Me mareo. Las imágenes van hacia atrás en cascada, aunque vayamos avanzando. La nieve rodea todo el camino, las casas, los campos, el agua helada…hasta los pájaros, que vuelan hacia mí, parecen más blancos. El tren se mueve a ritmo cansado, como todos. Nos desplazamos lentos con un tractrac y pompón reiterativos que me envuelven en una parsimonia típica de los trayectos lejanos que aparecen en las películas ambientadas en los años 20, camino, por ejemplo, de Egipto.
Pero no voy hacia allá. El tren, más bien de los años 80, nos lleva de Estrasburgo a Bruselas renqueando entre pueblos durante cinco largas horas. La sesión plenaria ha terminado al fin y yo siento haber perdido peso y una sensación de mareo y náusea que no se borra.
Los vagones de tren, los autobuses, los aviones y a veces hasta los metros tienen un estatus de paréntesis, en donde todo, desde el sitio en sí hasta los pasajeros, adquieren un volumen y un color distintos. Como una realidad fuera del juego rutinario, como una invitación a la aventura, un deseo de ser escuchados por el otro. Evidentemente, hay veces que te toca el pesado de turno que no se calla, y llega en un momento en el que tú no tienes ganas de escuchar y descubrir. Pero si estás en la actitud correcta, con la antena alerta, ese mismo pesado será un personaje interesante o esperpéntico que has descubierto.
A mí me gusta jugar a archivar personajes en mi memoria, como si esos contactos en paréntesis fueran los reales, al margen del mátrix diario que vamos viviendo, derrochando sin ser conscientes de que el tiempo va deslizándose y no cortamos el grifo para retenerlo mejor.
En el tren de ida pasaron por mi vagón personajes diversos, aunque me quedo con la familia compuesta por madre y padre de unos 60 años, hija de 30, abuelo y amigo del abuelo. Todos de rojo, todos con los ojos claros y transparentes, charlando, comiendo bocata a las 12 de la mañana, contando historias de la ciudad (su pueblo es belga, pero pegado a Luxemburgo), y de camino a Estrasburgo para participar en la manifestación contra el proyecto de ley de las 65 horas de trabajo semanales que se iba a discutir en el Parlamento.
Mi vagón de vuelta es una cabina cerrada, con puertas de metal y cristal transparente, que dentro ubica a los pasajeros en dos filas, enfrentadas, en la que se sientan tres personas por fila. Los asientos son de cuero marrón clarito, y sobre nuestras cabezas, hay rendijas metálicas para poner el equipaje. Ojalá hubiera algún perro enano en las maletas que al dar un frenazo el vagón se cayera encima del sombrero de alguna señora gruñona, y poder estallar en carcajadas. Sin embargo, en la vuelta de este tren, mi vagón se compone de seis eurocráticos, entre los que me incluyo. Todos somos prototípicos, y eso me molesta, por ver lo fácil que me pueden encasillar.
Enfrente de mí hay una rubia tía buena despampanante que procede de Europa del Nor-Este sin duda alguna (de las que le gustan a Carlitros), y que escucha a todo volumen Kylie Minogue, mientras ve los paísajes al derecho. Así que yo, mientras veo los árboles nevados pasar al revés en el ventanal, la banda sonora que me acompaña es el “nananaaaa nana-nanána nananaaaaaaa nana-nanáaana” electrónico que sale de los auriculares de la rubia delgada que escucha a otra rubia delgada. A su lado, hay una gordita rumana, pero no de las del metro de Madrid o de las calles de Córdoba, sino rumana de raza no gitana. Lleva traje de chaqueta estilo mango, con gafas de pasta y pelo suelto muy graso. A su lado un señor calvo con maletín que repasa papeles como loco, con cara de estresado adicto al trabajo, y enfrente su compañera de trabajo, vestida a lo marypopins, pero sin bolso mágico; lo cual me decepciona un poquito.
Me aburro!--- silencio salvo el traqueteo hipnótico del vagón--- miro a todos, no responden--- la rubia no deja de sonreír mirando el paisaje. Al principio me digo que es sonrisa feliz por la belleza nevada que se presenta ante nosotros, habitantes del vagón 205. Pero luego me asalta la duda de si su sonrisa, acompañada a snifs repetitivos de su nariz y tirantez de gestos, no tiene que ver con haberse tomado una raya de coca para aguantar el ritmo de la sesión plenaria…igual es asistente de algún diputado, sinónimo de semiesclava en algunos casos…No sé.
Ya que nadie interactúa con el resto de los habitantes del vagón, me sumerjo en el paisaje al revés que me marea. Debe hacer mucho frío fuera. En el tren hay calefacción que sale a presión por aire y huele a peluquería o pelo quemado, que es lo mismo.
Un mes antes estuve paseando por la nieve de un campo belga y los paisajes se parecían a los que veo en el tren. Fuimos Antonio, Ted, Harold y yo en coche hasta la frontera belga con Alemania, cerca de Spa. Andamos y andamos mientras la nieve caía dulce alrededor. Todo eran árboles, blanco y pisadas en terreno virgen. Y un frío que congeló mi flequillo y el pañuelo de la garganta. Paramos cuando vimos una fuente cuya leyenda, según el cartelito de al lado, fue construida por nomos tipo Señor de los Anillos, en territorio élfico. “Claro”, me digo, “normal, aquí sí que me imagino a Gimli y Légolas”…Al momento cayó una tormenta de nieve y dimos media vuelta. “Sauron nos ha descubierto”…jeje…
Volvimos al coche y la carretera estaba tan helada que el trayecto de vuelta, en vez de en 2 horas lo hicimos en 4. Hubo miedo al volante. Miedo y centímetros de nieve.
Volvimos al coche y la carretera estaba tan helada que el trayecto de vuelta, en vez de en 2 horas lo hicimos en 4. Hubo miedo al volante. Miedo y centímetros de nieve.
Menos mal que ahora, el vagón que me aleja de Estrasburgo va por raíles…aunque las cinco horas de viaje no me las quita nadie.
Mientras pienso en todo esto, entra otro rumano en la plaza libre que hay junto a mí. “Anda, tú otra vez!” me dice sonriendo. Me encantan estas casualidades.
Cuando salí con la maleta del parlamento en Estrasburgo, no llegaba ningún taxi que nos condujera a la estación para pillar el tren de vuelta. Estábamos esperando este rumano con un amigo y yo. Cuando llegó el tren nos montamos juntos, hablamos en inglés de lo que hacíamos cada uno en el Parlamento, nuestra procedencia y al final me invitaron ellos al taxi. Nos dijimos adiós. Pero 20 minutos después de que arranque el tren, uno de los rumanos se sienta a mi lado, y el amigo en el vagón contiguo. Mira que hay vagones en el tren…pues sus números iban pegados al mío!
Sin embargo, yo que pensaba que iba a conocer mejor al rumano y entretenerme en el trayecto, el colega se dedicó las cinco horas a charlar en rumano a todo volumen con la rumana de enfrente. Así que junto a la nieve al revés, las cinco horas se pasaron a ritmo de vagón con retaíla rumana y Kylie Minogue de fondo…Bassssssssssta…..................
La sesión plenaria en Estrasburgo es un derroche absurdo. Esa es mi conclusión, me digo a mi misma mientras con los ojos cerrados huelo a pelo quemado. ¿Por qué? Porque una vez al mes se desplazan todos, incluidos los porteros, desde Bruselas a Estrasburgo para hacer lo mismo que se podría hacer en Bruselas. ¿Qué sentido tiene? Imagino que político para Francia…pero el dinero público que se gasta al respecto es abrumador. Yo, como vil becaria que soy, recibí por desplazarme dos días 470 euros para los gastos. Y no os creáis que ahorré. Se fue todo en el tren, hotel y comidas. Así que no quiero ni imaginar lo que reciben los diputados, los directores, los altos cargos…
Eso sí, el Parlamento Europeo en Estrasburgo es una maravilla arquitectónica por dentro, con calles en el aire como en Bruselas, pero también con un río que pasa en medio, y con una torre en la que se ubica la gente de prensa y diputados (y yo con ellos) y en la que te pierdes por lo gigante, lo similar de las plantas y porque es circular. Un laberinto que se separa del edificio donde está el hemiciclo por pasarelas en el aire, entre las que cuelgan lianas a lo Tarzán y cuyo suelo parece un jardín zen de pizarra o la espalda escamada de un dragón gris oscuro.
Hay ascensores transparentes para pasar de una semiplanta a otra, y las cafeterías tienen moqueta de suelo con dibujos de amapola, una horterada que busca imprimir un toque de color y humanidad al edificio, pero que a mí me parece una catetada de guiri. Los precios de la cafetería son el doble que en la cafetería de Bruselas y hay discriminación en los bares! Si no eres diputado no puedes entrar a determinadas cafeterías…así que, tanta democracia e igualdad en el trabajo común por una Europa se reduce a discurso ante tonterías de este tipo que te obligan a desplazarte un kilómetro y unas plantas más arriba de donde estás, a pesar de tener una cafetería enfrente, por el mero hecho de ser becaria o periodista, por ejemplo.
La ciudad de Estrasburgo, en cambio, es preciosa y cercana. Está rodeada de canales y es sencilla y recogida, con una catedral gótica en el centro, que en esta ocasión tenía un mercado de navidad gigante, en donde se hacían crepes, queso casero y regalos de madera.


Al llegar al hotel para soltar la maleta tras el primer día de trabajo, descubrí que el móvil belga no funcionaba aquí (aunque en Amsterdam sí, cosa rara). Intenté localizar a las amigas, que ya estaban en el centro cenando, pero no había forma. Así que decidí descubrir Estrasburgo sola, por la noche. Mi hotel estaba a 15 minutos del centro-catedral, así que fui guiándome por la torre de ésta.
Todo desierto a las 21 horas. Un frío húmedo que cala los huesos, y el sonido de los zapatos al pisar la calle en silencio. Una sensación de soledad muy agradable, como si la ciudad hubiese hecho un paréntesis para permitirme conocerla a juego de rincones de azar. Eché de menos a mi amigo Juan Carlos, que justo el año pasado él fue Erasmus de musicología en esta ciudad. Me hubiera encantado descubrirla a su lado, estar en su ópera, sus bares preferidos con encanto, su gente de allá…
La noche siguiente estuve con Zoe la griega, una española llamada Cristina y una portuguesa encantadora, que trabajan en la sala de al lado mía en Bruselas. Paseamos por el mercado, comimos crepes, estuvimos en un par de bares…pero estoy segura de que con Juan Carlos hubiera sido auténtico, y no de pasada.
No obstante, Estrasburgo en silencio de noche es como una ciudad encantada, y sientes que te enamoras un poco de ella, a pesar del frío. Así que os aconsejo que la paseéis a solas si tenéis la ocasión alguna vez.
En el vagón de vuelta a Bélgica descubro que tengo en el paladar un mal sabor de boca que, sin duda, debe ir unido al cansancio de los dos días frenéticos de trabajo…pero también con un vacío existencial por el trabajo en sí europeo. ¿Tiene sentido Europa? ¿Mi trabajo sirve para algo de verdad? ¿Por qué hay tanto cara dura y elitista vacuo en una institución en la que debería haber nada más que personas aptas y motivadas por mejorar lo que llamamos Europa en su conjunto? En todos lados pasa, pero a mí me genera una sensación de pequeñez e impotencia que nubla la mirada y me hace apretar los dientes. No me gusta el método de ascender o hacerse notar que usan muchos de los/las que veo por aquí, y la verdad, me siento tan fuera de lugar a veces que siento no encontrar mi hueco. No soy habitante del planeta Marte, sino más bien una guiri que está de pasada para quedarse con lo que merece la pena. El resto, a la basura.
Aún así, intento decirme que hay gente que sí lucha por dar credibilidad a una institución de tal envergadura, tal y como ha hecho el socialista español Cercas con su lucha de cuatro años por que el Parlamento votara No al proyecto del Consejo de aumentar a 65 horas semanales el trabajo en Europa. Estuve presente en las ruedas de prensa de antes y después del voto…y me sentí orgullosa de esto. Pero también me angustia toda la burocracia que rodea a estas medidas y sobre todo, que en el siglo XXI se debata aumentar a más de 8 horas diarias el trabajo, retrocediendo en los derechos adquiridos en el s.XIX. Debates que pasan desapercibidos por la mayoría de hogares y que definen nuestra vida. Eso me asusta. La magnitud de la impotencia ante tales eventos.
Por suerte, conocí a gente cuya mirada es auténtica. Estuve ayudando a gestionar las entrevistas que se hacían a los galardonados con el premio Sájarov a la libertad de conciencia que otorga la Eurocámara desde hace 20 años. Así, pude intercambiar frases y miradas con gente como las “Madres de la plaza de mayo”, “Reporteros sin fronteras”, disidentes chinos y de Birmania, “Mujeres de Blanco” de Cuba, misioneros en Angola y en el Congo y políticos de Kosovo y de Bielorrusia. Esta gente, al igual que el Dalai Lama con el que también estuve en Bruselas en la rueda de prensa que dio tras su visita, tiene una mirada llena de sentido. Y no me refiero a sus causas y luchas más que justas, sino al sentido que tienen sus vidas al hacer lo que desean hacer, siendo fieles a ellos mismos. Miradas críticas con el entorno, sin miedo a decir “no me gusta”, sin miedo a decir “no es tarde”, con un brillo distinto al resto de los borregos que andan alrededor.
Frente a estas personas, normales como tú y yo, pero con una meta definida…también me sentí muy pequeña, diminuta. Pero al mismo tiempo, reconocí que me retaban. Retarte a despertar. Y qué mirar? Y qué hablar? No lo sé…pero despertar.
El tren se para al fin. Se abren las puertas. Dejo de oir rumano, lo cual me alivia mucho. Me desperezo, cojo la maleta, ando entre la niebla, atravieso las calles de mi barrio y llego a casa con dolor de cabeza. Tengo ganas de quitarme el disfraz y ponerme el pijama de Pati.
Entonces, Ted me abraza y me hundo en él, mientras me susurra al oído Feliz Cumpleaños. Al día siguiente tendré 25 años…y la sensación de que el tiempo se desliza por el grifo sin saber qué estoy soñando ni de qué modo ni cuándo voy a despertar.
1 comentario:
Hola patrito!!Siento ser la última en enterarme del peazo regalo de tú padre, pero como ya se sabe, nunca es tarde si la dicha es buena.
Me alegra saber que todo te va bien, en el trabajo, con tus amigos, con ted...
Cuidate mucho y sige escribiendo así de bien, nosotros desde la lejanía seguiremos leyendo tus historias para estar más cerca de ti.
Un abrazo muy fuerte y esperamos verte pronto.
Belinda.
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