lunes, 12 de marzo de 2012

Capitulo 14. Amanecer, de Borges


Cuando mis pies rompen en chasquidos jugosos la nieve virgen, cuyo sonido retumba en la soledad de algún paisaje de invierno, suelo pensar en su mirada.

Sus ojos son una mezcla de azul y verde trigo apagado que se mece suave mientras reflexiona. Cuando miras en ellos, sientes que te atrapa dentro y te traspasa, y no solo ve dentro ti, sino que entrevé paisajes que desgarran sus entrañas y le hacen sonreir con dolor, ese viejo amigo de tantos silencios compartidos en mitad de multitudes opacas sin brillo. Manto de lluvia fina que resbala en las pestañas impidiéndote ver bien, pero sin nublar del todo las formas que te envuelven.
Así mira él. Contigo, pero a través de ti.

Al principio, cuando no habla, en su mirada ves un elevado grado de educación y cortesía y una chispa de juventud rebelde que contrasta con las arrugas que enmarcan sus pestañas blancas. Sus ojos te cortejan y, mientras esboza media sonrisa, notas ese brillo que a veces aparece en los ojos de los hombres cuando tienen enfrente a una mujer.

Luego, aparece el movimiento de sus manos. Son grandes pero se mueven como si nadasen sincronizadamente, bailando un vals vienés. Y mientras recoge tu mano para besarla, su voz grave y suave te invita a bailar con palabras, mientras notas un cierto temblor en ella, en la que te ruega con sordina baja, apenas perceptible, que converses con él. Necesita sentirse vivo mientras te observa sonreír. Saborea cada matiz de lo que dices, como si jugara a adinivar quién eres en realidad. Hay juego de luces y sombras, y cierto sabor a dramaturgia en el modo en que gira lentamente las frases, al hablar un perfecto francés teñido de acento alemán. Me pregunta qué hago cada día, qué opino de las últimas cumbres europeas, qué tiempo hace en la casa de mis padres, a qué huelen las naranjas de mi árbol, o divagamos sobre las formas de cocinar un pollo, mencionamos aspectos de la exposición que han anunciado en Beaux Arts y bromeamos sobre la tragicómica actualidad de la política belga. Y de golpe, sin que uno sepa por qué ha sucedido, de dónde viene el inicio de lo que luego va a acontecer, el verde trigo se mueve.

Un recuerdo peina su pupila.

Cuando tenía 17 años, el sueño de Lothard era ser médico. Se imaginaba con la bata blanca, en bibliotecas de madera oscura rodeado de susurros de alquimistas humanistas, estudiando los secretos de la vida. Era muy buen estudiante. Devoraba cualquier libro, y más aún si era de filosofía. Amaba la música clásica, sobre todo el modo en que Bach se interpretaba en la iglesia cercana a su casa. Todo en su vida estaba encaminado para pasear por donde él quisiera, y en ese momento se creía dueño de su destino, y que, a pesar de todo lo absurdo que pasaba en su país desde hace año y medio, él sentía que comenzaba el inicio de un viaje, el suyo. A lo mejor viajaría a otra ciudad de otro país para estudiar. Sería cultivado. Un médico culto, y sobre todo un buen hombre.

Pero llegó la guerra. No la que vemos en la televisión, no la violencia que sentimos al ver la deriva política actual, o la rabia que nos despierta el cansancio social imperante, o ni siquiera el frío apagado de muerte cuando hay atentados cerca de tu casa. Lo que a él le estalló de golpe fue la guerra de verdad, la de bombas en tu barrio, en tu calle, en tu casa, la de muerte de tus amigos, la de comer restos de latas envasadas escondidas, la que te obliga a crecer con el silbido de un misil. La que te lleva a odiar a tu igual, al cual no quieres reconocer, nublado de odio y miedo. Sí, ese tipo de guerra. La que te obliga a no soñar nunca más.

Lothard tuvo que alistarse al ejército. Su bando era el alemán. Al principio, todos le decían que no habría que temer, que se iba a resolver pronto, y él deseaba con todas sus fuerzas que eso fuera cierto y que, como una mala pesadilla, de esas que vuelven a veces y se hace larga, al final, a pesar de todo, desaparecería como un mal sabor de boca y volvería a su vida normal, e iría a la universidad, y se enamoraría perdidamente de una joven, y pasearía con ella de la mano, acariciando su palma con los dedos.

Lothard baja la voz y se le quiebra. No me mira a mí aunque me esté mirando. Necesita una pausa que él mismo se concede, mientras no sé muy bien cómo reaccionar o incluso respirar, para no interrupir su silencio. Alrededor de la mesa, algunos de los presentes, de forma educada pero perceptible, resoplan resignados, como si ya conociesen de antemano lo que viene después. Hay quien aplaude el sabor del pollo con tomillo y manzanas al horno. Hay quien sirve más vino en las copas de los comensales. Otros miran sus manos, como a la espera.

Entresaltando meses, o años, Lothard se cuenta a sí mismo, como tantas otras veces, cómo fue capturado por las tropas rusas, cuando el ejército alemán decidió atacar a la URSS. Ya no sonríe.

Los años que siguieron de trabajos forzados como "zek", preso de campo de concentración, se tiñen en su mente del color de la nieve, del vacío helado en las miradas asustadas de sus compañeros, del frío que atravesaba la estepa de forma constante, como un amigo silencioso que te acompaña en tu soledad. Al menos, no tenía que matar, y debía concentrarse en vivir.

Apenas mueve la mirada, aunque dentro de su pupila se agolpen demasiadas imágenes. Mira la llama de la vela jugar con la luz que genera, cautivado.
Sonríe de nuevo, como un niño. Levanta la mirada perdida y me encuentra otra vez.

"Patrichen..." me dice cargado de ternura y agradecimiento, muy despacio, muy suavito...de modo cómplice, como si fuese su compañera de juegos.
Le sonrío intrigada, alentándole tímidamente a seguir.

Consiguió escaparse del gulag, el campo de trabajo forzado en el que era preso, con otros dos compañeros. Cuando lo menciona, brota la risa de su pecho, como si cantara.

Busca miradas cómplices en la mesa. Silencio.

Atravesaron campos nevados desiertos y refugiándose en granjas, o donde pudiesen resguardarse del frío. Siempre rumbo al sur.

Las manos empiezan a temblarle y baja la voz un poquito más aún.

Se acuerda de aquella mañana. El cielo era muy azul, de ese tipo de azul que casi duele al mirarlo. Sin embargo, las luces rojizas del amanecer apenas empezaban a bostezar las siluetas de algún arbol esparcido entre la nieve. Blanco y azul furioso con manchas negras y ocre. Unos soldados rusos los pararon en el camino. Él pensaba que iba a morir, que ya sí que era su turno, que la nieve le iba a abrazar allí en ese inmenso silencio y que sólo los pájaros negros serían testigos burlones del destino de un joven más, como tantos otros en el mismo momento, en algún otro lugar distinto pero igual. Ya no le quedaba más remedio. Decidió hablarles en el perfecto ruso que había aprendido estando preso, como si quizás, el hecho de hablar su idioma, los fuese a enternecer. Tierno intento de arañar segundos a su suerte.

Fue cuando llegó el silencio más largo de su vida.

Miró a lo lejos la luz del amanecer, respirando la escarcha, reteniendo cada instante antes de cerrar los ojos. Se dio cuenta de que ellos estaban tan asustados como los demás y que todos eran parte de la misma broma de mal gusto y que, sin decidirlo, tenían que interpretar.

Los soldados se miraron entre sí. Uno hizo un gesto con la cabeza. Otro, de los más jóvenes, retuvo su mirada sin parpadear, antes de seguir a caballo, sin decir nada más.

Se alejaron. Les dejaron marchar.
El silencio volvió poco a poco a mancharse de ruido, del sonido de su corazón desbocado, de la respiración de los caballos trotando ya lejos, del grito altivo de los cuervos.

Esa mañana no tenían por qué morir. Quizás fue Dios, dice mientras sus ojos se anclan de nuevo en la vela central de la mesa y nadie se atreve a hablar.

El resto, todo lo que pasó después, no lo conozco. Salvo su presente, esa vejez tierna que va a apagando sus pies al andar pero que no consigue arrancarle las ganas de conversar, aunque muchos de los presentes suspiren aburridos porque es la misma historia con casi los mismos silencios desde que lo conocen.

Lothard al final no fue médico, sino economista, y trabajó en la Unión Europea cuando nació como Comunidad Económica, en la que algunos soñadores pensaron en la belleza de unir pueblos mientras otros empujaron a la creación de ese sueño con la realidad de los beneficios económicos que podían derivarse de un mercado interior enorme, el más grande del mundo, asegurando la paz. Habla cinco idiomas que practica cuando puede con amigos de todas partes del mundo. Algunos, de los mejores, son rusos.

No sé si tuvo esposa. Sé que ahora todas las tardes acompaña a la que es el amor de su vida actual, desde hace diez años: Ady, de 85 años, más joven que él; quien tiene en la pared del pasillo de su casa, junto a las fotografías de sus hijos y nietos, enmarcado como un cuadro, un grabado a lápiz de Lothard cuando tenía 17 años, de perfil, pensativo, lleno de sueños.

En su constante ritual de noviazgo, él siempre le regala libros de arte y ramos de flores, le acaricia la mano mientras pasean torpemente hacia la nueva exposición de arte contemporáneo de la ciudad o hacia un concierto de música clásica, preferentemente barroca si se puede elegir. Cada vez que le escucho susurrar "Adrienchen" mientras ella hace pausas al hablar, cansada tras su reciente derrame cerebral pero feliz de poder conversar; el modo en que le mira con una ternura que pocas veces he presenciado en mi vida, y cómo le da besos en su mano mientras la mira como un niño feliz , algo que ella adora y le hace reirse a carcajada controlada y burguesa, mientras sus nietos se miran divertidos y algo avergonzados, porque él no es su abuelo y porque Ady es, ante todo, coqueta...cada vez que eso ocurre, el pellizco en la garganta me impide hablar, aunque no importa. Prefiero ver bailar sus manos y el verde oscuro de su mirada, mientras recoge las últimas palabras de Ady para continuar él la conversación, como amigo fiel que la salva del apuro de las palabras, y va saltando de un tema a otro, todos interesantes, aunque su forma de hablar sea a veces excesivamente pausada.


La nieve fría virgen que rompía mis pasos en Berg en Dhal, un valle al sur de Holanda, en la frontera con Alemania, olía a vida nueva. Lejos se dibujaban un par de casas con chimenea y, a lo mejor, una iglesia. Un par de caballos inmensos trotaban a mi derecha y la silueta compacta de los árboles se confundía con el valle debido a su blancura. El aire era muy fresco y cortante, tras una noche de tormenta de nieve, y, medio refugiada en mi bufanda, el silencio de ese amanecer se rompía en mis oídos con mi respiración forzada mientras me concentraba en no caerme en la bajada inmaculada en la que sólo ciertos pasos de zorro o perro se perfilaron en ella momentos antes. Ahí sucedió otra vez, un invierno más, que mi pensamiento quiso regresar a la primera vez que escuché a Lothard describirme la nieve en Rusia, su amiga triste y de belleza atroz.

"¿Sabes qué me hacía querer vivir cada día entonces, Patrichen?"..."En mi cabeza retenía poemas aprendidos en la escuela y los repetia una y otra vez en los campos forzados...o aprendía a escuchar la música de cada paisaje", me dijo una vez antes de que otra idea volviese a despeinar el campo de trigo verde. "¿Qué opinas de Bach? Yo creo que sus cantatas y fugas resumen ese amor a Dios a través de la belleza. ¿Sabes de qué hablo? El hombre es capaz de realizar las mayores estupideces y atentar contra sí mismo y su entorno...pero nos salva la belleza y el intento de algunos hombres por recrearla, de conversar con ella. Muchos no quieren verlo, huyen de esa evidencia...Patrichen...¿sabes a qué me refiero?".


Hace unos días acudí a la presentación de dos libros sobre la manida crisis del euro. Había embajadores de varios países de América Latina, algún personaje conocido por mí de la embajada española, altos funcionarios de la Comisión Europea y del Parlamento, alguna becaria aburrida, mucha corbata y chaqueta y una mujer negra que resaltaba entre el público amarillento. Los autores de los libros intercambiaban impresiones e ideas con el público. Que si el modelo de exportación alemana y mini sueldos no se puede exportar al resto de países; que si hay que aplicar el impuesto a las transaccciones financieras a las entidades bancarias y resto de amigos financieros que, no es casual, ahora son más ricos que antes de que la crisis estallara; que si la ayuda a Grecia en realidad no sirve de nada y cómo la Unión Europea los está dejando de lado, a los griegos; que si estamos en un momento semejante al final del Antiguo Régimen, y que empieza a haber sintomas de inicio de Revolución francesa con las protestas del 15-M y allegados; que si los Estados miembros están maniatados; que si la Juventud no sabe lo que es la guerra y están dejando de soñar con la UE, lo cual puede ser un riesgo de supervivencia de la paz en el continente y en el mundo; que si el reto a medio plazo, además de salir de la crisis, es hacer recuperar la fe por Europa y que la gente vote en las elecciones europeas de 2014; que si la historia se repite pero no sabemos a dónde llegará ni qué cabezas van a rodar esta vez; que si han vuelto los peligrosos estereotipos del Norte y del Sur en Europa, y un largo etcétera de esta índole que se fue agolpando en mi cabeza. No es que dijeran nada nuevo, pero me resultó llamativo que hablaran con una asombrosa franqueza cargada de tristeza real.

Al salir de allí ya no había nadie en la zona, normalmente atestada de coches, ciclistas y corbatas andantes sin rostro. Me fui caminando hacia mi casa, mirando sin mirar, mientras un manto de lluvia fina empapaba las pestañas, y pensando sobre eso de que dentro de cinco años todos viviremos peor que ahora.

Entonces, cuando me brotaron unas ganas horribles de gritar de rabia, me di cuenta de que el aire seguía oliendo fresco, pero ya vaticina el inicio de una incipiente primavera. La luna completamente redonda iluminaba los cuatro gatos callejeros del barrio, alimentados por las señoras mayores de abrigos tristes de edad indefinida que siempre van de par en par y que, cuando llovizna, se ponen un gorro transparente a modo de pañuelo árabe que les aplasta el peinado sesentero de color rojizo desteñido, del mismo color que los gatitos que alimentan.

Respiré despacio mientras abría la puerta de casa, para luego abalanzarme hacia mi piano belga, que me esperaba, como ausente, en el salón.
Cerré los ojos, y empecé a titubear con las yemas, primero con acordes, luego con alguna melodía nueva, luego intentando recordar alguna de los preludios y fugas de Bach que tocaba cuando era pequeña, luego improvisando lo que surgiera y me calentara el corazón.

"...el hombre es capaz de realizar las mayores estupideces y atentar contra sí mismo..."

..."pero nos salva la belleza y el intento de algunos por recrearla....de conversar con ella. ¿sabes a que me refiero, Patrichen?..."

"¿lo sabes?"...

Le asentí tímidamente, como si fuese un secreto.


Lothard me cogió la mano sonriendo, se acercó un poco más a mi muy despacio.
Cerró un segundo los ojos con esfuerzo para abrirlos muy lúcidos y claros, con fuerza, y recitarme, para mi asombro, en un perfecto español, el siguiente fragmento de un poema:

Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
La luz discurre inventando sucios colores
y con algun remordimiento de mi complicidad
en el resurgimiento del día
solicito mi casa
atónita y glacial en la luz blanca
mientras un pájaro detiene el silencio,
y la noche gastada
se queda en los ojos de los ciegos






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