domingo, 10 de enero de 2010

Capitulo 8. Olivares


El pasillo corredizo de caucho negro se desliza como de mentira ante mis botas, que intentan alcanzar el final de la pasarela. Luego las botas son sospechosas de ir más deprisa de la cuenta y se controlan en el paso de seguridad. No pasa nada. No nos han descubierto. Me las calzo otra vez, subo como sonámbula otras escaleras de caucho, ignorando los anuncios brillantes de cada rincón sobre compañías telefónicas y eso de la cercanía con tus familiares a pesar de la distancia. Otro piso más, huele a chocolate y espéculos, pero ni los miro de reojo. Estomago cerrado, concentrada en correr. Las botas me ayudan. Debe ser que ellas han vivido más carreras que yo.

Pausa. No pienso, o eso pienso. Escucho la conversación de una madre y su niña, entre flamenco y español, sentadas a mi izquierda. A mi derecha hay dos abuelitos; uno empujando a la otra en su silla de ruedas, susurrándole palabras en español gallego de tranquilidad. En sus ojos hay brillo de reencuentro y navidad. Por las fechas que son, no me extraña. Muchos comienzan a volar para ver a sus padres, tios, primos, abuelos.

El avión arranca brusco. Pero al mirar por la ventana, todo está apacible y brillante, pequeñito y ordenado. No es verde ya el paisaje, es marrón otoño a punto de dar el turno al invierno que dos días antes llamó a la puerta. Luego pasamos la barrera transparente de nubes y todo lo que hay a nuestros pies no es sino mar de algodón con remolinos de espirales grisáceas que avanzan casi tan rápido como nosotros, aunque el avión les gana.

Enchufo el mp4 y sale, sin yo esperar, Mompou. El compositor catalán cercano a Satie. Maldita sea. Ya empieza todo. Una tormenta sube y se escapan caudales de lagrimones vacíos. Sólo hay espirales de nubes y un cielo arriba muy azul, hiriente. No sé dónde mirar para controlar el dique. Una lágrima de esas densas, se concentra en la retina, y yo lucho por no parpadear para que no caiga. En ese reflejo de mentira, creado por la película acuosa, veo parte del reflejo de los ojos de mi abuelo. No quiero que la lágrima caiga para retener eso. Pero se desborda y ya no le veo más.

El tiempo se resbala, no se cómo. De golpe no hay nubes pero todo es un tejido de nieve y casitas aisladas y montañas demasiado cercanas a mí. Luego caigo en la cuenta que acabo de sobrevolar Sierra Nevada, porque lo siguiente que veo son mares de plástico de invernaderos y de golpe, casi violento, el mar. Un mar tejido en relieve, rebelde, pero homogéneo. Pienso en lo bello que es todo y en cómo se resbala.

Cuarenta minutos de retraso, pero en el aeropuerto de Málaga está Miguel, el socio y amigo de mi padre, que con la sonrisa más natural de todas bromea al entrar en el coche. Nos perdemos un poco en la salida. Me da la impresión que nada de esto es real. Así que ante estas impresiones, lo mejor es hacer como si todo estuviera bajo el mayor control del mundo, para aferrarnos así a las briznas de realidad, como la voz de Miguel.

¿Cómo te va entonces en el trabajo nuevo? Entonces me agarro con fuerza a esa pregunta y me recreo en ella durante la hora y media que sigue. Intento plasmar lo absurdo de las generaciones arcaicas en puestos en instituciones de esta talla, le cuento anécdotas exasperantes con sonrisa similar a la de mi padre cuando me habla de la crisis, o que he saludado a Zapatero mientras le abría el ascensor y que sus ojos son muy brillantes, que no me bajo nunca de la bici, que aprovecho como puedo el tiempo que se cuela absurdamente en un horario en el que no se hace nada, pero que ya salgo de todo eso, que he hecho un examen, que lo he pasado y me cambian en enero a un sitio nuevo dentro del MAEC y que ya podré aprender algo más relacionado con lo que he estudiado.

Llegando ya a Montilla, le pregunto por la situación. Él me pone al día sobre todo lo de ayer, aunque todo eso ya lo sé. Y también me habla de la vida, de que su nueva hija está a punto de nacer. Se llamará Eva, y forma parte del ciclo. Vida-Muerte, todo en uno. Pienso en eso de que nada se pierde, que son energías que se transforman, pero que continúan. Miro de reojo el perfil de las casitas de Espejo, que se perfila claro frente al resto del paisaje, y me parece que no es real tampoco esto. Hace unas horas estaba en Bruselas y ahora en Espejo? No es real, me he perdido.

Almodóvar y Buñuel en mis ojos

Hace mucho frío. Ha pasado un mes y medio justo desde que estuve en el pueblo de mis abuelos, y el ambiente está enrarecido. Hay niebla y unos cinco grados pero al mismo tiempo hay, como gotas sueltas, mujeres con medias en las pantorrillas que te miran de arriba abajo desconfiadas, con cara de extranjera, y por tanto con mala cara.

Mi padre nos espera en la esquina. La esquina de piedra antes de la cuesta de los Lelos, en donde siempre ha estado la tienda de juguetes esparcidos por el suelo para elegir los regalos de Reyes pero que desde hace años, siglos, está cerrada. Ahí en la verja, me despido de Miguel, y mi padre y yo vamos andando hacia el casino, para buscar un cuarto de baño, hacer pipí y ponerme las lentillas, para no llevar gafas rojas.

El Casino está cerrado aunque sean las 15.45, hora de un buen café. Todo Espejo está ausente. No dormido, sino como al acecho y ausente a la vez, como si no quisiera reparar en nuestra presencia. Así que hago pipí entre dos coches, me pongo las lentillas en un hueco de las escaleras empinadas que dan al camino de la iglesia. Mi padre está resfriado desde que volvió de Bélgica a finales de noviembre y se tapa la boca con un pañuelito. Yo no tengo frío, pero no estoy caliente. Nada de esto es real, me digo, mientras veo a mi padre caminar por las escaleras imposibles vestido de traje.

En la plaza de la iglesia, está mi hermana, mi prima Alba (años largos sin verla, pero con los mismos ojos claros de dudas como cuando pequeña), mi tío Satu y Carmen, mi tía Rafi, marido y otros del pueblo. Muchos del pueblo se nos acercan y yo me convierto en “la Mari”, es decir, mi madre. Les digo que no, que soy la nieta. Y se van desconfiados. Mal cuerpo de sentirme observada por todos lados. Intento organizar las frases, naturalizar todo, mientras busco a mi madre que no llega.

Navarrito, el socio de mi abuelo, de nariz roja de borrachín y ojos azules de niño bueno sin brillo de inteligencia, llora como un bebé en los brazos de mi padre. A mi se me desgarra un poco algo en el pecho. Pienso en aquella sala de cables entrecruzados rojos y azules, con olor a polvo y secretos mágicos encerrados en cajas de herramientas, y en las lupas gigantes que enfocan la mesa para descifrar mapas de tesoros ocultos, mientras mi Lelo y Navarrito hablan muy fuerte sobre televisores que sacar de la casa.

Para mi asombro, Alba llora y yo me extraño. Igual piensa en lo mismo que yo. Hablo de forma sarcástica con mi hermana Ro sobre eventos recientes, para que también me ponga al día, aunque sigo sin tener novedades. Intento normalizar la sensación de irrealidad intentando controlar todo lo que pasa, como si esto lo hubiera hecho millones de veces más. No señora, soy la nieta, no la hija. Gracias. Era lo mejor. Ya no sufre.

El coche fúnebre llega. Sigue siendo todo poco real. Ese coche está rodeado de una nube negra densa, así que es imposible que mi abuelo venga ahí, envuelto en una nube. Pero entonces sonrío de forma maliciosa, por eso de vencer la sensación de mentira que me envuelve, cuando veo que la nube negra viene del coche de mi madre, con mi madre, Lela y tío Alfonso dentro, más negros aún si cabe que el nubarrón que han creado.

Salen como fantasmas. Mi madre está blanquita, y sus ojos azules resaltan. No mira salvo a la entrada de la iglesia, la entrada de las familias. No se da cuenta del resto. Mi padre nos dice a Ro, Alba y yo que vayamos con ellos. Y caminando dejo de estar dentro de mí. Me observo desde fuera, como si me dividiera realmente en dos. Como si cogiera una cámara de video y me pusiera a grabar planos siniestros de los ojos de la gente, los murmullos andaluces, el humo que sube y huele a quemado entre las ramas del árbol desnudo.

Pienso en un grupo de pingüinos, con un par de ellos en el centro y el resto a pasitos torpes y chicos rodeándolos sin salida, en una especie de ritual de saludo. Alguien chilla y llora, su cara me suena, pero no caigo. Otros me siguen saludando como “la Mari” y ya decido no llevarles la contraria. Entonces toco el hombro de mi madre, que se gira. La veo dentro de diez años. Ha envejecido de golpe sin arrugas.

Y yo disimulo con un abrazo fuerte, de esos que se dan en plan “lo tengo todo controlado, no hay problema, no es nada grave, venga”. Entonces veo a mi Lela, que ha perdido diez centímetros de altura y sin embargo, entre llantina y frase bonita, mantiene una calma fría atenta a las apariencias y a hacerlo todo bien. Me ve y se pone a llorar…”jomía que pena”… y yo intento ser dulce con ella. Veo el plano perfectamente, ahora soy parte de los pingüinos, que nos afixian. Yo le agarro del brazo para salir de ese atolladero cuando de pronto me aparta un hombre con chándal rosa fuxia y el pelo largo pegado a los lados de lo sucio que lo tiene. Con la mirada perdida de loco, agarra a mi abuela y le grita con una voz asquerosamente ronca y aguda (paradoja, pero cierta), mientras los llantos del resto de pingüinos aumenta, “Que no llores más, que ya está bien hombre. Que te estés tranquila, hombre, que, Angustias, que Alfonso ya no. Venga, no hagas el numerito, no llores más!”.

Una ira de esas concentradas se apodera de mi brazo, que tiembla y se dirige hacia una de las extremidades del chándal rosa. Cojo el brazo que toca a mi abuela en el hombro. Lo retiro de forma mecánica, y con los dientes apretados y la voz dos escalas más graves de lo habitual y muy bajito le digo al pordiosero “Apártese de mi abuela. Quién se cree usted para hablarle así con ese tono. Se ha muerto su marido, así que déjela en paz de una vez”.

Aprovecho un movimiento del grupo pingüino para deslizar a mi abuela hacia dentro de la iglesia, en donde hay medio pueblo sentado. Entonces veo que los hombres están a la izquierda y las mujeres a la derecha. El féretro está cerrado, con flores en lo alto, justo debajo del altar y las escaleras, y sigo sin pensar que ahí esté mi abuelo. No es real. Es absurdo y bastante tontería todo esto. Tanto oro falso en las paredes, las flores, el olor, los adoquines, los susurros y llantinas de fondo. Mi madre me interrumpe el plano del féretro, para pedirme que vayamos todos a las escaleras del altar, a “saludar” toda la familia.

Ahí me vuelve la ira cuando veo que el pordiosero de chándal rosa se ha puesto la sotana. Es el cura de Espejo. Claro, no podía ser de otro pueblo. Y nos pide a todos subir los peldaños. Yo no lo entiendo y me niego a subir a mi abuela allí. Para qué? Por qué? Mi madre me pide seguirla. Busco una silla del altar para poner detrás de mi abuela. De golpe veo a mi hermana, prima, tios hermanos de mi abuela, mi tío Alfonso y mi madre, que saludan con movimiento de cabeza al público que pasa cabizbajo y hace reverencias de rodilla al pasar ante mi Lela. Yo no siento que esto tenga que ver conmigo.

Y con un gesto de diva loca, el cura nos pide volver a nuestros sitios. Primera fila, al lado de mi abuela. Le toco el hombro a mi madre, que está lejos. Ahí no está por lo menos, está en otro lugar a pesar de estar sentada. Seguro que piensa que tampoco es real esto, que es una película de mal gusto de los pueblos.

Ahí es cuando el cura de chándal rosa levanta los brazos como un ser poseído sin ganas de dar misa y comienza a mascullar un discurso que no comprendo. No comprendo y no porque venga de hablar francés hace unas horas, porque no tenga hecho el oído al acento cerrado del pueblo, o nada del estilo. Miro a mi hermana de reojo. Ella tampoco comprende. Nos miramos extrañadas ante el idioma que el resto del pueblo si comprende y cumple coletillas tipo “bendito sea dios”, “te alabamos óyenos”. Estamos en primera fila, pero yo me pongo a girar la cabeza hacia atrás. Todos responden al cura, que machaca palabras y comienza a hacer aspavientos de locaza de Chueca, literal.

Mi hermana me dice por lo bajini: “este cura es gilipollas. Tu te crees que hable así? Qué le ponga tan pocas ganas? Qué coraje, joder”…”Ya”, respondo con una mueca….”y encima mariquituso!”. Nos miramos y ya está todo perdido. Empezamos a reírnos. Yo me miro desde fuera y me doy lástima. ¿Cómo se me puede ocurrir reírme en el entierro de mi abuelo? ¿Seré una mala persona? ¿Los nervios y la rabia salen en risa en vez de lágrimas?

Diez minutos dura la misa. No más. Todos vuelven a saludar a mi abuela. Todo el mundo está muy tenso, sobre todo mi tío Aniceto, que le dice a mi Lela que “no haga el ridículo” y le tengo que parar los pies como al cura de chándal rosa.
Nadie quiere que ella vaya al entierro en el Cementerio. Pero ella me mira llorando como una niña pequeña, de forma bastante lúcida. Así que le digo a todo el mundo que si mi abuela quiere ver cómo entierran a su marido, que sus nietas estaríamos con ella. Que no se metieran más. Todo el mundo acepta, pero con la condición de llevarla en coche hasta el cementerio, para que no recorra todo el pueblo siguiendo al coche fúnebre.

Nuevo plano irreal, toma seis:
El coche más cercano es el que mi madre trajo, literalmente quemado, por nervios, mientras subía las cuestas empinadas del pueblo, con el embrague y freno al mismo tiempo. Rocío le pregunta a mi madre si puede coger ella el coche, a lo que mi madre responde chillando que ni loca, que o coge ella su coche o nada. Así que el siguiente plano somos mi madre, mi abuela de copiloto, mi prima, Ro y yo en el minicoche quemado, oliendo a chamusquina, camino abajo hasta que de golpe la calle que habíamos pensado estaba prohibida y un coche rojo nos corta el paso para bajar una calle más empinada aún, y por tanto más vértigo y uñas clavadas en el volante por parte de mi madre, que se pone a llorar y gritar. Ro se pelea por coger el coche, a lo que mi madre responde gritando que ni loca. Y así, como la pescadilla que se muerde la cola, nos vemos minutos eternos bloqueadas en una cuesta mientras mi Lela le dice a mi madre “Mari, como lleguemos tarde verás, Mari….ay, ay ay”.

El director de la película me dice que diga eso de “venga, hombre, mamina, que esto está controlado. Vamos a dar marcha atrás”. Yo me río, mi prima llora asustada, mi madre más, mi abuela chilla, mi hermana alucina y entonces, el coche empieza a ir milagrosamente marcha atrás hasta que llega un camión que nos bloquea. Pero los gestos y caretos que ponemos disuaden al conductor que nos deja doblar al final de la cuesta para tirar por otra calle. Nos perdemos casi, pero una tía mía nos encuentra en su coche y nos orienta. Llegamos justo cuando el coche fúnebre saca el féretro del Lelo. Los hombres lo cogen en hombros. Yo pillo a la Lela del brazo, mi hermana a mi madre.

Entramos en el cementerio en obras. Llegamos a la calle elegida. Hay dos andamios de pintura (con manchas de pintura incluidas) y un obrero en lo alto que, sin polea ni nada, le dice a los de abajo que suban el féretro.

Vemos entonces que éste va a estar arriba, por encima de otras tres lápidas y mi Lela comienza a chillar a mi madre. “Mariiiiiiiiiiiiiii, qué has hecho? Papá va a estar muy alto y no voy a poder limpiarlo todos los días”. Mi madre está muy mareada, cansada, rota, y se escapa un poco. El resto intentamos convencer a la Lela que así estará más limpio, que el sitio lo designa el ayuntamiento, no mi madre, que encima el Lelo está en frente de la tumba de sus padres, y si está así de alto, pues más cerca del cielo está el cuerpo, porque el ya no está ahí en realidad. Tonterías. No le entra en la cabeza. Ella sólo piensa en que su Alfonsín no tendrá flores todos los días.

Los hombres intentan subir la caja, pero sin polea es tan difícil que en un último empujón la caja se resbala y está a punto de caer, seguido de gritos de angustia de los espectadores, y viendo a mi padre dar un traspiés y clavarse en el hombro parte de la caja, que otra vez milagro o suspense cinematográfico, no cae. Como en Semana Santa, todos se animan y jops! subido queda. Se mete la caja en el hueco vacío y el obrero pintor coge las flores y tapa así el hueco, que aún no tiene lápida.

Sigue siendo todo muy irreal. Me parece mentira que mi abuelo esté en un muro de pared, mal tapado con coronas de flores y que se haya subido de ese modo. Me hace hasta gracia, por eso de seguir con mi dinámica de reír ante el estrés.

Un minuto después, mi Lela nos dice “ya que estamos, vamos a saludar al resto de la familia”. Así que paseamos como zombis delante de un par de lápidas de mis bisuabuelos, asombrada por la cotidianidad del paseo de mi abuela, que parece creer que visita de verdad a sus familiares.

A mi me parece mentira todo esto, que lo observo desde fuera de mí, pero miro a mi madre, y siento que a ella le parece una pesadilla real que le absorbe toda la energía que le queda. Sólo quiero que termine este episodio, para calentar su mano en casa, en el salón.

Salimos del cementerio. Todo el mundo se dispersa. Vamos camino del coche quemado para la casa de los lelos en donde luego daremos sopa, queso y tortilla como velatorio de tradiciones absurdas de pueblo. Pero ahí, en la salida del cementerio, siento que hay algo real en todo esto. Atardece. Los olivares se duermen en una manta de relente y escarcha triste, que baña todo el campo. Enfrente el sol se esconde altivo y muy naranja, pero controlado. Los pájaros dejan de sonar. Se oye sólo la brisa fresca y triste. El día se muere. Las aceitunas tiritan. Ya es invierno en Espejo. Y me doy cuenta que este es el verdadero entierro que mi abuelo recibe. El atardecer del olivar.

Navidad a cachitos

Regreso a Bruselas por tres días para luego volver a Córdoba otra vez, sin aliento, pero a tiempo. Ya llegó el día 23. Ya he cumplido días antes 26 años.

Llegan las navidades. Estamos en familia. Crecemos, el tiempo se sigue resbalando entre las manos, pero las tradiciones las cumplimos y luchamos de este modo por mantener la magia de estar juntos, cantando los mismos villancicos y canciones que nunca recordamos su final.

Unas navidades diferentes, con olor a mi abuelo al doblar su ropita en el pueblo mientras mi madre se traga el nudo en la garganta, con decisiones dolorosas pero obligadas, con momentos fugaces-felices con amigos del alma, con Ted a mi lado, perenne, con el calor de mi perro Lucas, que posa su cabeza en mis rodillas, con nuevos pendientes de mi padre en las orejas, momentos de hermanas con Ro…Pero una infinita tristeza y cansancio, ligados a la lluvia que desborda el río Guadalquivir y el corazón.

Mamalela canta con un hilo agotado de voz, de dulzura y fragilidad, el estribillo del poema de amor que cada noche de Nochebuena, relatan mi padre y mi tío Javier, cuando todos, borrachos o no, callamos para volver a sentir ese pellizco en el alma, que se resquebraja despacio mientras se escapa una lágrima. “Alejate del balcón, chiquillo loco…que mi padre no te quiere, ni yo tampoco”…Siempre lloro controlada al escuchar esta historia. No por la historia, sino porque quienes la relatan y cantan saben lo que es el amor y el dolor, y la pérdida, y la nostalgia, y porque es como el cierre tácito de la noche, cuando todos nos vamos despidiendo por goteo a las tantas de la madrugada, que mañana es Navidad. Un cierre, un año más que se va.

Este año, Mamalela aguantó para cantarnos, para estar presente. Para luchar, aunque sin ganas, aunque ni siquiera se tomara las uvas en las campanadas, pero estaba para amarnos con su mirada sin palabras llena de frases que brillan dentro del pecho.

Este año se cierra con un inmenso sinsabor porque no podemos controlar nada del tiempo ni de las pausas que el tiempo nos da. Pero nos hace pensar que la muerte no es tan muerte como uno cree. Es verdad que es energía. Que en los pueblos llega a ser tan cotidiano como unir vida, limpieza, cementerio, paseo y cuerpos que se descomponen. Que se acepta y que no es tanto vacío como se espera. Es una ausencia que se llena de recuerdos y otras formas de fluir. Que en la tristeza hay risa, histeria y absurdos que hacen de la muerte algo mucho más vivo.


Pienso en que al menos, soy afortunada porque me han enseñado a saborear el agua que se escapa entre las manos, el tiempo que se amontona en los ojos, la lluvia que se estanca como nieve en Bruselas y cómo esa nieve llega también a Córdoba, tan al sur de mí ahora. Pienso en las despedidas tranquilas, las que uno no quiere tener que dar y las que jamás se darán porque ya es tarde.

Pienso en la sonrisa tranquila de mi abuelo en el sueño que tuve en casa estas Navidades. Estaba en la camita. Él y yo sabíamos que no era real eso tampoco. Pero sin hablar me sonreía mientras yo me acercaba con un nudo en el pecho para abrazarle, para decirle adiós con todo mi alma.

Ese abrazo tenía el mismo olor a escarcha húmeda, el mismo silencio, la misma luz anaranjada y opaca que aquel atardecer entre los olivares de la campiña de Espejo.

(Canción nº5 de Mompou, Impresiones Íntimas: http://www.goear.com/listen/1451f04/mompou-canco-i-dansa-nordm5-mompou )
10/01/10

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