jueves, 4 de diciembre de 2008

Capitulo 2: Appel Pies. Bruxelas Dic'2008


He descubierto que las verdaderas tartas de manzana tienen pasas, nueces, son gruesas, sus manzanas un poco ácidas y que sólo pueden comerse en buena compañía. De hecho, las tartas de manzana son parte de una cura, porque te limpian por dentro aquello que no te hace bien, lo que te enferma la mirada, lo que empaña el alma.

Amsterdam se despierta despacio en domingo, y acaricia mi mejilla un chorrito de luz limpio. Suena la alarma en ese momento, y la apago para que Roberto no despierte todavía. Debe estar agotado después del día de ayer, me digo sonriendo.

Estiro los brazos. Todo es blanco. Como no me he puesto aún las gafas, juego a que las formas esconden otras texturas en la pared abuhardillada que está al alcance de mis manos, hinchadas, que despiertan. Fuera hace un poco de frío, y se está tan bien en la cama de sábanas rojo vino…Imagino cómo será la ventana que me mira, cuando en vez de cortina tenga vidrieras de colores…

Roberto se mueve al lado mío. “¿No te da así como un infarto? Me refiero, a que…si no te da un infarto con el sonido de tu alarma…”, masculla dulce mientras se estira como un gato.

Salgo de la cama, con los ojos diminutos, cruzo la habitación transformada en hogar, mis pies notan la diferencia de textura de la moqueta del pasillo, veo el mueble verdoso que hace esquina con aires decimonónicos a medio terminar. La puerta de la cocina está cerrada, y al abrirla, percibo que suena la radio, sumergida en la música clásica que lleva acompañándonos desde hace dos días. El sol sigue bañando el río Amstel, y los árboles se balancean desde la ventana. En la mesa está la Appel Pie que Ron hizo ayer, como muestra de que a veces, los gatos viejos, no son tan huraños como parecen.

Sonrío. Hay algo que se ha ido. Lo noto. Soy muy consciente de ello.

Es un comienzo.

Roberto piensa en algo, enigmático, mientras hace café en dos tacitas deliciosamente desiguales. La cocina está despintada y su rudeza es delicada. Dejo balancear las yemas en el borde de la mesa de madera, mientras la ciudad, en domingo, despierta.

Huele bien. Por el café, porque hay algo que se ha ido y otro algo que llega, y porque Roberto va desgranando más perlas de cariño mientras pone un par de tostadas a calentar, que luego rociará con aceite y un toque de sal.

En el edificio de enfrente, alguien airea sus sábanas. Todo se renueva, incluido el viento que baila.

Luego bajamos a por la bicicleta de Roberto, Ítaca, que duerme junto a otras 50 bicicletas en la cochera del edifico. El jardín, algo rebelde y adormecido por el paso del tiempo, huele esta mañana a rocío muy fresco, que cosquillea las mejillas. Guantes puestos, sonrisa tranquila, y me convierto, una vez más, en el paquete o garrapata que anida en la parte de detrás de la bicicleta, mientras Roberto pedalea fuerte para que los puentes no le ganen la batalla. Yo, privilegiada, mientras me abrazo a su cintura, observo la competición de piragua al igual que los holandeses del barrio, montados en sus bicicletas, que siguen gritando palabras que no traduzco pero entiendo.

Baches, urracas, cuervos, raíles de tranvía, fachadas de imagen de hobbit y escaleras con apellido flamenco, semáforos y carril bici, risas, melodías despreocupadas, amistad, paz, fotografías veloces que no apuntan a nada y personajes de cómic sesentero que pedalean en los muros que llevan al parque Beatrix.

Allí, las hojas de otoño cantan melodías suaves en las ramas, hasta que se atreven a bailar con el viento, enamoradas.

Hay perros que me recuerdan a Lucas y niños que protagonizan aventuras en los charcos con sus bicis, bajo la mirada de la abuela, que chispea feliz.

Roberto y yo nos convertimos en exploradores en la selva, y encuentro un tesoro: una hoja roja roja roja como un beso. Roberto descubre un escondite donde el sol guarda la luz más clara de Rembrandt. Y, como Indiana Jones que somos, captamos el alma del momento con fotografías.

Aunque ya somos inmensamente ricos, decidimos salir del parque, para seguir descubriendo esta parte nueva del Amsterdam más allá del centro, y llegamos a una ciudad de cristal desierta. Allí, otro tesoro nos aguarda: Una silla de madera, de Europa del Este, coronada con una flor tallada; una estantería de hierro blanco-oxidado que desafía con arabescos la fragilidad que encierra; cinco macetas de barro y dos vasos rojos con velas. Antes de que el dragón salga de su mazmorra de cristal, Roberto monta en Ítaca cual corcel negro, y, como parte de este cuento, las leyes de la física se hacen flexibles, y cabalgamos los dos en la bicicleta mágica, con la silla, la estantería y resto de tesoros a cuestas. Atravesamos dos leones sin cabeza, que juegan a ser estatuas de bronce fabricado con artillería procedente de Sevilla, y las piernas de hierro ancladas en las escaleras de la mazmorra, no consiguen detenernos. Surrealista, pero real.

Casi caemos a un lago. Pero Roberto es un príncipe lleno de recursos y yo a su lado, hasta me siento una princesa.

No dejamos de reír a bocanada limpia. Y los personajes de cómic en bicicleta ríen con nosotros, de vuelta al barrio del río Amstel, donde vive Roberto.

Como recompensa, la tarta de manzana de Ron nos aguarda golosa. Y charlamos compartiendo en un plato, las pasas, las nueces y las manzanas que componen la receta mágica.

Vivir sin miedo. Vivir en soledad y acompañada. Dejar volar lo que tiene que volar y recoger hojas rojas de antiguos besos, que, quién sabe, quizás despierten entre hojas de libros que los escondan…dentro de muchos años, sin que nos duelan.

La noche anterior, noche de sábado, enterré un dolor muy fuerte, que se llama Tristeza, y de apellido Carlos. Se fue en un baile de globos azules, mientras Carlos me miraba dulcemente, tanto como llorar por dentro. Ahora lo recuerdo y sé que se fue, se va sin más y sientes pesar cinco kilos menos, el corazón late tranquilo, igual que antes, pero más fuerte, más capaz de todo. Por qué? Por un cúmulo de situaciones, y porque, con la ayuda necesaria, una recupera la voluntad de decir adiós por dentro, que es el adiós más costoso que existe.

Veníamos de hacer el tour del Barrio Rojo. Roberto jugaba a ser guía para mexicanas con dinero y chilenas que recorren el mundo para recoger notas sexológicas…y entre los canales, el sabor amargo volvía a la boca. No voy a negar que llevaba el sabor desde el martes anterior, desde que decidí escribir después de un año a Carlos y él me contestó…Pero hay momentos que se transforman en punzadas, como en esa noche, entre los canales cargados de turistas, las putas en vitrinas, el rojo neón que, dios sabrá por qué, se transforma en rojo quiche y elegante…y aquellos cisnes, en mitad de la noche, nadando en un canal que separaba un teatro semiporno de nosotros, el grupo de turistas que Roberto conducía.

Esos cisnes también estaban cuando conocí Amsterdam hace tres años junto con Antonio, Paloma D., Charles y Carlos. Ahí estaban los cisnes, entre los canales, ajenos a los desacuerdos de los humanos, y ahí estaban cuando Carlos me cogía la mano bajo el puente, para dormir todos apretados porque no encontramos albergue. Era también noviembre, y era también sábado. Carlos me cogía la mano, pero mi mano estaba fría. Algo ya no marchaba, y los dos éramos tan conscientes como el banco de Diego de León, cerca de mi piso de Madrid. Pero ahí estaba él, que había ido de Leipzig a Bruselas para subir a Amsterdam, intentando darme calor y queriéndome mucho mucho mucho, como nunca dejó de hacerlo.

No comenté nada con Roberto durante ese sábado, pero miles de detalles me devolvían ese sabor amargo que se enfatiza con el paso del tiempo. Y cuando las coincidencias dejan de serlo, uno debe estar preparado para ello…y reírse con el destino, que te mira divertido.

En una plaza de la ciudad me volvió a cagar una paloma en la cabeza. Se podría quedar en anécdota…si no me hubiera cagado la otra única vez en mi vida una paloma marroquí, en Marrakech, tras el paseo en calesa con Carlos, justo después de levantarme por el tortazo que me pegué al pisarme la chilaba bajando del carromato. Él se reía limpio, dejando al lado su careta de eterno chulillo, y en sus ojos supe que estaba enamorado, a pesar de la cagada de paloma y el tortazo.

Y así, aunque no sea nada más que una cagada, esta vez de paloma holandesa…otra vez el sabor amargo vuelve a la punta de la lengua. Hay que ver cómo nos gusta retener ínfimos detalles, joder, me digo…

En cambio, frente a la amargura, ese sábado me avasalló el destino con tartazos de manzana. Al despertarnos ese día, antes de mi anécdota con los pichones flamencos, nos fuimos a un mercado atemporal de alimentos, ropas, gorros de dos pompones, fotografías y estampas viejas…Allí, en la esquina, comimos la mejor tarta de manzana de la ciudad. Ahí empezó la cura, aunque no fuera consciente en aquel momento.

Luego, tras el paseo por el mercado de las flores, y mucho charlar con Roberto, comer sopita caliente en su cocina, descansar un poquito, y comprar cual gitanos telas transparentes para su habitación, nos fuimos al cumpleaños de la madre de Joska, que también era amiga de Roberto. Allí nos pusieron otro tartazo de manzana.

El resto, ya lo sabéis. Llegó el barrio rojo y los cisnes.

Cenamos en un wok al aire libre, y al volver, Roberto, sin haber mencionado nada al respecto en todo el día…me dijo “Cariño, si quieres te hago Reiki hoy. Como tú quieras”.

Silencio. Ojos empañados. La vela morada oscura de su mesita de madera se balancea juguetona y me mira burlona.

-“No sé, Roberto, igual no es el momento… Hoy Carlos se ha casado con Elena, la argentina. Hoy, capicúa (08/11/08), y no tengo un buen fondo interior que digamos”.

-“Precisamente, amor, precisamente…Y qué pasa con el capicúa?”.

-“Nada. Que él y yo nos enamoramos una tarde en Marrakech, siendo el 03/03/03. Tonterías, no me hagas caso…”

Nudo en la garganta.

Entonces dejé a Roberto que hiciera de “puente”, y que mis malas vibraciones se fueran con él. Puede sonar extraño, pero desde que soy pequeña he aprendido que el mundo, más que estar llenos de dioses, está cargado de energías. Lo sé gracias a mi padre.

Cuando me he puesto malita, de pequeña, él también hacía de puente. Recuerdo que, muy serio, como compartiendo un código secreto conmigo, me sentaba enfrente suya, mirada recta, fija y me decía: “Dónde te duele?” “Aquí, en la barriga…” Entonces, todo el mundo se transformaba en silencio, mientras miraba asombrada los ojos cerrados de mi padre. En parsimonia, levantaba los brazos hasta sus hombros, con las palmas abiertas y rígidas, y en un movimiento tan elegante como un ritual japonés, daba palmadas secas con sus manos, que al instante las hacía frotar. Así varias veces. En todo este proceso, yo, con la boca abierta y con una fe eterna e incorruptible, observaba su capacidad de concentración en esos pocos movimientos, admirando el temblar de sus párpados. “Es el momento mágico”…me solía decir a mi misma en silencio. Era el momento en que las palmas de la mano de mi papá, cargadas de energía buena recogida por el mundo gracias a su elegante movimiento parsimonial precedente, se posaban justo delante de mi barriga, donde me dolía. Y sin rozarme, siempre con los ojos cerrados, mi papi me extraía el dolor y lo devolvía al mundo convertido en energía.

Esta vez, en Amsterdam, en la habitación de Roberto, me tumbé boca abajo, ojos cerrados, brazos pegados al cuerpo. Música suave y silencio. No veo a Roberto, pero él está al lado con sus manos encima, sin tocarme. Me dejo llevar, y el cuerpo suelta espasmos suaves o fuertes que no son de frío y no sé de qué son.

Me duele el riñón izquierdo, y eso que el de la infección que me empezó el martes anterior era el derecho. Manos y pies fríos, suena la barriga…y al concentrarme, al dejar de pensar en mis espasmos, en mi cuerpo…pienso de verdad, por dentro, a solas conmigo. Siento estremecerse las ramas y sus hojas, cerca de nosotros y yo me uno a ellos.

Y pienso. Pienso frenéticamente. Pienso que no tengo derecho a seguir guardándome a Carlos, y menos bajo el sinónimo de tristeza. Han pasado varios años y debería superarlo, más aún cuando quien dio el paso que nadie quería dar fui yo. Culpabilidad, llanto. Veo sus canas. Soy egoísta, y lo descubro. ¿Por qué esa amargura? Siendo sincera conmigo me doy cuenta que es mi manera de no perderlo. Ya que no nos hacemos felices, ya que no quiere ser mi amigo, ya que ha querido dejar de saber de mí durante un año…al menos, no lo pierdo si me provoca dolor. Me siento estúpida y posesiva…pero me reconforta ponerle palabras a esos sentimientos dañinos. Lloro. He abierto la jaula, el dolor se está yendo, y lucho por retenerlo-qué tonta soy-pero al intentarlo se va más rápido. Lloro como un bebé que acaba de tomar conciencia.

“No hay que retener nada, amor…pero si quieres paramos. ¿Estás bien? Respira suave, venga”, oigo a Roberto. Respiro. Me calmo.

Entonces, decido despedirle como se merece, y sin ser consciente del orden ni del cómo, mi cabeza me trae todos, absolutamente todos, los momentos en que me hizo y le hice feliz. La voz del almúedano y su mano, bailando con su pijama en Sanse mientras cantaba en mi oído, tocar en su piano, cocinando juntos, amanecer en las dunas de Merzouga, partidos de fútbol, clases de periodismo que cobran sentido por la lucha común, mi cabeza en su hombro viendo árboles pasar, el color amarillo albero de su casa en Navas, el olor de su casa y su familia, su olor, su mano en mi corazón, nuestros collares de mano con espiral, sus ojos verdes mirándome al despertar, los “buenos días princesa”, las notas debajo de la almohada, su lengua fuera cuando se esfuerza, sus ganas de ser mejor a mi lado, su voz, y tantos etcs como tienen dos años y medio.

“Imagina que estás en un lugar en el que eres feliz”, susurra Roberto muy lejos, no sé dónde está.

De golpe estoy en el regazo de mi abuela Mamalela. Huelo su pecho, con un vestido de flores rosadas. Soy pequeña porque me balancea suave en su regazo y ni siquiera mis pies tocan el sofá verdoso en el que está sentada. Su abrazo es tan cálido que se deslizan dos lágrimas felices en mis mejillas. -Sonrío por dentro al darme cuenta que Mamalela siempre está presente en mi vida.- Cuando quiero tocar su cara, cuyos ojos están cargados de amor profundo, no puedo tocarla, porque se ha convertido en arena roja. Vuelvo a estar en el desierto de Merzouga, sola. Ni siquiera escucho los pájaros despertar como entonces. Miro a lo lejos el sol, que moldea las dunas.

Se ha ido.

“Ahora, alguien te acerca todos los globos que necesites del color que quieras, con aquellos sentimientos o sensaciones que no quieres tener”.

Sigo en las dunas, mi pie hace dibujos en la arena y percibo detrás de mí una sombra. Me doy la vuelta y es Carlos, que me mira lleno de amor, de paz y de adiós. No me habla y yo no soy capaz de hablarle. Empiezo a temblar. Saca de su bolsillo tres globos azules como un cielo sin nubes.

Extiende su mano, yo los cojo y los empiezo a inflar. Exploto el primero lleno de rabia, delante de su cara. Y las manos me duelen por el plástico del globo. Él me mira igual, sin vacilar, sin pestañear, lleno de amor y de adiós. Entonces vuelvo a llorar. Sé que está en mi imaginación, pero está ahí, mirándome. Lleno el segundo globo entre balbuceos e hipos, y esta vez no lo exploto. Lo suelto, y el aire se escapa de él, que se desplaza un par de metros. Cojo el tercero, respiro, lo inflo. Miro a Carlos. Él y yo asentimos con la cabeza. Me sigue mirando igual, pero intuyo que hay una lágrima que lucha por no salir de él. Me reconforta sentir que al menos también debo existir para él de algún modo en sus recuerdos. Anudo el globo, le doy una palmada sin dejar de mirar a Carlos. El globo sube arriba, en el cielo, y se pierde en él, porque es del mismo color. No lo distingo. Al bajar la mirada, Carlos ya no está. Se ha ido. Y sonrío tranquila.

Cuando abro los ojos, no sé el tiempo que ha pasado. Roberto no está en la habitación. La tela está empapada. Me incorporo y extiendo las manos hacia el radiador. Me doy cuenta que tengo la cara hinchada. En la planta de abajo, los vecinos están haciendo una fiesta destroyer que había ignorado antes. Roberto llega. Charlamos sobre lo ocurrido. Le explico a tientas lo que he sentido. Bromeamos sobre la fiesta a la que no hemos bajado y, cansados los dos, siendo las 3 y pico de la mañana, nos vamos a la cama.

No sueño con nada.

Amsterdam se despierta despacio en domingo, y acaricia mi mejilla un chorrito de luz limpio. Suena la alarma en ese momento, y la apago para que Roberto no despierte todavía. Debe estar agotado después del día de ayer, me digo sonriendo.

Estiro los brazos. Todo es blanco. Salgo de la cama, con los ojos diminutos, y cruzo la habitación. La puerta de la cocina está cerrada, y al abrirla, percibo que suena la radio, sumergida en la música clásica que lleva acompañándonos desde hace dos días. El sol sigue bañando el río Amstel, y los árboles se balancean desde la ventana. En la mesa está la Appel Pie que Ron hizo ayer.

Hay algo que se ha ido. Lo noto. Soy muy consciente de ello.

Sonrío.

Pie de foto: Domingo en Amsterdam, con los ojitos hinchados de la llantina del día anterior, pero muy feliz: He encontrado una hoja roja roja roja como un beso.

4 comentarios:

Juan V. dijo...

Dicen en nuestra familia: "Dios aprieta pero no ahoga... aunque te deja los putos dedos señalados".
Que las vivencias no siempre sean felices, no significa que no merezca la pena vivirlas...

Roberto dijo...

Lo prometido es deuda, amor, asi que aqui va esa cancion... baja las ventanillas, agarra fuerte el volante y desmelenate :)

http://goear.com/listen.php?v=07fc02f

Un beso.

Imán dijo...

Hola Patri:

Menuda sorpresa te ha preparado tu padre como regalo de Reyes!! ya verás cuando se enteré Laura Blanco... te va a "hackear" este blog con un www.debruxellesamadrid.blogspot.com ;) Ya en serio,aunque estés lejos, estos relatos nos acercan mucho a ti. Muchas gracias por compartir con nosotros estos momentos especiales que vives en Bruxelles. Es un placer leerte siempre. Además, como ya no hablas el cordobés de las cavernas, hasta te entendemos ;) Ojalá en un futuro estos relatos se conviertan en un libro. Ánimo y no pares de escribir. Bss. Imán

piradaperdida dijo...

jajaja este Iván... qué forma de difamar!!! Espero que hayas acogido este regalo de tu padre con ilusión, me encantará leerte cuando empieces a tirar de sus riendas. Un abrazo, Laura