
No puedo avanzar. Es inútil. He dado la vuelta tras recorrer toda la avenida que me lleva a la Comisión. Con la boca abierta veo el humo, las vallas de guerra y los policías que te niegan la entrada, a pesar de la tarjeta del Consejo. Con mirada fría, sin hablar francés, te mascullan en inglés que no hay modo de atravesar los diez metros que faltan para llegar al otro lado. Ojos azules muy fríos, que congelan mi sonrisa, a juego con la punta de la nariz. Me recoloco el gorrito de lana y la bufanda. Suspiro, miro hacia atrás y hago señales de “guillotina” al resto de ciclistas que como yo pensaban que la vida seguía normal hasta hace media hora.
Retrocedo en la bicicleta, paso por otra avenida a contracorriente de coches perdidos que te pitan cabreados-envidiosos por poder avanzar mientras ellos no, que se desvían ciegos, a trompicones, por el cercamiento de las calles del núcleo central.
Ahora estoy paralela a antes, pero en el lado izquierdo de la avenida. Una mujer policía me sugiere que continúe hasta el parque du Cinquantenaire, pero que “tenga cuidado” con los manifestantes. “Son peligrosos, guarde su tarjeta”.
Dios mío, me digo, ¿soy parte del lado oscuro? ¿Van en contra mía? Imposible. Yo me camuflo. Además, voy de color verde y rojo, como ellos. (Verde campo el chaquetón, rojo tomate las medias y la nariz). Imposible ser el enemigo…pero, me siento traidora de algo que no está en mi mano y que además afianza mi mierda de tarjeta del Consejo Europeo. Pero….peligrosos? Levanto una ceja mientras vuelvo a pedalear camino del parque. Ahí es cuando el humo se hace más fuerte y mis pies se mojan.
Llueve, aunque es como si fuera aire denso, así que uno se acostumbra. Así que cuando noto que los pies se mojan me sorprendo al pensar que en realidad no llueve tanto como para calar. Huele raro. Hay gritos rítmicos y humo triste, casi extinguido.
Y el suelo está blanco. Blanco? Pero si estoy en entre el asfalto y el parque! Cómo puedo tener los pies llenos de líquido blanco? Me bajo de la bici. Me agacho instintivamente y toco el líquido, que sin pensar me llevo a los labios. Ostia! Qué hago! No se suponen que son peligrosos? Y si el líquido es lejía? O un barro venenoso? O trocitos de paracetamol que te calcinan por dentro? Y si la acabo de liar al meterme unas gotas de líquido blanco que te atrapa desde cualquier rincón de la carretera cortada?...
Pero no…de momento no muero. Es leche. Leche blanca, líquida, fría, triste, opaca. Es leche que se derrama a litros, a riadas, a marejadas por la “avenida de la Ley” desde Schuman, y que nadie parece reparar, pero que a todo el mundo cabrea, a los “buenos” y a los “malos” y a los “no saben no contestan”. Leche que producen las miles, millones de vacas europeas que no reparan en que su producción está siendo objeto de uno de los últimos episodios, tristes y ridículos episodios de la especulación actual. Leche que se vende a precios irrisorios para luego ser compradas por un público como tú y como yo que la compra el doble o triple de cara que hace unos años, y cuyos céntimos que suben no te dejan sino indefenso, puesto que ¿cómo no vas a comprar la leche? ¿cómo no vas a comprar el pan? ¿cómo? ¿a dónde va ese dinero que no percibe el ganadero, pues?
Y la leche se desliza entre mis botas, entre las ruedas de la bicicleta, y, muy despacio, toca la acera por la que los entrajetados (grajos, si fueran pájaros) de la Comisión y del Consejo intentan pasar ahora y que miran condescendientes el líquido que esquivan, como si esquivaran a puntillas las olas tímidas de una orilla, de forma indiferente y altiva al mismo tiempo.
Peligrosos? Miro a los protestantes que me rodean. Y digo me rodean de forma literal porque se creen que soy una de ellos aunque les desoriente mi bicicleta en las manos y mi estatismo boquiabierto, con el dedo todavía en los labios. Los malos en este caso son ganaderos de narices grandes, barrigas grandes, bocas grandes, ojos grandes y claros y voces altas que dicen verdades de débiles aunque sean verdades fuertes.
“No tiene solución a corto plazo”, le digo en español y en voz bajita a mi bicicleta, mientras guardo mi tarjeta en la mochila y me desplazo hacia la izquierda a pie. Sensación de que los malos son otros que ni siquiera tienen cuerpo, porque es más bien un sistema. Sensación de que esta manifestación no sirve de nada, sólo para indignar más a un lector de clase media que lucha por arañar su bolsillo a fin de mes y que ojea la portada de El País un domingo cualquiera. Sensación de déjà vu con el escenario, la masa, los dilemas. Como si mis ojos fueran la cámara de una retransmisión de Antena3, con todo el morbo añadido.
La masa de ganaderos que me rodeaba se desplaza hacia la entrada de la Comisión Europea, donde otros ganaderos queman ese fuego triste a saber de qué…con vacas alucinadas…mientras así se deja morir su leche menospreciada, que se filtra en un asfalto que no por ello se hace más humano o próximo a la naturaleza…Las tuercas sociales no van nada bien. Otro ejemplo más que araña el estómago y la mirada y que me echa en cara que tengo una tarjeta que escondo en la mochila. Traidora aunque no lo sea. Jugadora dentro de un sistema podrido. Así voy.
La calle que me llevaría al camino a casa está bombardeada de tractores. Todos gigantes, de colores rojos, amarillos, naranjas, verdes, de ruedas negras gigantes. Tractores muertos, aparcados en zigzag para no dejar pasar a nadie, sea moto, coche, bicicleta, peatón. Una calle que se come el parque del Cinquantenaire que al mismo tiempo es comida por tractores que parecen resbalarse por tsunamis de leche que parecen llover de un cielo encapotado. ¿Cómo paso? ¿En serio que tengo que dejar la bicicleta atada a cualquier farola para poder ir mojándome en silencio a mi casa? Me niego. Cojo, cual pato torpe, la bicicleta por su centro, la levanto, intento que “baile” un tango conmigo, sin atarme los pies haciendo ochos. Me mancho las medias, me desgarro el gorro que se cae y se empapa de leche, casi pierdo la mochila en uno de los colmillos de los tractores enfadados y muertos aunque sus colores sean vivos. Un cementerio que huele, que sabe a leche. Y la bicicleta que no colabora en avanzar. Pero como cualquier buen tango, hay una inflexión a modo de estribillo agridulce que pasa a modo mayor, alegre, y entonces, como si la suerte me guiñara un ojo amigo, percibo huecos donde bailar mientras dure el estribillo que resuena sin sonar en ningún lado. Y así, por cabezonería, consigo atravesar la selva mecánica en vez de dar rodeos de avenidas y llego a la Chaussée d’Auderghem, que como un tobogán desciende hasta luego subir antes del cruce de mi casa.
Luego en la cama, mientras me caliento los pies, abro la mochila y saco la prueba del delito: mi tarjeta de doble cara, como una moneda sin cruz. Por un lado, mi imagen de seria y poco a gusto que me hice en el Consejo Europeo. Es una tarjeta que me permite entrar en esta institución europea hasta 2011. El otro lado, mi imagen en forma de caracono dormida que dice que trabajo en la Reper de mi país. Un nombre como si dijéramos “El Pepe”, “La Lola”, “El Antonio”. Wuó, cuánto título para nada.
Llevo poco más de un mes trabajando ahí y ahora empiezo a estar algo más contenta, pero sigo con el ceño fruncido con la boca apretada, aprendiendo a tener más paciencia de la que nunca antes había tenido. Paciencia conmigo, paciencia con los que me rodean ahora, paciencia con el tiempo.
Estoy contenta en términos generales. No puedo quejarme, puesto que he sido una de las 17 personas seleccionadas de más de 200 que se presentaron para entrar aquí como personal de apoyo temporal. Hago más de lo que debería-pagan, si comparamos lo que pagan al resto y lo que hacen. Hago menos de lo que estoy capacitada, si comparamos mis ganas de hacer cosas bien, de aportar un grano de arena a que el motor tenga un mejor engranaje, y si comparamos mi vida hace un año cuando volví a Bruselas para entrar en el Parlamento Europeo y la de curro apasionante que tenía. Echo de menos aquello, en términos laborales, en términos europeos. Cuando entro en mi trabajo actual entro en una España antigüilla que va de moderna y europeísta pero que por dentro es algo casposa y cutre. Que tiene grandes personas capacitadas en la cabeza, en el timón, pero rodeadas de mediocres que engrasan un mecanismo made in Spain, con la ñ de Españñññiiiiia. En el mecanismo intermedio hay excepciones. Y hay muy buenas personas. Pero también es un colegio, una selva de pirañas (en eso se parece al resto de la vida laboral, parece ser), un escenario con malos actores y un reloj que cuenta atrás y en el que muchos de los que han entrado a trabajar como yo afilan dientes para cuando sea el momento, “se luche” por quedarse ahí dentro. Yo empiezo a dudar si quiero estar dentro, al menos así.
Soy crítica, lo sé. Pero os intento ser lo más sincera posible. No estoy mal. Pero estoy en motor de espera. Me tomo esta estancia actual como un puente. No se a dónde me lleva, pero sé que es un puente, un antes-un después, un paso a…, un proceso. Y punto. Cuando empiece a cogerle el sabor a lo que hago, os hablaré de los sabores, pero de momento no sabe a nada. Sabe a insípido, así que me cuesta ser más detallista. Como digo, estoy aprendiendo que la paciencia es tener paciencia. Piano piano….
Al principio, la primera semana, se me escapaban lágrimas de rabieta de niña chica poco valorada, en la bicicleta de camino a casa. Ahora ya no. Ahora estoy en un puente. No en una meta. Me considero espía en un territorio ajeno. Trabajo como una hormiga, pero no soy una hormiga. Observo. Aprendo por mi cuenta. Leo la prensa desde el ordenador. Hago artículos en el tiempo libre, leo novelas en inglés cuando son los viernes por la tarde y todo el mundo se ha ido menos unos cuantos como yo…Y descubro que también hay otros insectos como yo camuflados de hormiga que luchan por no balancearse desde el puente y no caer al vacío. También veo que no tiene tanta importancia y que no hay que ceder al vértigo de la impotencia. Hay que dar pasitos pequeños, mirar recto. Respirar. Sacar lo bueno, que en el fondo, sé que es mucho.
Pero no podía escribir sin trasmitir esta sensación que me ha carcomido el primer mes. Ahora creo que estar donde estoy me va a hacer aprender mucho, de la vida en general, pero también de las relaciones internacionales españolas, del protocolo europeo, de la mecánica de una comunicación interna institucional.
Pero son fases de estancamiento entre tractores, intentando bailar sin caer.
El verano queda ya muy lejos. Hoy estamos en picado a tres grados, cuando ayer hacía 13. Miro a la nariz de JC, el rey. Me mira de frente, desde su busto como estatua, lo que veo desde mi despacho acristalado como pecera, al lado de la bandera de Españññññññññññia y de Europa y olé. Se me antoja que su nariz está tan fría como la mía y le digo en silencio “Venga, majete, a aguantar el tipo, que hoy hay rueda de prensa y van a pasar muchos por tu lado”….
Cómo me gustaría en cambio estar en las playas de S.Sebastián cogida de la mano de Ted, o mirar los rascacielos de montaña de los Pirineos aragoneses en vez de los rascacielos paradójicos del quartier européen, o adivinar los barquitos pesqueros desde la terraza de Mijas…o comer fresas en las orillas de la Meuse, el río que atraviesa el pueblo de Ted, justo en frente del Castillo del duque de Fernán Nuñez, mientras dejamos la vida pasar con sabor a Wepion, a familia, a dulce, a amor.
Aún así, Bruselas otoñal me sigue dejando quererla. Nada más que el color de las hojas que se tornasolan al rojizo tímidamente me hace seguir enganchada de su día a día. Y además, ese día a día tiene novedades. Caras nuevas y caras conocidas en una Bruselas nueva. Alex, mi amigo de Granada, está a mi lado todos los días…mientras se balancea entre balbuceos que cada vez hilan más frases, buenas frases, en francés. Y mis amigos se convierten en sus amigos también y las redes se tejen fuertes. A veces le miro nostálgica, porque él es Erasmus en una Bruselas que le va conquistando poco a poco, como cuando hace cuatro años yo también lo fui….A lo mejor son celos porque ahora la ciudad tiene un nuevo amante.
Hay miradas verdes nuevas que dan color a las mejillas y calientan el corazón. Niñas que, estoy segura, serán amigas y que también se labran rincones de mi vida. También hay un piano de 1920 en mi casa. Es belga, se me antoja impresionista musical, y se balancea conmigo, aunque su dueño sea Jullian. Pero él y yo, el piano, que se llama Hanlet-Bruxelles, nos estamos haciendo íntimos. Algo que no le gusta tanto al vecino de arriba, para el que somos “monstruos” que saborean la vida en una casa en la que cada vez me siento más agusto, a pesar de los altibajos de la convivencia o de los vecinos amargados. Una casa que mi hermana y mis padres ya visualizan, al igual que Roberto. Y que les ha robado parte de ellos y que ahora me rodean siempre ya, partes que me pertenecen en un nuevo hogar. Ya sea en el salón invernadero, en la hamaca del jardín, o en las hojas del ficus que no deja de crecer.
Y así vamos.
Robando hojas rojas que secar en libros que se leen voraces en la cama, antes de dormir en el inmenso abrazo de Ted. Comiendo lentejas con chorizo español en una casa de una húngara loca que alquila su hogar lleno de fantasmas a un húngaro violinista y a Alex, que lucha por hacerse un hueco propio antes de que llegue el frío a la ciudad. Tomando zumo recién exprimido (la vitamina C, aliada infalible) en los descansos matinales de la embajada, abriendo a veces el corazón a compañeras del trabajo y otras abriendo bien los ojos frente al enemigo encubierto.
Cantando a voz en grito canciones que me descubre el destino, los amigos, la vida, mientras bajo en bicicleta por el tobogán que me conduce hasta la cuesta de mi casa, donde los pulmones se fuerzan como reto diario. Leyendo una carta manuscrita de Mamalela, que acaricia el corazón y baña las mejillas de lágrimas felices, cercanas, como el alma.
Comprando en el nuevo Paquistaní de mi barrio (que en realidad creo que es afgano), que siempre me regala chucherías y me saluda al pasar aunque no compre nada. Recordando el Árabe que he vuelto a empezar a dar en clases, junto a Ted, planeando futuros viajes con sonidos guturales y medias lunas en el cielo. Viajando fugaz a Córdoba y retener fuerte en esa escapada a la gente que veo, que quiero, que me da siempre motivos por los que pensarlos, con los que seguir creciendo.
Riendo al bailotear canciones ochenteras que canta Jullian con su pulmón que se va curando tras su neumotórax de hace un mes, o llorando bebé en la cama con resfriado tonto estacional. Aprendiendo a nadar en la piscina del barrio, a pesar de las agujetas respiratorias. Comprando en mercados plagados de gente, de vida, de tiempo.
Y bailando. Bailando aunque haya tractores en la calle que te impiden caminar por el asfalto, porque al menos, mientras bailo, el frío desaparece, la vida se vive en gerundio, y en la boca me queda ese sabor a leche. Leche que sabe a lucha, a vida, a no dejar de creer en que todo debe tener un sabor. Incluidas las decepciones o los retos. Y que hasta eso, también nos alimenta.
Bruxelles, 14 de octubre de 2009
(el capitulo original entero se envió por mail ya en octubre...)
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