Son las cinco menos cuarto de la mañana y apenas quedamos 12 personas, más dormidas que despiertas, pero ahí seguimos, a ritmo de Bob Marley bajito, con vasos vacíos en las manos y la mirada brillante y tranquila.

Fue la noche pantuflas-soirée pantoufle de la inauguración de la casa en la que vivimos Dafne, Jerome, Jullian, Ted y yo desde principios de junio. Una noche en la que la gente no se conoce, pero al final acaba siendo un mismo grupo que se mueve al unísono con ritmo de guantanamera y voz en grito, provocando que la policía venga a tocar a la puerta…para luego cantar susurrando canciones míticas de los ochenta y noventa, ya seas español, flamenco, belga, francés o africano.

Me emociona observar la magia que encierra la música que no se espera, la que sale tal cual, la que te arropa, la que te inunda de recuerdos y la que crea nuevos. La que te arrastra a otra dimensión y la que te une y te devuelve a la simplicidad primitiva de sentirse vivo al vibrar, y sentir que no estás solo. Una mirada cruza la tuya con la misma emoción sincera y sientes que hay alguien que, por un segundo, un parpadeo, comprende al cien por cien tu sonrisa y tú la suya.

Hay una masa de cordobeses inmensa que se balancea expectante y plas! Ahí sale él, curtido en sus gafas impenetrables y esos pantalones de una talla menos que hace gritar a más de una mil suspiros. Lenny Kravitz nos mira y la música comienza. Ya es de noche, y se está a gusto, muy a gusto. La canción que comienza, entonces, nos desata la sonrisa a una sola masa, y yo dejo de estar ahí.

Siempre se me hacía duro subir la cuesta de mi casa, cuando al salir del instituto, debía entrar a comer. Pero un momento casi mágico a modo de ritual era el que me ofrecía la sombra de hojas verdes o amarillas de los árboles del inicio de la cuesta. Sombra, luz, sombra, luz, sombra, paz, luz…y último empujón de cinco minutos eternos hasta la puerta del nº20, con la catalpa saludando jocosa y tú sudando a chorros buscando vaciar a sorbos un gazpacho fresquito recién hecho por mamá.

Sin embargo, de noche, la misma cuesta eterna, se me hacía tan cortita y al mismo tiempo abismal como mirarme dentro de los ojos de Juan que, de la manita, me acompañaba a mi casa tras estar con Popi y el resto de amigos. Hablábamos de tonterías o la subíamos en silencios dulces, y nos regalábamos mil besos juguetones en los rincones de una cuesta, que, aunque recta, era cómplice y se curvaba cuantas veces queríamos. Sobre todo el último recodo en donde mendigábamos minutos al reloj para no separar nuestras sonrisas camufladas en besos. Éramos cómplices de nosotros mismos y lo demás… era lo demás.

Cuando ya no le veía convertido en un puntito negro que agitaba la mano, entraba en silencio en casa oyéndome el corazón y ya en la cama, encendía el compact-disc y escuchaba a Lenny Kravitz con la sonrisa de sandía roja roja. Tener 17 años y no querer crecer más. Sentir que ya puedes congelar el tiempo, que no necesitas más.

Es curioso el efecto del conductismo, como el perro de Paulov. Ahí estaba la misma canción que tantas veces me hacía de banda sonora, pero en directo, mirándome, y el corazón latiendo al ritmo. Entonces, con la sonrisa y aterrizando, una ola de emoción, de esas que no controlas y te tiembla el cuerpo pero que no te asusta sino que asumes, se apodera de mí y me sacude la mirada enternecida. Intento controlar la expresión de la cara, miro al escenario. A mi lado está mi hermanita, detrás mi tía Consuelo y mi tío Javier, a mi derecha Ali, más a lo lejos Carmen…y dándome la mano de repente, apretando fuerte fuerte pero sin volverme la espalda, está Juan que no deja de apretar y me dice todo con la caricia de su dedo pulgar. No puedo ver sus ojos, ni puedo colocarme a su lado, pero no nos hace falta.

Entonces, ya no sonrío sino que estallo a reír mientras mis ojos lloran agradecidos, agradeciendo el qué? Quizás el haber sido testigos de verme crecer, de amar desde tan pronto, de vivir y ser consciente de ello, y de tener en ese momento preciso alguien que, sólo él y tú sabéis, ha crecido contigo con la misma canción…y que también en ese momento recuerda esos paseos por la cuesta, o por ejemplo, el viaje en que vino a verme a Bruselas con Lucía y Willy, y que ella, sin saberlo, al montar el video utilizó esa canción.

Esos momentos en que la música te sobrecoge, te desenmascara, te revuelve por dentro y te da una lección de las que entiendes pasado un tiempo.

Los últimos acordes terminan y todos aplaudimos como una tormenta. Era la apertura de uno de los mejores conciertos que he visto últimamente. Luego, entre anécdotas divertidas y miradas cómplices, no dejamos de bailar en toda la noche a ritmo de guitarreo rockero o baladas cañeras que ahí, en directo, las entiendes mejor que nunca.

Euforia colectiva. “I belong to you and you…you belong to me too”, nos canta Lenny mientras Carmen, Ali y yo nos damos la mano fuerte, al mismo ritmo de bailoteo, con ojitos tiernos y felices. Sientes que perteneces a mucha gente porque ellos te pertenecen también a ti…y las canciones más superficiales y sencillas se vuelven verdades rotundas.

El mes de mayo ha sido un regalo de primavera y buenos momentos que se han ido hilando a través de la música. También de un no parar y de muchas incertidumbres laborales, pero al fin y al cabo, un gran mes de esos que sabes que vas a recordar con banda sonora aunque pase el tiempo.

Comienza con un concierto del día del trabajador cargado de funky, acordeones, guitarras y saxos, trompetas y clarinetes. Toda Bruselas en una plaza concentrados celebrando que hoy acaba de salir el sol. La música parece incluso lo de menos. Aquí todos casi despelotados aunque sólo haga 20 grados, pero por dios! 20 grados tras un invierno tan malo es como lluvia tras la sequía. Entonces, en una mini fuente con mini césped, un centenar de personas nos sentamos a mirar al sol, da igual el concierto, pero miramos al sol y no hablamos. Luego llega un chico de Kazajstán y te cuenta que él tenía todo el sol del mundo mientras iba en sus caballos por las estepas…y lo dice mirando muy lejos, con los ojos muy negros…y te imaginas ser un pájaro que lo observa desde muy arriba, viéndolo trotar…pero sin saber entrar en sus pensamientos.

También pasa antes por un finales de abril, pero como si fuera mayo, en donde descubro con un paseo furtivo una Granada amiga, en donde Lucía te regala un concierto de Franz Ferdinand. Ahí las dos, moviendo el cuerpecillo a ritmillos encogías, y yo la miro de reojo recordando todos los conciertos que vimos juntas en Madrid en los metrorocks y compañía, haciendo los mismos gestos, y me asalta una ola de esas de no controlar…que sin duda está empañada de nostalgia por los años de universidad y el día a día juntas que aún están cerca en el tiempo, pero que se ven tan lejos ya…

Seguido, de regalo, Juan Carlos vestido de traje y chaqueta nos invita a Trini y a mí al Teatro de la Zarzuela en Madrid para deleitarnos con canciones-lieds románticos y de Ravel, como si fuéramos abejas que desgranan poesía en una flor.

Luego pasa por compartir a Lola Flores y sus “bolaschinas” o borrachina, según la oreja del que lo escucha. Roberto no tiene otra idea que regalarme un link de la Faraona en donde canta “estoy como nunca….estoy acabando, de nuevo empezando la vida otra vez”…y que se ha convertido en un himno de este último tiempo. Risas en mi piso compartido con Ted, mientras Trini y Roberto, traen un cielo azul madrileño y Bruselas se viste con su mejor color para enamorarlos en un día capicúa, y por tanto, mágico.

El escenario iluminado, nosotros de pie en un palco, gritando, bailando, intentando mover al resto del público, con canciones de terciopelo que Sara Tavares va cantando, se me antoja, para nosotros nada más. “Bôm Feeling” de buenas energías y todos moviéndonos al mismo ritmo, cual azafatas de vuelo sesenteras. Luego la voz de Sara se vuelve más clara y al mismo tiempo oscura y canta a solas con su guitarra la canción “Guisa”…en donde un escalofrío acaricia la espalda y lo ojos. Entonces noto que Trini recuerda momentos suyos propios y muy personales, y al darme la mano me los transmite, como el volver a aprender a llorar para curarte por dentro, y no tener vergüenza de que la gente que te quiere te vea cristales líquidos al mirar…ya sea en un parque, en un concierto, o en silencio delante de una pantalla.

Al día siguiente, es la fiesta de la flor de lys, la flor de Bruselas, y todo el centro se llena de malabares, titiriteros, djs que mezclan tecno al lado de otros que mezclan Satie, y todo en su justa medida y momento, incluso con pedazos de césped en las aceras y plazas para tirarte y parar el reloj. La ciudad rebosa de verde y rojo, azul, amarillo, rosado, como las bolas de una fuente en la que Roberto juega con niños de tres años, viendo a lo lejos la GrandPlace y de cerca el Mont des Arts, que tiene personajes sacados de Alicia en el País de la Maravilla, con jóvenes vestidas de flor renacentista tocando el violín. Incluso la estatua de la reina ha decidido cambiar de estilo y se ha envuelto en una bufanda gigante de colores que la atrapa de los pies a la cabeza.

Luego mayo me regala las fiestas folklóricas de “Namur en mai”, en donde también hay césped como alfombras y las calles del casco histórico de este pueblo tienen flores gigantes como amapolas que son lámparas de noche. Una Edad Media estilizada con sabor a queso de cabra y lavanda (el mejor queso que he probado en mi vida) en donde, sentados al lado de un loco de verdad, Ted y yo escuchamos a Jullian tocar en una esquina mientras se llena de público por momentos que le tira moneditas de la suerte y el loco hace el sonido de la perdiz (en vez de ladrar) cuando pasan tías buenas a su lado.

Y de golpe, mayo se cierra bailando sevillanas con mi padre, vestida de serrana cordobesa como mi hermana, como gran regalo que nos han hecho mi mamá y mi papá. El calor pega fuerte en Córdoba, y a mí me gusta presumir de cordobesa elegante con falda negra y gorro rojo, mientras Ted me mira con ojitos de amor y admiración e intenta aprender a bailar conmigo.


Luego llega el 1 de junio y despertamos en la nueva casa que tiene jardín y amigos con los que compartir cenas. Los pájaros te saludan de día y el cielo desfila nubes a veces con tormenta de verano y otras con color blanco de los cuadros de Magritte, mientras las observo deslizarse desde la terraza acristalada. No hace más de 25 grados, y normalmente estamos a 18-20. Es una diferencia frente al calor bochornoso de Córdoba, que sinceramente echo de menos, pero al mismo tiempo es un placer sentir una primavera fresca que cosquillea las mejillas en bicicleta.

Un mes de junio algo loco, que aún no cierra capítulos y que me tiene algo alerta a nivel laboral. En el último capítulo os dije que me iba a ir a Guatemala a lo mejor, pero resulta que hice las entrevistas en Madrid y me dieron Mauritania de julio a septiembre. Ya me imaginaba en las dunas del Sáhara de Saint-Exupery, buscando rosas y pozos, pero al final tuve que decir no a este proyecto de verano de cooperación cultural.

Me quedé la segunda en un concurso de puesto fijo que llevo haciendo desde marzo para el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Embajada Española en Bruselas. La segunda de más de 40 personas que se presentaron! Y por un lado es un orgullo, pero por otro da impotencia al ver que tus resultados son mejores pero que sólo tienes 25 años y apenas puntos de experiencia, por lo que la primera persona te ha sobrepasado.

Así que dije no a Mauritania porque ahora sigo con la incertidumbre de puestos temporales (ya se han repartido tres y yo no he sido la elegida, pero no pierdo la esperanza) que están saliendo para la presidencia española de 2010, y debo quedarme hasta principios de julio mínimo, para cerrar este otro capítulo que me tiene algo cansada. No el proceso eterno en sí, sino la falta de concreción en las fechas de publicación, de claridad en las respuestas, de sencillez en las presentaciones. Eso sí, pico y pala y a no cejar en el empeño de dar lo mejor de mí para encontrar mi sitio. Si no me han salido estas plazas es porque no estaban hechas para mí. Punto.

Pero de momento, junio no sólo se queda ahí. Se queda con el momento de compartir mis rincones con mis dos niñas de Córdoba, Ali y Carmen, que vinieron de fin de semana fugaz y que al mismo tiempo dio espacio a querernos todavía más, a reír a carcajadas, a mostrarles partes de mí sin prisa, a que ellas se dejaran querer y descubrir, a ver paisajes en ventanas de tren, tocar monos de piedra en Mons, ciudad de monstruos humanos, pasear posando cual modelo de H&M sin vergüenza alguna por Bruselas, ser cómplices de comentarios de marujas, interpretarles Lola Flores “estando como nunca”, beber juntas Duvel y cía, y bailar en masa en la fiesta pantoufle de mi casa, con amigos de todos los rincones y ellas formando parte ya de mis recuerdos belgas.

Todo esto lo voy pensando mientras barro la cocina a las 8.30 de la mañana, el domingo de resaca, tras haberlas acompañado al tren a las 7.30. Hay borrachos que duermen en algún rincón de la terraza acristalada, y otros en el salón. Yo recojo tranquila, al ritmo de los pajarillos y los ronquidos de alguno, las botellas y platos, barro y friego el suelo sin dejar de sonreír. No me quiero acostar aún, porque quiero que ese fin de semana siga siendo presente. Todavía visualizo la mirada de Carmen a las 6 de la mañana y la sonrisa de Ali sentada viendo amanecer una hora antes.

Entonces, me descubro tarareando una melodía, y pienso que es verdad, que hay canciones que desatan momentos en los que descubres verdades rotundas. Ellas me pertenecen en mi vida actual, igual que yo a ellas. Subo a la cama, y duermo apenas unas horas…mientras canciones de todo tipo golpean en la cabeza, resacosa… pero muy feliz.

jueves 23 de abril de 2009

Capitulo 5. ...de Alelí

¿Qué pasa si te miras al espejo y no te gusta lo que ves? Observas un vacío, algo incompleto dentro de tu mirada…”algo” que lucha por salir y pudrirte el día y tú te empiezas a compadecer de ti misma con frases de película mala de serie B tipo “ no me lo merezco”, “por qué a mi?”…etc etc.


¿Qué pasa si pasas tres meses estancada sin poder escribir? ¿Qué pasa si no te gusta el color de tu piel, verdosillo raro? ¿Qué pasa si no eres capaz ni de tocar Satie suavemente en el piano sin dejar de compadecerte de ti misma por el sonido que no logras sacar? ¿Qué pasa si no haces más que dar vueltas en la cama cuando antes dormías del tirón? ¿Qué pasa si no sabes lo que pasa?...


Lo reconozco, lo reconozco…He tenido un periodo muy gris y la única culpable he sido yo. Bueno, yo y un invierno machacón, aderezado de incertidumbre y de las desganas al vacío lluvioso.


Y plaf! Llega un momento en que pasa que descubres respuestas y te vuelves a mirar en el espejo y reconoces los miedos y las ganas de vencerlos. Incluso “luchar” no te suena tan mal…y haces gestillos de boxeadora… Y cantas en la ducha, y tocas al piano lo que sea y te suena bien, y el ritmo de tus pasos y las pisadas internas bailan, burlones, desafiantes ante el fin de las rachas malas. Esto se acaba, señores, esto se acaba porque lo digo yo y punto. No más invierno interior y por dios, al fin, no más invierno exterior!!!!


¿Te pasa a veces que, caminando, comienzas a bailar con saltitos burlones y sonrisa ancha en las calles de cualquier ciudad, y aunque la gente te mire raro, los acabas conquistando y en vez de ojos de reproche se van con ojos llenos de ganas de bailar también?



Febrero terminó irreal. Un final evidente, el de mi beca parlamentaria…con tristeza a pesar de los sinsabores de la jungla de cristal del planeta Marte. No puedo negar que dentro hay gente a la que echo de menos, mi jefe incluido. Qué me llevo? Aprendizaje, realismo y menos sentido naif de la Europa burrocrática (dos rr, sí) que tenemos, así como amigos que se siguen forjando a pesar del fin de la beca, y piropos profesionales y buena gente que sí que trabaja dentro, como gotitas de luz entre la tormenta desgastada y opaca del resto de la masa entrajetada mentalmente.


Irreal porque terminó un trabajo en el que he crecido y en ese final, en vez de enterrarlo solitariamente, ocho familiares y amigos vinieron a arroparme. Entonces, el último fin de semana de febrero se llenó de luz, a pesar del frío…y cervezas, enseñar rincones, más cervezas, crêpres, Brujas, Bruselas, mercados, paseos, grand-place, chocolates, cervezas, mejillones, fotos, sonrisas, la mano de mi mami dulce, la mirada de mi papi viajero del tiempo viendo dos Bruselas paralelas que le traen recuerdos, las risas de mis tíos descubriéndonos fuera de los rincones habituales, más cervezas, gritos de “conquista” de 13 españoles junto a un belga asustado y divertido ante la invasión, redescubrir melodías de Amelie en los besos de Jesús y Marta (otro descubrimiento que me/nos ha conquistado), enseñar el Parlamento desde fuera y sentirlo que está fuera y por tanto sentirlo raro…como un sueño interespacial…, tés y cafés malos, cervezas, charlas, besos, frites, metrailletes, ascensores de cristal, tartines de queso y endivias, grises mezclados con negro humo de coche en edificios modernistas, sentirse guía-familiar y amiga, y que sea tan corto en el tiempo que sepa “a poco” esa invasión…


Así de un salto pasamos a marzo, que se llenó de gris apariencia, horas de buceo para enviar CVs por internet sin respuesta y por tanto ahogarme ante la calma chica del correo electrónico, ver a amigos del Parlamento desde fuera y es extraño…ubicándose, ubicándonos, mirando al cielo para que no llueva más y salgan rallitos de luz que nos animen…Ahí, en esa metamorfosis empezó la odisea del “sin país-sin fronteras”.


Bruselas-Madrid-Córdoba se ha convertido en un eje de acción común hasta ahora ( y lo que queda) gracias a las compañías de vuelo baratas. Genial porque uno viaja a su casa más a menudo de lo que otros podrían haberlo hecho, y estás, como si nada, en el cumpleaños de tu padre con tu gente y amigos, o pasando la S.Santa en Málaga, como si jamás hubieras salido de Córdoba y del campito de atrás de tu casa, como si tuvieras 16 años sin ganas de crecer. Esos días que querrías que volvieran. Pero es extraño porque entonces no estás allí ni acá, ni allá, ni dentro ni fuera ni lejos ni cerca, estar sin estar o no estar estando.


Eso sí…uno lo mira como lo quiere mirar. Puede ser una desventaja añadida a tu crisis existencial o puede ser un punto a favor de tu personalidad que se forma y se aferra a todo... Es como te quieras definir el brillo ese extraño de la mirada que asoma en el espejo, burlón. Sea como sea, ya no eres de un solo rincón. Ya no tienes país definido ni fronteras que te aten salvo las que te pones al andar.


Siento que tengo agujetas. Es como si hubiese tenido puesto el piloto automático con la velocidad a tope desde hace años y, de golpe, te quitaran las llaves (ya ni la gasolina, las llaves) y no puedes continuar. Entonces paras, lo aceptas, intentas mirar dónde estás pero no reconoces el lugar en el que estás porque ya no sabes hacia dónde ibas. Ahí he estado…Incrédula porque, aunque no soy miedosa al vacío, a la aventura, a recorrer, no encontraba las llaves para arrancarme. Quieres darle al motor, pero es como si todo te dijera que no. Que debes aceptar que algo debe acabar. ¿Qué algo si todo está bien? No es algo con nadie, algo de fuera, es algo tuyo…Así que te das pena a ti misma y pasas horas estudiando sin saber si sirve para algo, autocompadeciéndote, y comiendo zanahorias por la ansiedad extraña de la no ruta, la no dirección, el parón circunstancial no voluntario y rumiando paciencia. Así que en el martirio, por masoquismo, una estudia sobre la Unión Europea, sus tratados, cifras, esquemas, unidades temáticas en francés, test, telediarios…plas! Crisis política en la UE…yo me río malignamente…pero me vuelve a pinchar la nostalgia de no estar dentro de Marte para ver reaccionar a los alienígenas ante una crisis política de tal calibre como la actual de los euroescépticos checos y cía…aparte de la visita de Obama y el modo de bajarse las bragas algunos… Jo, qué pena no estar dentro para ver salir las ratas del barco o ayudar a tapar agujeros…


Pero igual que te quitan las llaves, una aprende a hacer un puente y el motor va sonando, despacito, para no asustar, pero sonando constante.


Granada en un día. Lucía, su dulzura y su forma de ser, conciertazo juntas, su Otto y Willy…sentir un refugio y un modo de encontrarse. Y tapeos, y ver a Trini y Alex no en Madrid, sino en las calles granaínas, y tejes lazos, y juegas a ser un girasol-guiri para absorver sol….y un alemán nos fotografía y te ves dentro de poco bailando claqué con nariz roja de payasuela a su lado. Un chispazo que activa el motor…aunque vaya coja por las calles…



Ves la luna llena, cordobesa, desde la terraza de Ali, y comprendes que todos activamos momentos y pintamos de amarillo o violeta las paredes y nuestros corazones para seguir viviendo. Mamalela hace albóndigas con sus manitas, mientras Rocío aprende y yo siento ganas locas de ser parte del broche que siempre cuelga de su vestido azul, en el lado del corazón…para estar siempre ahí, por si me necesita.
Juan da un paso más en varios aspectos y yo sigo a su lado….me deja seguir a su lado. Y sonrío viendo atardecer desde el Guadalquivir, que ese día tiene un color caramelo que convierte en sepia los recuerdos y paraliza los libros que vomita una ventana que da al río.


En Málaga, de rosa anaranjado se destapa África desde la terraza, y yo, a sorbos, bebo los kilómetros que separan una orilla de la otra. Entrevisto a más marroquíes, el embajador marroquí me saluda en Madrid por mi nombre…encuentros raros y divertidos, y una pulsera saharaui escondida en mi brazo que encierra pasado y futuros y me acaricia la mano como si

Alberto me acariciara tomando un café con arena rojiza en los ojos. Otro destellazo al motor.


Bruselas, pidiendo perdón por haber sufrido un invierno tan eternamente gris, se ha vestido con su mejor color para recibirme a la vuelta de la Semana Santa. Hay nubes de algodón y cielo azul madrileño, los ladrillos de las casas son naranjas, las bicicletas se multiplican y sonríes a los compis desconocidos que, como tú, vuelan a dos ruedas y a bocanadas encierran el mal tiempo.



Los parques no tienen nieve, al contrario, se han quitado los gorros y se han soltado la melena asombrosamente exuberante de verde vida, con broches de color rosado, amarillo, o blanco sonrisa. Ted me invita a pasear por nuestro parque, tomando un helado casero de café, y regalándonos besos dulces cargados de amor y energía en cada esquina…me derrito como el helado, y él se ríe (…se ríe!) “Mira, somos como las parejas típicas que salen a pasear en primavera”….me dice divertido al observar que nadie pasea solo esta vez en el parque…y yo, divertida, me dejo querer, y voy bailando a saltitos por la hierba mientras él me mira tranquilo y feliz, y con cierta vergüencilla al verme bailar sin música.


Hago un examen en la embajada española y me da igual el resultado. Salgo feliz, orgullosa de mi, segura aunque nada sea seguro. Mi jefe me llama, me dice que me echan de menos y me dice que pronto saldrá una convocatoria que cree que debería ser para mí. Me siento halagada y me activo…plaf! Activando el motor. Además, pronto tendré una entrevista en Madrid…igual el verano lo paso en Guatemala…pero no me lo creo mucho todavía. Eso sí…todo va moviéndose y yo lo hago a saltitos bailando, sin miedo a que me miren raro. Con ganas de dejar de sentir agujetas.


Los amigos salen más, vienen a mi piso, en el que la primavera ha entrado. Jull, Antonio, Nico Barbu, Maurice, María, Ted y yo paseamos por el parque juntos, planeamos fiesta sorpresa para Jerome que ya ha vuelto de México casado…El mundo se hace más pequeño y más grande al mismo tiempo y me siento cómoda, segura, aunque siga sin ver la dirección de las cosas.


En invierno no te das cuenta, pero ahora descubres que los árboles de muchas calles de la ciudad son cerezos o manzanos y llenan sus ramas de petalitos rosados o blancos que con el aire van regando, como a suspiros, la acera. Yo siempre intento pasar por debajo de ellos para que me lluevan los colores y se queden por mi pelo entrelazados. Recuerdo algunos versos de un poema japonés que descubrí hace poco (…”El corazón es como la flor de la hortensia. Hay días en que florece de color rosa, pero cuando la recordamos, siempre nos parece violeta”…)


Voy en camiseta corta, y chaqueta, la carita blanca pero las mejillas rosadas, y canto al ir a comprar pan...Charlo con el carnicero y me llevo chorizo español para hacer lentejas, y antes le cuento la receta al carnicero, un flamenco con nariz roja de borrachillo bonachón. Señores…esto se ha acabado. Se ha acabado el sentirse gris… se ha ido volando…Las estaciones se anclan al alma, y ahora siento renacer despacito pero con fuerza, brotando, como unos golpes rítmicos y un contrabajo marcando una escalera que sube y baja repetida, divertida…mientras tarareo “turúuuuturúuuuturúuu” paralelamente a un saxo que chulea con la melodía…


A Bruselas se le odia y se le ama al mismo tiempo. Cuando era enero lo hablaba con María delante de una cerveza de las mías, una kwack…¿Por qué nos gusta esta ciudad, este país lluvioso y gris? Y ella decía “es gris y hay veces en que no lo soportas más. Entonces, cuando sale el sol y te regala trozos mágicos de color o escenas únicas de la ciudad, o sientes la humedad rozando tus mejillas en la bicicleta…entonces comprendes por qué a veces es necesario el gris. Así vemos mejor la luz cuando sale”.


Ahora os escribo moviendo el pie y cantando Stevie Wonder a grito pelado, con la cabecilla haciendo gestos raros de “amiiiiiiiiiiigo” de esos que muchos conocéis de mí. Y me gusta. Me río sola. Mieeeeedo? No. Me gusta reírme sola y bailar caminando y empaparme de petalillos rosados, mojarme con la humedad de la hierba, dar besos de primavera y respirar con seguridad. No se las respuestas, pero intento contestar. Y reconozco que me ha venido bien perder las llaves para sacar el motor nuevo, y dejar de ser una capullilla de alelí…y florecer al fin.
Gracias por estar sin estar…


Os regalo por mail una pedazo de versión de "I wish" que me imagino cantando entre muchos, mientras Ferdi le da al contrabajo y Alex, chuleando, tararea con el saxo…¿Os atrevéis a bailar conmigo?


Os quiere,
Vuestra patito bailonga…jeje.

Bruselas, 23 de abril de 2009.
Primavera…y qué primavera!

sábado 14 de febrero de 2009

Capitulo 4. Blackbird...


El lago del parque por el que voy al trabajo está congelado. En él, los patos que no han ido al sur, se acurrucan unos con otros, inflados, con un inmenso letargo en la mirada y movimientos. Pero están juntos, y resisten, encima de la placa de hielo, y a veces, se me antoja que patinan juntos.



Hay otro tipo de patos, con patas verdes, todos negros, con cresta blanca, que se reconocen por estar solos, y esa soledad les hace estar unidos. Buscan calentarse nadando de forma algo esquizofrénica, y de vez en cuando charlan entre ellos con pequeños graznidos dulces pero histéricos. Paradoja.


También están las palomas gordas de las ramas, que miran curiosas a todo burocrático que camina como si el tiempo fuera realmente de oro. Y junto a las palomas, los enormes pájaros negros. No son urracas, ni cuervos, pero de la familia. Igual son mirlos… Son feos, todo hay que decirlo. Con esos enormes picos, y sus ojos oscuros brillantes, acechando cualquier miga de pan o bolsa de basura susceptible de ser deshilachada. Pero, como si fueran conscientes de esa fealdad, sus movimientos son elegantes y dulces y al descender de las ramas al césped congelado, sus patas se balancean a cámara lenta, acariciando el momento en que rozan las briznas verdes. Y me hace sonreír.


Sigo yendo al trabajo en mi “trébol” con ruedas y siempre paso por este parque, como paréntesis entre coche y prisas. De vez en cuando me caigo por la nieve o por el hielo, y me salen moratones de batalla, pero no dejo de cogerla a no ser que diluvie. Y siempre voy con la banda sonora que, al azar, suene en mis oídos, dando otro color a los paisajes urbanos que despiertan.

Esta costumbre ha salvado en parte mis mañanas de este último mes y medio de letargo. Porque estoy en el final de algo, veo un precipicio, y no sé si ir en bici, saltar desde un trampolín o buscar una cuerda. Y la música, al azar, me ha ido acurrucando y calmando esa sensación de tierra de nadie en la que me encuentro.


No estoy sola, pero es un periodo solitario, y a veces grito dulce pero histérica, mientras paseo en la bicicleta. Momento de libertad y de reflexión. Es extraño, pero es así. El camino de ida y vuelta del trabajo en bicicleta, esquivando coches, prisa, charcos, humo, pájaros y hielo, es el momento en el que mejor puedo pensar, porque vacío la mirada y observo, como si fuera una película que pasa ante mí y yo atravieso con el viento.

Harta de crisis

Hay crisis, es cierto. Pero es una crisis existencial lo que más aprecio a mi alrededor, en mis amigos, en la gente desconocida, en los que me rodean en el trabajo y en mí.


Antes había un vagabundo de gafas gordas de vaso, y gorro ruso, que muchas mañanas se colocaba en la plaza Luxemburgo, entre mi edificio de trabajo y la entrada principal de Marte, el Parlamento Europeo. Siempre, sin falta, a todo aquel burócrata obstinado en mantener la apariencia neutra y no cagarse de frío por el viento glacial que pasaba le decía lo mismo: “Cinco euros, señor? Un cheque en blanco? Una sonrisa?”
Yo siempre le decía: No puedo sino sonreírte….Y él decía: Con eso me caliento las mejillas, gracias.


Hace mucho que no le veo, y uno de los guardias de la entrada principal, burlón, dijo hace unos días: “O se ha muerto congelado, o le han dado el maldito cheque en blanco, al pobre desgraciado. Total, a mi me alegra la vista no verle más.”

Tanta acritud no desvela sino que el pobre desgraciado es él, aburrido en la entrada de otro mundo, siendo despreciado por todo entrajetado que accede o sale de él, y cuya única tarea es la de hacer que dejemos los móviles y objetos metálicos en la maldita entrada.


Es una crisis existencial que nos contagia a todos.


En el Parlamento se debate cómo aprovechar los recursos energéticos, el cambio climático, las leyes urbanísticas, y un largo etc. Y al final?...al final se queda en titulares de conciencia tranquila, alegando que la verdadera preocupación es la crisis económica y que por tanto no se puede hacer más.

No estoy de acuerdo. La crisis ha llegado, es cierto. Pero no debe verse como un momento oscuro, sino de cambio. No es tan difícil pensar que esta crisis podría ayudar a que ahora se modifique el modelo económico-social podrido que tenemos, y poder, precisamente, invertir en un modelo más ecológico. Es la inflexión adecuada. Es el momento de intentar hacerlo mejor. Sin embargo, la inercia de los hombres grises y el egoísmo de los tumores-multinacionales corroen toda voz de cambio.


Que hay crisis en el sector del automóvil? Pues invirtamos no en sacar adelante estas empresas multinacionales, sino en alternativas al petróleo, como el biocombustible y el largo etc que está esperando a ser explotado, que daría tantos puestos de trabajo, que nos haría luchar por el lugar en el que vivimos…

Yo me siento europea, no creáis. Pero es que últimamente veo más actitudes egoístas nacionalistas que europeas de conjunto, y me da miedo pensar que, efectivamente, no somos sino puros humanos egoístas podridos genéticamente.


A veces Marte se convierte en una selva amazónica. No como la que Juan está ahora descubriendo en Ecuador junto a Joselito, mientras hace las paces consigo mismo tras el examen del MIR que acaba de hacer.

La selva que me rodea es una selva de silencios, puñaladitas traperas y descubrir caretas grotescas tras personas que lucían caretas de sonrisas. Lo curioso es que lo veo venir, como si tuviera el piloto automático de la alarma puesto. Y lo evito, entro en la lucha y no me dejo ganar. Pero es muy agotador. Eso sí. Si me caigo, caigo de pie, como los gatos. Pero cansa mucho intentar rozar de forma suave las briznas de hierba al aterrizar.


Aún no se qué voy a hacer en marzo. No sé si mi jefe me va a proponer alargar el trabajo en el Parlamento (es una incertidumbre porque al enterarse que me voy ya me dijo “ya hablaremos”). Si no es así, y no contestan a los CV que he enviado, pues me apuntaré al paro, seguiré enviando currículums y respiraré profundo durante el mes de marzo. Visitaré sin prisas a mi gente en Córdoba, en Granada, en Madrid, en Barcelona. Me apuntaré a inglés y finalmente a acordeón. No tengo pánico. Pero estoy entre dos momentos y no me ubico bien.


No obstante, ahora hay más luz en la ciudad. El invierno, aunque se esfuerce en parecer eterno, va muriéndose lentamente, y atardece a las 18, no a las 16, y amanece a las 7.30, no a las 9. Esos momentos de luz, y esos inicios de atardecer que tiñen los edificios deformados de la ciudad, me dan tranquilidad. Todo llega. Todo llega. Incluso el buen tiempo, incluso el salir con más amigos por la calle, incluso las ganas de volar…y de cantar al ver amanecer en el parque.

À la santé du feu et de la flamme


La vida no es sólo trabajar y desengañarse con las altas esferas. La vida es un vals circular, con círculos pequeños que se agrandan y con cada vez más gente que baila a tu lado. A veces lento, a veces de forma frenética, pero siempre con un ritmo que es el swing que impone nuestra sonrisa y nuestro modo de respirar ante los momentos que convertimos especiales. Siempre hay momentos especiales, pero hay que saber bailarlos para darse cuenta de que lo son.


A finales de enero, con Trini y Antonio-miniToño, estuve bailando por el parque du Cinquantenaire, a pesar del aire, al igual que nos balanceamos entre los canales de Amsterdam en bicicleta, al visitar a Roberto.

La sonrisa eterna, de cara a las ráfagas, con un amor por la vida que nos une y que nos esforzamos por bailar en acordes compatibles unos con otros.


Circular como hacer escalas de una 2m-V7-I7 que nunca acaban, y mientras las tocas en tu piano (al fin!) te dejas llevar por pensamientos, y te descubres entendiendo un poco más la gramática de la música…y echas de menos que alguien lo hable contigo.

Hay que gritar en esta vida, la vida de aquí abajo.
Porque “la vida se debate y bate los primeros pasos bailados. Balanceándonos en el viento, sin tener aliento, borrachos en el tiempo por noches locas en las que se estira la risa, bajo el tono del blues”…dice una canción.


Yo aprovecho para emborracharme de momentos en los que somos conscientes de que estamos viviendo, como el pasado fin de semana. Estuve en la casa de madera de la familia de Ted, construida en 1947, en plena 2GM, que no tiene agua potable ni luz, y que está rodeada de un pulmón de bosque lleno de cervatillos y jabalíes y pájaros negros, cuyo único “ruido” es la música del río que pasa al lado, potente por el deshielo.

Fuera de ciudades dentro de otra ciudad, fuera de lo cotidiano, uno se reconoce más cercano a lo real.


Estuve con Ted, con Jullian, Simón “chapeau”, Arnaud, Benoit y Nico “barbu”. El motivo: grabar canciones dedicadas a Jerome, que se casa con su novia mexicana Dafne (te acuerdas Carmen, en Lavapiés?) dentro de unos días en Cancún. Le vamos a hacer un montaje para demostrarle que, aunque lejos, estamos cerca, incluso el día en que se casa! (…la gente que me rodea se empieza a casar y me resulta desconcertante).

Muchas cervezas y frío y calor, paseos en el bosque, queso, fuego y olor a chimenea. Y por supuesto, entre otras, cantamos “À ton étoile”, en la versión de Tiersen con mi acordeón y varias guitarras. Esa canción que tanto cantamos siendo Erasmus mi coco y yo, junto a las locuras de Jul y Je, por la que brindamos por la buena suerte de cada uno y por no olvidar que la vida hay que ganarla siendo fiel a uno mismo.


No nos lo había dicho nadie. Pero eso es la vida. Buscar la aventura en cada instante, en cada etapa que pasamos, dejando “invadir las melodías que nos desgastan el alma a cada paso, paseando hacia el horizonte”.

Estoy tranquila porque lo estoy intentando, en todos los aspectos. Y ver que la luz vuelve a invadir poco a poco los días en Bruselas, da un apoyo para no dejar de luchar por vivir como uno quiere…a pesar de las dudas y de saber que a veces hay precipicios que se acercan, como ahora.


Las canciones susurrando en los oídos, la luz, los besos en el cuello de Ted, los mails o imaginarme vuestras sonrisas o palabras al leerme…todo eso me hace estar segura de que si hay que volar, no lo hago a oscuras.


Y aunque vaya disfrazada a trabajar, y me sienta algo tosca, al menos intento tener la elegancia de esos pájaros negros que esperan, desde las ramas, ver amanecer observando la gente al pasar.


14 de febrero de 2009.

Os dejo las letras de dos canciones que me acompañan (y su música):
Blackbird de los Beattles, pero versión de Sarah McLachlan (para meceros en el amanecer)
http://www.youtube.com/watch?v=g3VrggQW7tk
Blackbird singing in the dead of night

Take these broken wings and learn to fly

All your life...You were only waiting for this moment to arise.

Blackbird singing in the dead of night

Take these sunken eyes and learn to see

All your life....You were only waiting for this moment to be free.

Blackbird fly blackbird fly

Into the light of the dark black night.

Blackbird fly blackbird fly

Into the light of the dark black night.

Blackbird singing in the dead of night

Take these broken wings and learn to fly

All your life...You were only waiting for this moment to arise

You were only waiting for this moment to arise

You were only waiting for this moment to arise.

Indifferénce, versión de André Minvielle (con esta, bailar “el vals” es más fácil)
Ainsi va la vie d’ici, la vie est là d’ici-bas, Elle débat et batterie les premiers pas dansés, Alban des écoliers…Balancés dans l'air, sans avoir d'air, saoulés dans le temps, Aux folles nuits d'abus du soufflet qui s'étire et rit, C'est bon, c'est l' ton du blues
Et si c'était ça la vie, et si on nous l'avait pas dit, L'épique époque aussi va de l'avant, l'aventure est là Allez, dis-le-nous donc, dis, dans les mots doux Oh, dis, désir ici, efficace étape à passer
{x2}
Sur ton accordéon, tu touches à touches, et coules. Et, facile, agis là du bout des doigts Docile au songe, assis, tu médites tes fois T'effaces au firmament une note cassée
Qu'assez on n'en ait plus jamais d'enlacer la musique Infinie mélodie qui vit, effile l'âme à son pas dédicacé là Baladant l'horizon
Ainsi va Lubac, la vie La vie, ça va, tu l'as dit Au bal aussi, c'est là que t'as tout vu passer Le pas s'est dépaysé
Vas-y l'évasif, vas-y l'enfant, tout p'tit déjà Jadis on l'a dit :"Meinado aquesto cop, ten sortiras pas com' aco !"
Et si c'était dommage, pas si c'est un hommage Aux hommes assis devant, vue de l'avant L'aventure est là Allez, dis-le-nous donc, dis, dans des mots doux Oh, dis, désir ici, efficace étape à passer
Et si l'oublidas disparaît du language Tan vlay como pec, qu'un désir ambitious Assurément libère tout de l'animal sauvadge La caouje es como te l'as heyte
{x2:}
Tapoc au bal, a tu que truquas, a tu que traquas a tu que troques, a tu que riga, a tu que raga A tu que riga raga, d'on anawebe mis lo cap Petit cap bourut, lo cap pelut
Et si l'oublidas disparaît du language Tan vlay como pec, qu'un désir ambitious Assurément libère tout de l'animal sauvatge La caouje es como te l'as heyte
Vois si t'es pas d'avis, à ton avis, ça se vit ? Vitale hésitation qui va faire éclater le banc des attelés. Balancés dans l'air, sans avoir d'air, Saoulés dans le temps. Aux folles nuits d'abus, essoufflés, ils s'étirent et rient C'est bon c'est l' ton du blues
Et si c'était ça la vie, et si on nous l'avait pas dit L'épique époque aussi va de l'avant, l'aventure est là Allez, dis-le-nous donc, dis, dis dans les mots doux Oh, dis, désir ici, efficace étape à passer

domingo 11 de enero de 2009

Capitulo 3. Despertando...

Me mareo. Las imágenes van hacia atrás en cascada, aunque vayamos avanzando. La nieve rodea todo el camino, las casas, los campos, el agua helada…hasta los pájaros, que vuelan hacia mí, parecen más blancos. El tren se mueve a ritmo cansado, como todos. Nos desplazamos lentos con un tractrac y pompón reiterativos que me envuelven en una parsimonia típica de los trayectos lejanos que aparecen en las películas ambientadas en los años 20, camino, por ejemplo, de Egipto.


Pero no voy hacia allá. El tren, más bien de los años 80, nos lleva de Estrasburgo a Bruselas renqueando entre pueblos durante cinco largas horas. La sesión plenaria ha terminado al fin y yo siento haber perdido peso y una sensación de mareo y náusea que no se borra.
Los vagones de tren, los autobuses, los aviones y a veces hasta los metros tienen un estatus de paréntesis, en donde todo, desde el sitio en sí hasta los pasajeros, adquieren un volumen y un color distintos. Como una realidad fuera del juego rutinario, como una invitación a la aventura, un deseo de ser escuchados por el otro. Evidentemente, hay veces que te toca el pesado de turno que no se calla, y llega en un momento en el que tú no tienes ganas de escuchar y descubrir. Pero si estás en la actitud correcta, con la antena alerta, ese mismo pesado será un personaje interesante o esperpéntico que has descubierto.

A mí me gusta jugar a archivar personajes en mi memoria, como si esos contactos en paréntesis fueran los reales, al margen del mátrix diario que vamos viviendo, derrochando sin ser conscientes de que el tiempo va deslizándose y no cortamos el grifo para retenerlo mejor.

En el tren de ida pasaron por mi vagón personajes diversos, aunque me quedo con la familia compuesta por madre y padre de unos 60 años, hija de 30, abuelo y amigo del abuelo. Todos de rojo, todos con los ojos claros y transparentes, charlando, comiendo bocata a las 12 de la mañana, contando historias de la ciudad (su pueblo es belga, pero pegado a Luxemburgo), y de camino a Estrasburgo para participar en la manifestación contra el proyecto de ley de las 65 horas de trabajo semanales que se iba a discutir en el Parlamento.
Mi vagón de vuelta es una cabina cerrada, con puertas de metal y cristal transparente, que dentro ubica a los pasajeros en dos filas, enfrentadas, en la que se sientan tres personas por fila. Los asientos son de cuero marrón clarito, y sobre nuestras cabezas, hay rendijas metálicas para poner el equipaje. Ojalá hubiera algún perro enano en las maletas que al dar un frenazo el vagón se cayera encima del sombrero de alguna señora gruñona, y poder estallar en carcajadas. Sin embargo, en la vuelta de este tren, mi vagón se compone de seis eurocráticos, entre los que me incluyo. Todos somos prototípicos, y eso me molesta, por ver lo fácil que me pueden encasillar.

Enfrente de mí hay una rubia tía buena despampanante que procede de Europa del Nor-Este sin duda alguna (de las que le gustan a Carlitros), y que escucha a todo volumen Kylie Minogue, mientras ve los paísajes al derecho. Así que yo, mientras veo los árboles nevados pasar al revés en el ventanal, la banda sonora que me acompaña es el “nananaaaa nana-nanána nananaaaaaaa nana-nanáaana” electrónico que sale de los auriculares de la rubia delgada que escucha a otra rubia delgada. A su lado, hay una gordita rumana, pero no de las del metro de Madrid o de las calles de Córdoba, sino rumana de raza no gitana. Lleva traje de chaqueta estilo mango, con gafas de pasta y pelo suelto muy graso. A su lado un señor calvo con maletín que repasa papeles como loco, con cara de estresado adicto al trabajo, y enfrente su compañera de trabajo, vestida a lo marypopins, pero sin bolso mágico; lo cual me decepciona un poquito.

Me aburro!--- silencio salvo el traqueteo hipnótico del vagón--- miro a todos, no responden--- la rubia no deja de sonreír mirando el paisaje. Al principio me digo que es sonrisa feliz por la belleza nevada que se presenta ante nosotros, habitantes del vagón 205. Pero luego me asalta la duda de si su sonrisa, acompañada a snifs repetitivos de su nariz y tirantez de gestos, no tiene que ver con haberse tomado una raya de coca para aguantar el ritmo de la sesión plenaria…igual es asistente de algún diputado, sinónimo de semiesclava en algunos casos…No sé.

Ya que nadie interactúa con el resto de los habitantes del vagón, me sumerjo en el paisaje al revés que me marea. Debe hacer mucho frío fuera. En el tren hay calefacción que sale a presión por aire y huele a peluquería o pelo quemado, que es lo mismo.

Un mes antes estuve paseando por la nieve de un campo belga y los paisajes se parecían a los que veo en el tren. Fuimos Antonio, Ted, Harold y yo en coche hasta la frontera belga con Alemania, cerca de Spa. Andamos y andamos mientras la nieve caía dulce alrededor. Todo eran árboles, blanco y pisadas en terreno virgen. Y un frío que congeló mi flequillo y el pañuelo de la garganta. Paramos cuando vimos una fuente cuya leyenda, según el cartelito de al lado, fue construida por nomos tipo Señor de los Anillos, en territorio élfico. “Claro”, me digo, “normal, aquí sí que me imagino a Gimli y Légolas”…Al momento cayó una tormenta de nieve y dimos media vuelta. “Sauron nos ha descubierto”…jeje…
Volvimos al coche y la carretera estaba tan helada que el trayecto de vuelta, en vez de en 2 horas lo hicimos en 4. Hubo miedo al volante. Miedo y centímetros de nieve.

Menos mal que ahora, el vagón que me aleja de Estrasburgo va por raíles…aunque las cinco horas de viaje no me las quita nadie.
Mientras pienso en todo esto, entra otro rumano en la plaza libre que hay junto a mí. “Anda, tú otra vez!” me dice sonriendo. Me encantan estas casualidades.

Cuando salí con la maleta del parlamento en Estrasburgo, no llegaba ningún taxi que nos condujera a la estación para pillar el tren de vuelta. Estábamos esperando este rumano con un amigo y yo. Cuando llegó el tren nos montamos juntos, hablamos en inglés de lo que hacíamos cada uno en el Parlamento, nuestra procedencia y al final me invitaron ellos al taxi. Nos dijimos adiós. Pero 20 minutos después de que arranque el tren, uno de los rumanos se sienta a mi lado, y el amigo en el vagón contiguo. Mira que hay vagones en el tren…pues sus números iban pegados al mío!

Sin embargo, yo que pensaba que iba a conocer mejor al rumano y entretenerme en el trayecto, el colega se dedicó las cinco horas a charlar en rumano a todo volumen con la rumana de enfrente. Así que junto a la nieve al revés, las cinco horas se pasaron a ritmo de vagón con retaíla rumana y Kylie Minogue de fondo…Bassssssssssta…..................

La sesión plenaria en Estrasburgo es un derroche absurdo. Esa es mi conclusión, me digo a mi misma mientras con los ojos cerrados huelo a pelo quemado. ¿Por qué? Porque una vez al mes se desplazan todos, incluidos los porteros, desde Bruselas a Estrasburgo para hacer lo mismo que se podría hacer en Bruselas. ¿Qué sentido tiene? Imagino que político para Francia…pero el dinero público que se gasta al respecto es abrumador. Yo, como vil becaria que soy, recibí por desplazarme dos días 470 euros para los gastos. Y no os creáis que ahorré. Se fue todo en el tren, hotel y comidas. Así que no quiero ni imaginar lo que reciben los diputados, los directores, los altos cargos…
Eso sí, el Parlamento Europeo en Estrasburgo es una maravilla arquitectónica por dentro, con calles en el aire como en Bruselas, pero también con un río que pasa en medio, y con una torre en la que se ubica la gente de prensa y diputados (y yo con ellos) y en la que te pierdes por lo gigante, lo similar de las plantas y porque es circular. Un laberinto que se separa del edificio donde está el hemiciclo por pasarelas en el aire, entre las que cuelgan lianas a lo Tarzán y cuyo suelo parece un jardín zen de pizarra o la espalda escamada de un dragón gris oscuro.
Hay ascensores transparentes para pasar de una semiplanta a otra, y las cafeterías tienen moqueta de suelo con dibujos de amapola, una horterada que busca imprimir un toque de color y humanidad al edificio, pero que a mí me parece una catetada de guiri. Los precios de la cafetería son el doble que en la cafetería de Bruselas y hay discriminación en los bares! Si no eres diputado no puedes entrar a determinadas cafeterías…así que, tanta democracia e igualdad en el trabajo común por una Europa se reduce a discurso ante tonterías de este tipo que te obligan a desplazarte un kilómetro y unas plantas más arriba de donde estás, a pesar de tener una cafetería enfrente, por el mero hecho de ser becaria o periodista, por ejemplo.
La ciudad de Estrasburgo, en cambio, es preciosa y cercana. Está rodeada de canales y es sencilla y recogida, con una catedral gótica en el centro, que en esta ocasión tenía un mercado de navidad gigante, en donde se hacían crepes, queso casero y regalos de madera.
Al llegar al hotel para soltar la maleta tras el primer día de trabajo, descubrí que el móvil belga no funcionaba aquí (aunque en Amsterdam sí, cosa rara). Intenté localizar a las amigas, que ya estaban en el centro cenando, pero no había forma. Así que decidí descubrir Estrasburgo sola, por la noche. Mi hotel estaba a 15 minutos del centro-catedral, así que fui guiándome por la torre de ésta.
Todo desierto a las 21 horas. Un frío húmedo que cala los huesos, y el sonido de los zapatos al pisar la calle en silencio. Una sensación de soledad muy agradable, como si la ciudad hubiese hecho un paréntesis para permitirme conocerla a juego de rincones de azar. Eché de menos a mi amigo Juan Carlos, que justo el año pasado él fue Erasmus de musicología en esta ciudad. Me hubiera encantado descubrirla a su lado, estar en su ópera, sus bares preferidos con encanto, su gente de allá…
La noche siguiente estuve con Zoe la griega, una española llamada Cristina y una portuguesa encantadora, que trabajan en la sala de al lado mía en Bruselas. Paseamos por el mercado, comimos crepes, estuvimos en un par de bares…pero estoy segura de que con Juan Carlos hubiera sido auténtico, y no de pasada.
No obstante, Estrasburgo en silencio de noche es como una ciudad encantada, y sientes que te enamoras un poco de ella, a pesar del frío. Así que os aconsejo que la paseéis a solas si tenéis la ocasión alguna vez.

En el vagón de vuelta a Bélgica descubro que tengo en el paladar un mal sabor de boca que, sin duda, debe ir unido al cansancio de los dos días frenéticos de trabajo…pero también con un vacío existencial por el trabajo en sí europeo. ¿Tiene sentido Europa? ¿Mi trabajo sirve para algo de verdad? ¿Por qué hay tanto cara dura y elitista vacuo en una institución en la que debería haber nada más que personas aptas y motivadas por mejorar lo que llamamos Europa en su conjunto? En todos lados pasa, pero a mí me genera una sensación de pequeñez e impotencia que nubla la mirada y me hace apretar los dientes. No me gusta el método de ascender o hacerse notar que usan muchos de los/las que veo por aquí, y la verdad, me siento tan fuera de lugar a veces que siento no encontrar mi hueco. No soy habitante del planeta Marte, sino más bien una guiri que está de pasada para quedarse con lo que merece la pena. El resto, a la basura.

Aún así, intento decirme que hay gente que sí lucha por dar credibilidad a una institución de tal envergadura, tal y como ha hecho el socialista español Cercas con su lucha de cuatro años por que el Parlamento votara No al proyecto del Consejo de aumentar a 65 horas semanales el trabajo en Europa. Estuve presente en las ruedas de prensa de antes y después del voto…y me sentí orgullosa de esto. Pero también me angustia toda la burocracia que rodea a estas medidas y sobre todo, que en el siglo XXI se debata aumentar a más de 8 horas diarias el trabajo, retrocediendo en los derechos adquiridos en el s.XIX. Debates que pasan desapercibidos por la mayoría de hogares y que definen nuestra vida. Eso me asusta. La magnitud de la impotencia ante tales eventos.

Por suerte, conocí a gente cuya mirada es auténtica. Estuve ayudando a gestionar las entrevistas que se hacían a los galardonados con el premio Sájarov a la libertad de conciencia que otorga la Eurocámara desde hace 20 años. Así, pude intercambiar frases y miradas con gente como las “Madres de la plaza de mayo”, “Reporteros sin fronteras”, disidentes chinos y de Birmania, “Mujeres de Blanco” de Cuba, misioneros en Angola y en el Congo y políticos de Kosovo y de Bielorrusia. Esta gente, al igual que el Dalai Lama con el que también estuve en Bruselas en la rueda de prensa que dio tras su visita, tiene una mirada llena de sentido. Y no me refiero a sus causas y luchas más que justas, sino al sentido que tienen sus vidas al hacer lo que desean hacer, siendo fieles a ellos mismos. Miradas críticas con el entorno, sin miedo a decir “no me gusta”, sin miedo a decir “no es tarde”, con un brillo distinto al resto de los borregos que andan alrededor.
Frente a estas personas, normales como tú y yo, pero con una meta definida…también me sentí muy pequeña, diminuta. Pero al mismo tiempo, reconocí que me retaban. Retarte a despertar. Y qué mirar? Y qué hablar? No lo sé…pero despertar.

El tren se para al fin. Se abren las puertas. Dejo de oir rumano, lo cual me alivia mucho. Me desperezo, cojo la maleta, ando entre la niebla, atravieso las calles de mi barrio y llego a casa con dolor de cabeza. Tengo ganas de quitarme el disfraz y ponerme el pijama de Pati.

Entonces, Ted me abraza y me hundo en él, mientras me susurra al oído Feliz Cumpleaños. Al día siguiente tendré 25 años…y la sensación de que el tiempo se desliza por el grifo sin saber qué estoy soñando ni de qué modo ni cuándo voy a despertar.

jueves 4 de diciembre de 2008

Capitulo 2: Appel Pies. Bruxelas Dic'2008


He descubierto que las verdaderas tartas de manzana tienen pasas, nueces, son gruesas, sus manzanas un poco ácidas y que sólo pueden comerse en buena compañía. De hecho, las tartas de manzana son parte de una cura, porque te limpian por dentro aquello que no te hace bien, lo que te enferma la mirada, lo que empaña el alma.

Amsterdam se despierta despacio en domingo, y acaricia mi mejilla un chorrito de luz limpio. Suena la alarma en ese momento, y la apago para que Roberto no despierte todavía. Debe estar agotado después del día de ayer, me digo sonriendo.

Estiro los brazos. Todo es blanco. Como no me he puesto aún las gafas, juego a que las formas esconden otras texturas en la pared abuhardillada que está al alcance de mis manos, hinchadas, que despiertan. Fuera hace un poco de frío, y se está tan bien en la cama de sábanas rojo vino…Imagino cómo será la ventana que me mira, cuando en vez de cortina tenga vidrieras de colores…

Roberto se mueve al lado mío. “¿No te da así como un infarto? Me refiero, a que…si no te da un infarto con el sonido de tu alarma…”, masculla dulce mientras se estira como un gato.

Salgo de la cama, con los ojos diminutos, cruzo la habitación transformada en hogar, mis pies notan la diferencia de textura de la moqueta del pasillo, veo el mueble verdoso que hace esquina con aires decimonónicos a medio terminar. La puerta de la cocina está cerrada, y al abrirla, percibo que suena la radio, sumergida en la música clásica que lleva acompañándonos desde hace dos días. El sol sigue bañando el río Amstel, y los árboles se balancean desde la ventana. En la mesa está la Appel Pie que Ron hizo ayer, como muestra de que a veces, los gatos viejos, no son tan huraños como parecen.

Sonrío. Hay algo que se ha ido. Lo noto. Soy muy consciente de ello.

Es un comienzo.

Roberto piensa en algo, enigmático, mientras hace café en dos tacitas deliciosamente desiguales. La cocina está despintada y su rudeza es delicada. Dejo balancear las yemas en el borde de la mesa de madera, mientras la ciudad, en domingo, despierta.

Huele bien. Por el café, porque hay algo que se ha ido y otro algo que llega, y porque Roberto va desgranando más perlas de cariño mientras pone un par de tostadas a calentar, que luego rociará con aceite y un toque de sal.

En el edificio de enfrente, alguien airea sus sábanas. Todo se renueva, incluido el viento que baila.

Luego bajamos a por la bicicleta de Roberto, Ítaca, que duerme junto a otras 50 bicicletas en la cochera del edifico. El jardín, algo rebelde y adormecido por el paso del tiempo, huele esta mañana a rocío muy fresco, que cosquillea las mejillas. Guantes puestos, sonrisa tranquila, y me convierto, una vez más, en el paquete o garrapata que anida en la parte de detrás de la bicicleta, mientras Roberto pedalea fuerte para que los puentes no le ganen la batalla. Yo, privilegiada, mientras me abrazo a su cintura, observo la competición de piragua al igual que los holandeses del barrio, montados en sus bicicletas, que siguen gritando palabras que no traduzco pero entiendo.

Baches, urracas, cuervos, raíles de tranvía, fachadas de imagen de hobbit y escaleras con apellido flamenco, semáforos y carril bici, risas, melodías despreocupadas, amistad, paz, fotografías veloces que no apuntan a nada y personajes de cómic sesentero que pedalean en los muros que llevan al parque Beatrix.

Allí, las hojas de otoño cantan melodías suaves en las ramas, hasta que se atreven a bailar con el viento, enamoradas.

Hay perros que me recuerdan a Lucas y niños que protagonizan aventuras en los charcos con sus bicis, bajo la mirada de la abuela, que chispea feliz.

Roberto y yo nos convertimos en exploradores en la selva, y encuentro un tesoro: una hoja roja roja roja como un beso. Roberto descubre un escondite donde el sol guarda la luz más clara de Rembrandt. Y, como Indiana Jones que somos, captamos el alma del momento con fotografías.

Aunque ya somos inmensamente ricos, decidimos salir del parque, para seguir descubriendo esta parte nueva del Amsterdam más allá del centro, y llegamos a una ciudad de cristal desierta. Allí, otro tesoro nos aguarda: Una silla de madera, de Europa del Este, coronada con una flor tallada; una estantería de hierro blanco-oxidado que desafía con arabescos la fragilidad que encierra; cinco macetas de barro y dos vasos rojos con velas. Antes de que el dragón salga de su mazmorra de cristal, Roberto monta en Ítaca cual corcel negro, y, como parte de este cuento, las leyes de la física se hacen flexibles, y cabalgamos los dos en la bicicleta mágica, con la silla, la estantería y resto de tesoros a cuestas. Atravesamos dos leones sin cabeza, que juegan a ser estatuas de bronce fabricado con artillería procedente de Sevilla, y las piernas de hierro ancladas en las escaleras de la mazmorra, no consiguen detenernos. Surrealista, pero real.

Casi caemos a un lago. Pero Roberto es un príncipe lleno de recursos y yo a su lado, hasta me siento una princesa.

No dejamos de reír a bocanada limpia. Y los personajes de cómic en bicicleta ríen con nosotros, de vuelta al barrio del río Amstel, donde vive Roberto.

Como recompensa, la tarta de manzana de Ron nos aguarda golosa. Y charlamos compartiendo en un plato, las pasas, las nueces y las manzanas que componen la receta mágica.

Vivir sin miedo. Vivir en soledad y acompañada. Dejar volar lo que tiene que volar y recoger hojas rojas de antiguos besos, que, quién sabe, quizás despierten entre hojas de libros que los escondan…dentro de muchos años, sin que nos duelan.

La noche anterior, noche de sábado, enterré un dolor muy fuerte, que se llama Tristeza, y de apellido Carlos. Se fue en un baile de globos azules, mientras Carlos me miraba dulcemente, tanto como llorar por dentro. Ahora lo recuerdo y sé que se fue, se va sin más y sientes pesar cinco kilos menos, el corazón late tranquilo, igual que antes, pero más fuerte, más capaz de todo. Por qué? Por un cúmulo de situaciones, y porque, con la ayuda necesaria, una recupera la voluntad de decir adiós por dentro, que es el adiós más costoso que existe.

Veníamos de hacer el tour del Barrio Rojo. Roberto jugaba a ser guía para mexicanas con dinero y chilenas que recorren el mundo para recoger notas sexológicas…y entre los canales, el sabor amargo volvía a la boca. No voy a negar que llevaba el sabor desde el martes anterior, desde que decidí escribir después de un año a Carlos y él me contestó…Pero hay momentos que se transforman en punzadas, como en esa noche, entre los canales cargados de turistas, las putas en vitrinas, el rojo neón que, dios sabrá por qué, se transforma en rojo quiche y elegante…y aquellos cisnes, en mitad de la noche, nadando en un canal que separaba un teatro semiporno de nosotros, el grupo de turistas que Roberto conducía.

Esos cisnes también estaban cuando conocí Amsterdam hace tres años junto con Antonio, Paloma D., Charles y Carlos. Ahí estaban los cisnes, entre los canales, ajenos a los desacuerdos de los humanos, y ahí estaban cuando Carlos me cogía la mano bajo el puente, para dormir todos apretados porque no encontramos albergue. Era también noviembre, y era también sábado. Carlos me cogía la mano, pero mi mano estaba fría. Algo ya no marchaba, y los dos éramos tan conscientes como el banco de Diego de León, cerca de mi piso de Madrid. Pero ahí estaba él, que había ido de Leipzig a Bruselas para subir a Amsterdam, intentando darme calor y queriéndome mucho mucho mucho, como nunca dejó de hacerlo.

No comenté nada con Roberto durante ese sábado, pero miles de detalles me devolvían ese sabor amargo que se enfatiza con el paso del tiempo. Y cuando las coincidencias dejan de serlo, uno debe estar preparado para ello…y reírse con el destino, que te mira divertido.

En una plaza de la ciudad me volvió a cagar una paloma en la cabeza. Se podría quedar en anécdota…si no me hubiera cagado la otra única vez en mi vida una paloma marroquí, en Marrakech, tras el paseo en calesa con Carlos, justo después de levantarme por el tortazo que me pegué al pisarme la chilaba bajando del carromato. Él se reía limpio, dejando al lado su careta de eterno chulillo, y en sus ojos supe que estaba enamorado, a pesar de la cagada de paloma y el tortazo.

Y así, aunque no sea nada más que una cagada, esta vez de paloma holandesa…otra vez el sabor amargo vuelve a la punta de la lengua. Hay que ver cómo nos gusta retener ínfimos detalles, joder, me digo…

En cambio, frente a la amargura, ese sábado me avasalló el destino con tartazos de manzana. Al despertarnos ese día, antes de mi anécdota con los pichones flamencos, nos fuimos a un mercado atemporal de alimentos, ropas, gorros de dos pompones, fotografías y estampas viejas…Allí, en la esquina, comimos la mejor tarta de manzana de la ciudad. Ahí empezó la cura, aunque no fuera consciente en aquel momento.

Luego, tras el paseo por el mercado de las flores, y mucho charlar con Roberto, comer sopita caliente en su cocina, descansar un poquito, y comprar cual gitanos telas transparentes para su habitación, nos fuimos al cumpleaños de la madre de Joska, que también era amiga de Roberto. Allí nos pusieron otro tartazo de manzana.

El resto, ya lo sabéis. Llegó el barrio rojo y los cisnes.

Cenamos en un wok al aire libre, y al volver, Roberto, sin haber mencionado nada al respecto en todo el día…me dijo “Cariño, si quieres te hago Reiki hoy. Como tú quieras”.

Silencio. Ojos empañados. La vela morada oscura de su mesita de madera se balancea juguetona y me mira burlona.

-“No sé, Roberto, igual no es el momento… Hoy Carlos se ha casado con Elena, la argentina. Hoy, capicúa (08/11/08), y no tengo un buen fondo interior que digamos”.

-“Precisamente, amor, precisamente…Y qué pasa con el capicúa?”.

-“Nada. Que él y yo nos enamoramos una tarde en Marrakech, siendo el 03/03/03. Tonterías, no me hagas caso…”

Nudo en la garganta.

Entonces dejé a Roberto que hiciera de “puente”, y que mis malas vibraciones se fueran con él. Puede sonar extraño, pero desde que soy pequeña he aprendido que el mundo, más que estar llenos de dioses, está cargado de energías. Lo sé gracias a mi padre.

Cuando me he puesto malita, de pequeña, él también hacía de puente. Recuerdo que, muy serio, como compartiendo un código secreto conmigo, me sentaba enfrente suya, mirada recta, fija y me decía: “Dónde te duele?” “Aquí, en la barriga…” Entonces, todo el mundo se transformaba en silencio, mientras miraba asombrada los ojos cerrados de mi padre. En parsimonia, levantaba los brazos hasta sus hombros, con las palmas abiertas y rígidas, y en un movimiento tan elegante como un ritual japonés, daba palmadas secas con sus manos, que al instante las hacía frotar. Así varias veces. En todo este proceso, yo, con la boca abierta y con una fe eterna e incorruptible, observaba su capacidad de concentración en esos pocos movimientos, admirando el temblar de sus párpados. “Es el momento mágico”…me solía decir a mi misma en silencio. Era el momento en que las palmas de la mano de mi papá, cargadas de energía buena recogida por el mundo gracias a su elegante movimiento parsimonial precedente, se posaban justo delante de mi barriga, donde me dolía. Y sin rozarme, siempre con los ojos cerrados, mi papi me extraía el dolor y lo devolvía al mundo convertido en energía.

Esta vez, en Amsterdam, en la habitación de Roberto, me tumbé boca abajo, ojos cerrados, brazos pegados al cuerpo. Música suave y silencio. No veo a Roberto, pero él está al lado con sus manos encima, sin tocarme. Me dejo llevar, y el cuerpo suelta espasmos suaves o fuertes que no son de frío y no sé de qué son.

Me duele el riñón izquierdo, y eso que el de la infección que me empezó el martes anterior era el derecho. Manos y pies fríos, suena la barriga…y al concentrarme, al dejar de pensar en mis espasmos, en mi cuerpo…pienso de verdad, por dentro, a solas conmigo. Siento estremecerse las ramas y sus hojas, cerca de nosotros y yo me uno a ellos.

Y pienso. Pienso frenéticamente. Pienso que no tengo derecho a seguir guardándome a Carlos, y menos bajo el sinónimo de tristeza. Han pasado varios años y debería superarlo, más aún cuando quien dio el paso que nadie quería dar fui yo. Culpabilidad, llanto. Veo sus canas. Soy egoísta, y lo descubro. ¿Por qué esa amargura? Siendo sincera conmigo me doy cuenta que es mi manera de no perderlo. Ya que no nos hacemos felices, ya que no quiere ser mi amigo, ya que ha querido dejar de saber de mí durante un año…al menos, no lo pierdo si me provoca dolor. Me siento estúpida y posesiva…pero me reconforta ponerle palabras a esos sentimientos dañinos. Lloro. He abierto la jaula, el dolor se está yendo, y lucho por retenerlo-qué tonta soy-pero al intentarlo se va más rápido. Lloro como un bebé que acaba de tomar conciencia.

“No hay que retener nada, amor…pero si quieres paramos. ¿Estás bien? Respira suave, venga”, oigo a Roberto. Respiro. Me calmo.

Entonces, decido despedirle como se merece, y sin ser consciente del orden ni del cómo, mi cabeza me trae todos, absolutamente todos, los momentos en que me hizo y le hice feliz. La voz del almúedano y su mano, bailando con su pijama en Sanse mientras cantaba en mi oído, tocar en su piano, cocinando juntos, amanecer en las dunas de Merzouga, partidos de fútbol, clases de periodismo que cobran sentido por la lucha común, mi cabeza en su hombro viendo árboles pasar, el color amarillo albero de su casa en Navas, el olor de su casa y su familia, su olor, su mano en mi corazón, nuestros collares de mano con espiral, sus ojos verdes mirándome al despertar, los “buenos días princesa”, las notas debajo de la almohada, su lengua fuera cuando se esfuerza, sus ganas de ser mejor a mi lado, su voz, y tantos etcs como tienen dos años y medio.

“Imagina que estás en un lugar en el que eres feliz”, susurra Roberto muy lejos, no sé dónde está.

De golpe estoy en el regazo de mi abuela Mamalela. Huelo su pecho, con un vestido de flores rosadas. Soy pequeña porque me balancea suave en su regazo y ni siquiera mis pies tocan el sofá verdoso en el que está sentada. Su abrazo es tan cálido que se deslizan dos lágrimas felices en mis mejillas. -Sonrío por dentro al darme cuenta que Mamalela siempre está presente en mi vida.- Cuando quiero tocar su cara, cuyos ojos están cargados de amor profundo, no puedo tocarla, porque se ha convertido en arena roja. Vuelvo a estar en el desierto de Merzouga, sola. Ni siquiera escucho los pájaros despertar como entonces. Miro a lo lejos el sol, que moldea las dunas.

Se ha ido.

“Ahora, alguien te acerca todos los globos que necesites del color que quieras, con aquellos sentimientos o sensaciones que no quieres tener”.

Sigo en las dunas, mi pie hace dibujos en la arena y percibo detrás de mí una sombra. Me doy la vuelta y es Carlos, que me mira lleno de amor, de paz y de adiós. No me habla y yo no soy capaz de hablarle. Empiezo a temblar. Saca de su bolsillo tres globos azules como un cielo sin nubes.

Extiende su mano, yo los cojo y los empiezo a inflar. Exploto el primero lleno de rabia, delante de su cara. Y las manos me duelen por el plástico del globo. Él me mira igual, sin vacilar, sin pestañear, lleno de amor y de adiós. Entonces vuelvo a llorar. Sé que está en mi imaginación, pero está ahí, mirándome. Lleno el segundo globo entre balbuceos e hipos, y esta vez no lo exploto. Lo suelto, y el aire se escapa de él, que se desplaza un par de metros. Cojo el tercero, respiro, lo inflo. Miro a Carlos. Él y yo asentimos con la cabeza. Me sigue mirando igual, pero intuyo que hay una lágrima que lucha por no salir de él. Me reconforta sentir que al menos también debo existir para él de algún modo en sus recuerdos. Anudo el globo, le doy una palmada sin dejar de mirar a Carlos. El globo sube arriba, en el cielo, y se pierde en él, porque es del mismo color. No lo distingo. Al bajar la mirada, Carlos ya no está. Se ha ido. Y sonrío tranquila.

Cuando abro los ojos, no sé el tiempo que ha pasado. Roberto no está en la habitación. La tela está empapada. Me incorporo y extiendo las manos hacia el radiador. Me doy cuenta que tengo la cara hinchada. En la planta de abajo, los vecinos están haciendo una fiesta destroyer que había ignorado antes. Roberto llega. Charlamos sobre lo ocurrido. Le explico a tientas lo que he sentido. Bromeamos sobre la fiesta a la que no hemos bajado y, cansados los dos, siendo las 3 y pico de la mañana, nos vamos a la cama.

No sueño con nada.

Amsterdam se despierta despacio en domingo, y acaricia mi mejilla un chorrito de luz limpio. Suena la alarma en ese momento, y la apago para que Roberto no despierte todavía. Debe estar agotado después del día de ayer, me digo sonriendo.

Estiro los brazos. Todo es blanco. Salgo de la cama, con los ojos diminutos, y cruzo la habitación. La puerta de la cocina está cerrada, y al abrirla, percibo que suena la radio, sumergida en la música clásica que lleva acompañándonos desde hace dos días. El sol sigue bañando el río Amstel, y los árboles se balancean desde la ventana. En la mesa está la Appel Pie que Ron hizo ayer.

Hay algo que se ha ido. Lo noto. Soy muy consciente de ello.

Sonrío.

Pie de foto: Domingo en Amsterdam, con los ojitos hinchados de la llantina del día anterior, pero muy feliz: He encontrado una hoja roja roja roja como un beso.